A lo léjos, muy á lo léjos, apareció una víctima. Era el marido.
A última hora. Son las once de la noche. En el momento de ponerme á escribir el noveno artículo para La América, nos traen una noticia. No sé cómo anunciarla á mis lectores. Temo lastimar su corazon, como lo está el de mi mujer y el mio. Luisa ha muerto. Sin duda la sorpresa que la produjo el ver á su hermana, la causó un derrame cerebral, que devoró su vida en pocos instantes. ¡Pobre mujer! Hé aquí lo que deben esperar las jóvenes que no saben luchar consigo mismas, que no saben ser lo que Dios ha querido que sean, y los padres que ponen en olvido que la paternidad no es una tiranía, sino una mision, un sacramento, un sacerdocio.
¡Desgraciada Luisa, adios! ¡El cielo tenga más misericordia de tí, que lástima te tuvo ese hombre infame de Rodhese! Si tuviéramos valor para ello, averiguariamos en dónde te entierran, y antes de volver á nuestro país, iriamos á despedirnos de tus cenizas. Mi mujer llora, y yo tengo el pecho oprimido.
Juro que no he de partir de esta ciudad, sin escribir al estudiante de
Estrasburgo, noticiándole la desgracia de una mujer que él no merecia.
Sí, lo sabrá al menos, para que esa sombra vaya sobre su corazon, y no
engañe á otra desdichada.
=Dia trigésimo quinto=.
Disputa del restaurant de las Columnas.—Manuela Bernaola.—Una mujer de Batiñoles y de Lamartine.—Un caballero vestido de hombre, y un hombre vestido de caballero.—Un conflicto.—Llanto de mi mujer.—Cartas—Visitas.—Las cinco y media de la tarde.—Un puente.—El Napoleon y el guardia civil.
Prometi dar cuenta de una disputa que presencié el otro dia en el restaurant de las Columnas. Era la siguiente. Dos caballeros discutian en alta voz, acerca de la prenda que constituia el carácter más grande del hombre. Uno opinaba que era la generosidad, la abnegacion. El otro decia que era el valor ó la firmeza. Yo creo que es la resolucion para emprender, y la constancia para proseguir y terminar. Despues del genio y de la honradez, me parece que aquellas dos virtudes son las más elevadas y trascendentales del mundo. Con resolucion hay casi todo.
Obran en mi poder los datos relativos al asesinato de Manuela Bernaola é Ignacio Cabezudo; pero no puedo publicarlos aquí, porque un escritor de Madrid me participa que prepara una historia de aquel atentado, y no debo perjudicar á mi compañero de letras, anticipando datos curiosos que quitarian interés á su obra. Dicho escritor me pide un prólogo para la historia que piensa publicar, y me despido del asunto hasta entonces.
Me han contado hoy cierta aventura muy notable de una mujer de Batiñoles. Esta mujer, que es una verdulera, supo que se habia abierto una suscricion á favor del célebre poeta de Lamartine, con el fin de que pudiera rescatar un castillo feudal, que tenia empezado. Con este ó semejante motivo, se han abierto ya dos suscriciones, que no habrán importado menos de trescientos mil duros. ¡Un republicano acude á la caridad europea, para desempeñar un castillo feudal! ¡A la suscricion de un republicano francés, contribuyen en primer lugar los lores ingleses! Esto seria extraño, muy extraño, en cualquier país de la tierra; en Paris, no. En Paris no tienen absolutamente nada de extraño las cosas más extrañas.
Pues la buena mujer de Batiñoles supo la suscricion á que me refiero, supuso que el poeta se hallaba en grandes conflictos, y repetia frecuentemente: ¡pobre señor Alfonso de Lamartine! ¡Qué apurado estará! Y hoy guardaba un franco, otro franco mañana, y así fué reuniendo hasta cuatro napoleones. Toma nota del número de la casa, se aliña lo mejor que puede, y llena de gozo, como quien sabe que va á practicar una buena obra, coge el camino de Paris, y al cabo de una hora de buen andar, se para en la puerta del gran escritor. El corazon saltaba del pecho á la pobre mujer, imaginándose que iba á encontrar, afligido y pobre, al eminente autor de las Melodías. Pasa el umbral…. No, no es aquí, dijo en sus adentros la verdulera. En este patio hay coches, veo lacayos, escudos de armas … no, no es esta la casa de mi pobre señor Alfonso de Lamartine. Pregunta á los vecinos, y todos la aseguran que aquella es la casa del poeta. Pasa segunda vez el umbral, se detiene, mira, da unos cuantos pasos con recelo…. La vecindad me engaña sin duda, decia para sí la aturdida mujer. Por fin, medio balbuceando, entera á uno de los criados del objeto que la llevaba, y la hacen entrar en un gabinete. Alfombras, cortinajes, dorados, tremoles…. ¿Que es esto? exclamaba la verdulera. Sale del gabinete, atraviesa el patio, cruza el umbral, camina á marchas dobles por la calle, y como alma que lleva el diablo, entra en Batiñoles. Inmediatamente que se vió en su casa, se sienta, deshace el nudo que tenia la esquina de un pañuelo, saca cuatro napoleones que habia envueltos allí, y se los mete en el bolsillo exclamando: mucha más falta me hacen á mí que al señor Alfonso de Lamartine. Con estos veinte francos, haré un vestido nuevo á mi hijo Vicente. El niño asoma en este momento, da un grito de alegría, y corre hácia su madre, que le abre los brazos.