Esta aventura, que no tiene nada de particular para otros, tiene para mí una grandísima importancia, porque tiene una grandísima moralidad. La accion de la mujer de Batiñoles vale infinitamente más que el castillo, y que mil castillos del poeta de Lamartine.
Otro incidente no ha dejado de impresionarme. En el pasaje de Jouffroi hemos encontrado á un vizcaino, que viene de la Habana, y que se ha hecho rico con la trata de negros. Lleva una gran cadena de oro, sortija de brillantes, alfiler de lo mismo; casi al propio tiempo, pasa por nuestro lado un hombre modesto y humilde. Era M. Littré, el hombre más sábio quizá de todo el Instituto de Francia. Yo dije para mí: aquel es un hombre disfrazado de caballero, y señalé al vizcaino: aquel otro es un caballero vestido de hombre, y señalé al sábio y modesto publicista.
Otro incidente me ha impresionado más. Un amigo llega esta mañana, me mira, calla, y despues de un minuto de silencio, me dice: ¿usted me oye?
—Sí, señor, le oigo.
—Si usted no me ayuda, dentro de tres horas estoy en la cárcel.
—¡Cómo! ¿Por qué?
—Porque debo ochocientos cincuenta francos.
Vi el conflicto pintado en el semblante de aquel hombre; aquel hombre no me engañaba; era un amigo mio; sobre todo, era un hombre honrado, la vergüenza quemaba sus mejillas, y no me fué dado vacilar. No quise, ni pude. Un hombre que tiene corazon, no vacila nunca en tales momentos. Mi mujer no se habia levantado aún. Sin decirla nada, sin saber lo que hacia, tanto ó más aturdido que mi amigo, abro mi cofre, y le doy los ciento setenta napoleones que necesita. Aquel hombre coge el dinero, me aprieta la mano sin decir palabra, y con los ojos humedecidos, sale precipitadamente de mi habitacion.
Si él no me paga, exclamé para mí, Dios me lo pagará. No sabemos cómo, acaso no lo conocemos, tal vez nos quejamos, porque no vemos el interior de esta enorme máquina que se llama mundo; pero tenga el lector por cierto que Dios paga siempre estas cosas. Tal vez nos lo paga con monedas que nosotros no sabemos apreciar; pero nos lo paga. Esta verdad es la más evidente y la más necesaria de la vida.
Pero otra cosa me ha producido todavía mayor sensacion. Luego que el amigo partió con su dinero, conté lo que me quedaba, y despues de pagar la fonda, no me resta lo necesario para volver á nuestro país. ¡Desdichado de mí un millon de veces! ¿Cómo se lo digo á mi mujer? ¿Qué hago? ¿A qué apelo?