El brigadier Rotalde se destoca, y con una valentía de sentimiento, que no fué dueño de reprimir, exclamó: ¡viva Bartolomé Estéban de Murillo! Esta exclamacion improvisada tenia cierto fluido eléctrico.
Nuestra curiosidad está satisfecha. La pintura que vemos es la ASUNCION. ¿Puede explicarse el mérito de ese inmenso cuadro? Creo que no. En esto sucede lo que con el color y con el sonido. En vano explicaremos el color al ciego, y el sonido al sordo. El que no reciba estas nociones de la creacion natural, bajará al sepulcro sin ellas. El que no tenga entendimiento, fantasía y corazon para comprender y sentir la gran belleza que el genio de un hombre esculpió en ese lienzo; el que no oiga dentro de su alma, muy dentro, lo que le dice ese silencio arrebatador, esa elocuencia que no habla con la boca, esa elocuencia muda, y que por lo mismo es más sublime; quien no tenga el talento del entusiasmo, como tuvo Murillo el talento del arte, apenas podrá entender una palabra de esa lengua divina. Cuando más se le explique, menos comprenderá. Sin embargo, daré cuenta al lector de mis impresiones. No tome el lector á soberbia, lo que voy á decir por ingenuidad. No veo el mérito de la ASUNCION, en donde otros lo ven. Lo veo, grande, muy grande, maravillosamente inspirado y feliz, en donde no se ve generalmente. Creo que el mérito maestro de ese cuadro no consiste, sino en que teniendo todas las formas de mujer, no nos hace experimentar la emocion del sexo; en que tiene esa indecision misteriosa del pensamiento, de la conciencia, de la esperanza; es decir, de la Vírgen, porque la esperanza es toda la vida y toda la belleza de la virginidad. Es una mujer en su cuerpo, y una idealidad en su alma; y la idealidad es tan poderosa, que la impresion del cuerpo desaparece, y triunfa el espíritu. Esa ASUNCION es una escuela en que el arte se pone de rodillas ante la fe. No veo á Murillo; no veo á España; no veo á Sevilla; no veo á nadie; no veo más que á la ASUNCION. La obra es tan grande, que mata la idea del obrero.
¿En dónde principia esa Vírgen? No se sabe. Un ropaje magnífico oculta sus piés.
¿En dónde acaba? No se sabe. El dedo índice de su mano derecha señala á lo alto, y el cielo es un espacio que no tiene confines. Parece que se va, que se sale del cuadro, que se echa á volar sin alas; parece que aquella figura tiene su complemento en otro mundo; parece que Murillo quiso concluirla en el arcano de una esperanza, en la sombra de un vaticinio, en el pensamiento de Dios. La ASUNCION es un cuadro á que no falta nada, como creacion artística, y que considerado como creacion religiosa, no tiene principio ni fin. El espectador no sabe, no ve, de dónde arranca, ni en dónde concluye.
En esa ignorancia misteriosa y trascendental, en esa ignorancia sublime con que la ASUNCION se apodera de nosotros, consiste el gran mérito de la pintura, á juzgar por lo que yo siento delante de ella.
Voy á dar noticia de algunos detalles, procurando apartar la vista de otras muchas bellezas, porque cualquiera pincelada de ese lienzo vale un buen cuadro.
Yo sé que los ojos de la figura que contemplo son bellísimos, y sin embargo, ¡portento que asombra! no sabria decir qué color tienen. Y ¿en qué consiste esto? dirá algun lector. Consiste en que Murillo quiso que los espectadores no viesen los ojos de la ASUNCION, sino que mirasen al cielo, á donde mira la inspirada imágen.
Otra cosa me llama mucho la atencion, y es la profunda filosofía que me revela el pensamiento de ocultar los piés á la Vírgen. Realmente, á una vírgen no se le deben ver los piés. Todo lo que una vírgen pierde en sombra, pierde en misterio; y todo lo que pierde de misterio, pierde de vírgen. Pero ¡qué pliegue para indicar el muslo! ¡Qué contorno para insinuar la cintura! ¡Qué manto para ocultar los piés! ¡Qué ondulaciones en el traje! ¡Qué suavidad de colorido! ¡Qué dulzura de sentimiento! ¡Qué expresion de actitud! ¡Qué pureza y qué fervor de alma! No hablo de la maestría del pincel. El alma, un alma muy llena de grandes afectos y de grandes verdades, es el pincel que pinta cuadros como el que miro.
Vuelvo los ojos á otro lado, porque no quiero decir más. Sólo añadiré dos palabras acerca de su historia.
Cierto convento de Sevilla encargó esta ASUNCION á Murillo. El pintor da cabo á su tarea, coge su cuadro, lo lleva al convento, se enteran los frailes, y se reune la comunidad. Murillo les presenta su pintura; los críticos se acercan, examinan, miran con más cuidado, se contemplan unos á otros frunciendo el entrecejo, y dicen al pintor: «vuestra merced perdone; no es eso lo que hemos encargado; vuestra ASUNCION no hace al convento.»