—Permitan vuestras reverencias, contestó Murillo, que coloque el cuadro en donde debe estar, y si entonces no agrada á vuestras reverencias, me lo llevaré, porque, gracias á Dios, esta vírgen no come pan en casa de su amo.

—Poco ó nada ganarán en ello pintor y pintura, porque el convento vuelve á deciros que ese cuadro no sirve. Se conoce, señor Bartolomé, que vuestra merced ha manejado muy aprisa los pinceles.

—Los habré manejado tan aprisa como plazca á vuestras reverencias, pero déjenme con mil santos colocar la pintura, y diciendo y haciendo, la ASUNCION principió á subir. Los frailes, que la habian mirado de cerca, no habian visto otra cosa que pinceladas de almazarron, pegones de albayalde, y casi todos habian vuelto la espalda al gran maestro. Pero el cuadro subia, y á medida que iba subiendo, se transformaba de una manera portentosa. La pintura se sitúa en su lugar, la Vírgen aparece, el lienzo brilla, la ASUNCION llena todo el convento.

—Si no desagrada á vuestra merced, señor Bartolomé, ese cuadro puede quedar ahí, porque, ó la vista nos engaña, ó casi decimos á vuestra merced que vuestra vírgen hace al convento.

—No quedará ahí, con permiso de vuestras reverencias, contestó el pintor. Antes se vea azotado por mano del verdugo Bartolomé Estéban Murillo, que vuelva ese lienzo á pisar los umbrales de la comunidad, si vuestras reverencias no han de tomarlo á enojo. No valieron ruegos, ni súplicas. Á los pocos instantes Murillo salia del convento con su grande obra.

Ignoro qué hizo de ella. Lo que consta es que el mariscal Soult se apoderó del cuadro, que se lo llevó á Paris, y que lo conservó hasta su muerte, entre las pinturas de familia. Muerto el mariscal, el Museo del Louvre hizo proposiciones á los herederos, los cuales vendieron la pintura por la mitad próximamente de su valor, en obsequio del establecimiento nacional á que se destinaba. El Louvre dió por ella ciento sesenta mil napoleones, ó sean ochocientos mil francos. Desde entonces está situada, en donde ahora la admiran los viajeros de todo el globo. ¡Quién habia de decir á los buenos frailes de Sevilla, que aquella ASUNCION que no hacia á su convento, habia de ser vendida al Museo del Louvre en ciento sesenta talegas de napoleones, y que debia presidir la gran sala de aquel suntuoso Museo, entre pinturas de Poussin, de Rubens, del Ticiano y de Urbino!

Despues de dirigir la última mirada al cuadro español, con cierto orgullo nacional, pasamos á una galería, y luego á un salon, en donde no hay otras pinturas que la apoteosis de Catalina de Médicis, por Rubens, por el gran Rubens. Hasta que se ve esta apoteosis gigantesca, no se tiene una idea exacta del pintor, conde y diplomático á la vez; pero en quien el pintor vale más, mucho más que el diplomático y que el conde. Los cuadros enormísimos de aquella divinizacion artística, llenan las paredes de toda la sala. Hay descuidos, hay prisa en aquel inmenso trabajo; pero se echa de ver tal fecundidad, tal concepcion, tal valentía en las actitudes y musculaturas, una profusion tan admirable de figuras y tipos mitológicos, que el ánimo se pasma de que un solo hombre haya pintado aquellos lienzos colosales. Aquella apoteosis no es la de Catalina de Médicis; es la de Rubens. En esta sala, el arte ha podido más que la dinastia.

Despues de visitar todo el Museo, en una de las salas contiguas á la de preferencia, hemos encontrado otra pintura de Murillo. Es un lienzo de media vara en cuadro, poco más ó menos. Representa un muchacho de corta edad, pobre, mendigo, sentado en el suelo, y que tiene una pierna colocada sobre la otra. Con la mano izquierda vuelve un pié, y con la derecha pretende sacarse una espina. Los tres compañeros nos clavamos delante de aquel mendigo, y no sabiamos cómo desasirnos de sus miradas. ¡Qué pintura más grande! Si yo fuese rico, daria por estos dos palmos de lienzo, tanto como dió el Louvre por la ASUNCION. Este pequeño cuadro vale más que la apoteosis de Rubens, no menos que la Vírgen que hemos visto hace poco. Apenas se concibe que pueda presentarse un pasaje tan trivial de la vida humana, de un modo tan encantador, tan elevado, tan filosófico, tan perfecto. Cabello enredado y mugriento, frente oprimida, ojos dilatados y tristes, mano tostada y sucia, uñas ennegrecidas, cara chupada, pómulos salientes, tez arrugosa, fisonomía mústia, todo está allí con una ingenuidad que sorprende. Es un chiquillo que nunca ha conocido á su madre, que desde que nació pide limosna. El hijo que conoce á la que le dió el ser, tiene alguna alegría en su semblante, una alegría que deja algo allí hasta que la criatura se muere. En ese muchacho no ha dejado aquella alegría ningun vislumbre. Positivamente, esa criatura no ha visto jamás á su madre. Si estuviese vivo, nos lo llevariamos á España. Viendo su estampa inanimada en ese pedazo de lienzo, nos da gana de echar mano al bolsillo, y de dejarle una limosna. ¡Con qué verdad, con qué candor, con qué inocencia, abre los ojos lánguidos y marchitos, frunce los labios, y alarga dos dedos estirados, para sacarse la espina del pié! Lo repito; esa media vara de lienzo; ese huérfano solo, abandonado y triste; ese desecho del orgullo del hombre, ese olvido del mundo, ese andrajo de nuestras culpas, vale tanto como la Vírgen.

Y díganme ustedes, señores franceses: ¿cómo ese cuadro inestimable, esa preciosísima pintura, esa tiernísima creacion cristiana, esa bellísima apoteosis del espíritu del Evangelio: cómo ese mendigo no ocupa un lugar en la sala de preferencia? ¿Creen ustedes que de cien cuadros que se custodien en aquella sala, hay noventa y nueve que valgan más que ese muchacho que está pintado ahí? ¿Creen ustedes que hay un solo cuadro en la sala de preferencia, uno solo, que pertenezca á un arte más extenso y más elevado, á una escuela más bella, más fecunda, más sábia y más grande? ¿Por qué ese huérfano casi divino está oculto aquí? ¿Es pequeño el tamaño de la pintura? ¿Costó poco quizá?

Al atravesar el salon de preferencia, hemos notado una novedad. Una jóven lindísima, condesa italiana, está subida al caballete, copiando la ASUNCION. Si vale juzgar por los pocos detalles que hemos visto, es un pincel maestro. Ignoro la vida de esa mujer; ignoro los secretos de su alma; pero si tiene un alma pura, si tiene un corazon vírgen y bueno, la copia que saca de la ASUNCION debe ser admirable. ¿Cómo es posible que no se entiendan bien dos vírgenes tan bellas? algo hemos dicho de esto al descuido; pero un descuido tal que ella pudiera oir, y la noble y hermosa pintora se ha sonreido deliciosamente. ¡Ah! ¡quién sabe lo que habrá debajo de esa risa! Muchas veces vemos que la flor más brillante, es la que oculta con sus frescos tallos á la serpiente más venenosa.