Pero otra novedad debia impresionarme más aún. Á la vuelta del restaurant de las Columnas, entrados ya en nuestra calle, hube de decir algo á mi compañera sobre la aventura del amigo; mi mujer se para repentinamente, me echa una ojeada terrible, suelta su brazo del mio, se cubre la cara con ambas manos, y arranca á llorar; pero un llorar que no podia contener, un llorar sin consuelo. Yo me quedé inmóvil, estático; crucé los brazos, y la miraba sin saber qué hacer, ni qué decir. Debia estar pálido como un cadáver. Hice que se cogiera de nuevo á mi brazo, entramos en la fonda, la señora acudió para saber qué la sucedia, yo la dije que habiamos recibido la noticia de que mi suegro estaba enfermo de gravedad, la patrona nos manifestó su deseo de que se aliviara, y subimos. Al entrar en nuestra habitacion, vi algunas cartas sobre la chimenea. Abro la primera que cogí, y con la carta abierta en la mano, digo á mi compañera:

—¿Por quién dirás que podemos volver á España cuando queramos?

Mi mujer me miraba con mucha atencion, y con un aire indefinible de sorpresa y de regocijo.

—¿Por quién? me preguntó.

—Por la ciudad de Reus.

—¡Bendita sea! exclamó mi mujer.

—¡Bendita sea! exclamaron tambien otros labios.

Mis amigos de Reus, presumiendo que podia verme en algun apuro, y deseosos de que no me quedara en Francia, me mandaban cien duros á Paris, y otros ciento á Madrid, con el objeto de que me encontrase con recursos á mi llegada. Hay demostraciones tan generosas, tan delicadas y tan nobles, que no se pueden olvidar nunca, aún supuesta la ingratitud, aún supuesto ese negro vicio, el más negro de todos. Y ya que trato del capítulo de la gratitud, voy á trasladar al papel algunas páginas de mi corazon, por si sucede que estos apuntes sean el último ensayo que doy al público, como pudiera suceder, si la terrible dolencia que me aflige avanza algo más. Estoy seguro de que mis lectores no llevarán á mal este desahogo de un alma agradecida y lacerada, porque ¿quién no tiene en el mundo algo que agradecer? ¿Quién no tiene deudas sagradas que pagar?

Cuando la prohibicion de siete obras consecutivas (prohibiciones sistemáticas las más de ellas) consumieron todos mis recursos, puesto que las obras prohibidas no valian menos de cuatrocientos mil reales: cuando me he visto sin medios humanos de vivir, despues de veinticinco años de estudios constantes, de constantes vigilias; un artesano, un menestral, un hombre que no me conocia; un hombre que habia aprendido á leer en un libro mio, se redujo á comer un pedazo de pan, y me enviaba, contra mi voluntad, todo el preciosísimo capital de sus economías: este artesano, esta alma grande, es José Mallol, natural de Gandía, provincia de Valencia. Pongo este ejemplo en primer lugar, porque José Mallol no me daba lo que él tenia, sino lo que arrancaba de su existencia.

Si algo he hecho y puedo hacer por mi patria; si alguna huella dejo en el mundo; si la Providencia ha querido favorecerme con esta altísima merced, á que seguramente no me considero acreedor, España deberia agradecerlo al marido de mi hermana Filomena, D. Antonio Miravent y Bogarin, á su hermano D. Francisco, y al marido de mi hermana Amparo, D. Juan María de Zarandieta, naturales todos de la isla Cristina, provincia de Huelva. Tambien son dignos de mi gratitud, por su conducta liberal y caballerosa, D. Miguel Roselló, de las Baleares; D. Cayetano del Portillo, D. Rafael Molero de la Borbolla, D. José Bulnes y Solera, y mi hermano político, D. Salvador de Cantos, de Sevilla; D. Ramon Sans, de Huesca; el Marqués de Premio Real, y D. José Bartorelo y Quintana, de Cádiz; D. Cárlos Cervera y D. Félix Gallac, de Valencia; D. Alejo Tresario Echevarría, de Bilbao; D. Serafin Martinez y D. Gregorio Garcerán, de la Habana; D. Lúcas Cuesta, de Oviedo; D. Juan de Torres y Gil, de Casariche; D. Antonio Gonzalez y Ciezar, de Ayamonte; D. Vicente Ramirez Cruzado, de Villarrasa; D. Juan Bautista Revuelta, de Carlet; D. Policarpo Villalobos, de Dénia, y otros muchos, cuyos nombres no me son conocidos. Casi, casi puede un hombre ser desgraciado, por tener el consuelo de verse rodeado de tantas almas buenas. Reciban todos mi saludo y mi agradecimiento; si me muero, como en señal de despedida; si vivo, como en señal de testimonio. Á la lista de mis amigos y favorecedores debo añadir tres nombres queridos: D. Juan de la Puerta Canseco, de Santa Cruz de Tenerife; D. Amaranto Martinez Escobar, de Palmas de Canarias; y D. Fernando García, de Gerona.