¡Virtud increible la de la sangre! ¡Cariño santo el de la familia! La hermana de Luisa ha llegado con su esposo; Luisa está buena; y no sólo está buena, sino que es feliz, todo lo feliz que puede ser una criatura que ha perdido la grande ilusion, la grande esperanza y el grande secreto de su existencia. La honra es en nuestra alma, lo que es el aroma en las flores: una esencia de aquella vida.

Un abrazo de la mujer con quien se ha criado en la casa paterna, un solo abrazo de su hermana, ha curado casi las llagas de su corazon. ¿Qué sentirian aquellas dos mujeres cuando se vieron? ¿Qué sentiria Luisa, al oir la voz de su segunda madre? ¿Qué hay en él mundo comparable á las lágrimas, que aquellas dos criaturas derramaron? ¿Qué poder, qué riqueza, qué fausto, qué ciencia, qué genio, qué gloria, tiene el arcano arrebatador qué da la Providencia á esas lágrimas ignoradas y mudas? ¡Ah! Este amor innato de la familia, esta preciosa herencia que las madres dejan á sus hijos, esta lumbre apacible que calienta á todos los que viven en una casa, es lo que más nos reconcilia con la humanidad; más que el talento, más que el heroismo, más que la virtud. Al ver á un mendigo, á un criminal, á un traidor, á un leproso, no puedo menos de exclamar: á ese hombre le ama su madre, le ama su esposa, le ama su hijo; y en aquel hombre miserable, en aquella criatura abyecta, en aquel andrajo de la vida, si así puede decirse, encuentro algo digno de respetarse. Sí, yo respeto en aquel hombre el amor augusto de la familia; respeto y adoro esa sacratísima poesía, cuyo poeta no mora en este mundo. Aquella criatura envilecida lleva consigo un profundo misterio que Dios le ha dado, y ante ese misterio que Dios nos da, debia el hombre estudiar en silencio y con la cabeza destocada.

Volviendo á Luisa, Madama Fonteral vino á enterarnos de lo ocurrido, y el alborozo ahogaba su voz. La buena mujer no sabia por dónde empezar, y exclamaba-muy á menudo: ¡estoy loca, estoy loca! Por fin, nos participó la noticia, y mi mujer y yo sentimos lo que sentiriamos, cuando encontráramos á una hermana que se nos hubiera perdido. Mi mujer miraba á todos lados de la estancia; diciendo: me parece que somos más. En efecto, todos creiamos que nuestra familia se habia aumentado. La hermana de Luisa era tambien hermana nuestra, hermana por la compasion y por la caridad.

Madama Fonteral cogió la escalera, balbuceando palabras que no comprendimos, y mi Ana y yo nos dirigimos una ojeada, como si nos quisiéramos decir: ¡qué excelente mujer!

Desde este dia, miramos á Madama Fonteral con un verdadero y entrañable cariño. Tal vez esa pobre lechera es la persona á quien más queremos en Paris.

Mi mujer y yo, con los ojos iluminados por la alegría, nos asomamos al balcon; Luisa estaba en el de enfrente, con la vista clavada en el nuestro. Indudablemente esperaba á que nosotros nos asomásemos, para saludamos. Así fué. Nos miró con un aire indecible de regocijo, nos hizo diferentes saludos con las manos y con la cabeza, pronunció palabras que no pudimos entender, y se metió dentro como un relámpago, dejando en nuestro balcon, no á dos criaturas, sino dos estátuas. Al darnos de cara con Luisa, al recibir el saludo de su ademan y de sus ojos, aquel tierno saludo de un alma buena y generosa; al vernos casi enfrente de aquella mujer que poco antes se moria, de aquel cadáver resucitado, se nos oprimió el corazon, y quedamos allí como dos figuras de piedra. ¡Pobre Luisa! ¡Alma tierna! Aquel saludo que nos hizo, fué un consuelo que quiso darnos, que realmente nos dió. Hay jóvenes (yo conozco algunas), que tienen como el sentimiento del vicio, sin embargo de que viven en la virtud. Hay otras que tienen la conciencia de la virtud, sin embargo de vivir en el vicio. A estas últimas pertenece Luisa. Ha pasado por la deshonra, y no ha perdido totalmente el encanto de la inocencia. Es más inocente por su alma, que muchas jóvenes lo son por su edad.

Mudemos de decoracion. Es la una de la tarde; el brigadier Rotalde, otro amigo y yo, paseamos nuestros ávidos ojos por una gran sala del Louvre, denominada el salon de los Estados. La gran sala del palacio de Versalles, y la que ahora examinamos, son las dos piezas más espaciosas y magníficas que he visto. Tiene próximamente dos pisos de altura, sobre ochenta pasos de longitud, y veintiocho ó treinta de latitud. El famoso salon de embajadores del Palacio Real de Madrid, es mucho más pequeño; sin embargo, me parece que es más majestuoso, porque es más sencillo. El único defecto que noto en esta regia estancia, consiste en que la profusion en el ornato, la quita esplendidez en el conjunto. Con menos lujo, habria más grandeza, porque resaltaria más la grandeza de los techos, de las paredes, del espacio; la grandeza de la extension. A pesar de todo, es una pieza deslumbradora. Entre las infinitas cosas notables que hemos visto en la sala de que hablo, no voy á hacer mencion más que de una. Casi al fin del lienzo de la derecha, como en el comedio de la pared, divisamos un cuadro. Nos aproximamos cuanto pudimos, y echamos de ver que era el retrato de su pintor. Uno de los curiosos que visitaban el Museo en aquel dia, contemplaba el retrato con cierta entusiasta curiosidad, casi con maravilla. Esto nos llamó la atencion á nosotros, que no veiamos en aquella pintura un motivo tan grande de admiracion y de entusiasmo. Nos fijamos con más insistencia en el cuadro que teniamos delante; volvimos los ojos al espectador, y notamos de nuevo que no dejaba de hacer muecas y contorsiones, como encareciendo la excelencia de la pintura. En esto nos miró, y nosotros le miramos tambien, en señal de decirle: «¿que ves tú en ese cuadro? ¿Qué prodigio es ese?»

El extranjero (era aleman) nos comprendió, y al pasar cerca de nosotros, balbuceó en mal francés: ese retrato que ustedes ven, esa pintura que está ahí colgada, no es una pintura, no es un cuadro al óleo: es un tapiz, y saludándonos con un ademan, partió.

Los tres nos quedamos asombrados, y permanecimos mucho tiempo contemplando aquella maravilla. No sabiendo que aquella pintura es un tapiz de la fábrica de Gobelinos, parece imposible que haya una persona que distinga el tapiz de una pintura al óleo, y de una pintura de buena escuela. El tejido ha hecho tanto como el pincel; la lana es allí rival de los colores. Sombras, medias tintas, confusion de matices, hasta vaguedad en el colorido, hasta esa mezcla indefinible, infinitamente varia y distinta, que sólo puede hacerse en la paleta de un pintor, todo está allí. Los Gobelinos son tan pintores como tapiceros, ó tan tapiceros como pintores. Creo que ese retrato que acabamos de ver y admirar, es una de las más grandes curiosidades que posee el arte humano.

Entramos en el Museo de pinturas. Despues de atravesar algunas galerías, en donde hay más riqueza de arquitectura, en donde el edificio es mucho más notable que el Museo, penetramos en la sala de preferencia. En esta rica sala se custodian todas las obras más estimadas que el Louvre posee de los grandes maestros. En medio del ángulo de la derecha, entre pinturas de Rafael de Urbino, de Rubens, de Ticiano y Poussin, vimos un cuadro que parecia presidir aquella especie de banquete histórico; un banquete á que asisten silenciosamente tantos genios.