Y para que el Sr. Alejandro Dumas no crea que pretendo burlarme, siguiendo su costumbre, copio á continuacion el texto en francés antiguo.
«Le menu peuple n'osoit demourer en la terre du roy, et alloit demourer en d'autres prévostés et aultres seigneuries, et la terre du roy etoit si déserte que, quand le prébost tenoit ses plaids, il n'y avoit pas plus de dix personnes ou de douze; mais il y avoit tant de malfaicteurs et larrons à Paris et dehors, que tout le pays en estoit plein.»
Sepa tambien el Sr. Dumas que, hasta el reinado de San Luis, Paris y sus alrededores estaban plagados de malhechores y de rateros, y que los vasallos de la corona tenian que ir á buscar otros señoríos, porque no podian parar en las tierras del rey. ¿Y cómo llama usted á eso, Sr. Dumas? ¿Es eso cultura y civilizacion? ¿Eso no es Africa? ¿Para eso no hay Pirineos?
Basta de Memorial. Vamos á curiosidades de otro género. Segun un inventario hecho en 1774, los diamantes de la corona francesa excedian de ocho mil, de los cuales eran los mejores, y lo son todavía, los denominados el Regente y el Sancy.
El Regente, que ocupaba el tercero ó cuarto lugar entre los primeros diamantes conocidos, fué comprado por el duque de Orleans por cuatrocientos mil napoleones, en 1717.
La historia de Sancy es más antigua y novelesca. En el siglo XV, un suizo poseia este gran diamante, no se sabe cómo, y lo vendió por un escudo á Cárlos el Temerario. El tal hombre ignoraba seguramente que aquel pedacito de piedra encerraba una gran fortuna. De Cárlos el Temerario pasó á Nicolás de Harlay de Sancy, que lo empeñó á D. Antonio, rey de Portugal, en doscientos mil francos. El mismo Sancy lo desempeñó luego, mediante una suma de quinientos mil, ó sean dos millones de reales. ¿Qué diria á esto el buen Suizo, que lo vendió por un escudo?
Ultima curiosidad. En la calle de los Pequeños Campos, hemos encontrado á una señora que caminaba con el aire de una heroina, mientras que la seguia un corderito, que llevaba sobre el lomo un manojo de parras. La señora volvia la cara de cuando en cuando, de lo cual inferimos nosotros que alguna persona interesada quedaba atrás, y así era efectivamente, segun luego vimos. En estos dares y tomares, atraviesa la acera un caballero jóven, y ambos se saludan con más afecto del que conviene manifestar en público, sobre todo cuando la mujer es casada, y muy especialmente, cuando detrás viene un carnero. El recienvenido la pregunta por su esposo, y ella, con cierto desden, con cierta saciedad (es muy prosáico en el poético Paris el amar á un marido) contesta á media voz: ahí detrás viene. El otro miró, y no vió otra cosa que el borreguillo que traia las parras. Nosotros presenciábamos la escena, situados delante de un escaparate, á diez ó doce pasos de distancia. Mi mujer me miraba, porque no comprendia el tremendo chiste de la situacion, hasta que yo me eché á reir, sin ser dueño de contenerme. Entonces mi mujer me preguntó por qué me reia, y yo la conté el lance, que la hizo reir tambien.
No comprendo por qué; pero ello sucede que, las cosas más graves son las que nos causan más risa.
Yo no pude menos de poner en verso esta peregrina aventura, aunque en
Paris no tiene nada de peregrina, ni de extraordinaria.
Va una dama con gran fuero,
Y gran pompa y grande brillo,
Siguiéndola un carnerillo
Que es animal muy casero.
Con su manojo de parras
Iba el animal ufano,
Cuando llega un Don Fulano
Que es amigote de marras,
—¿Y su esposo? dice luego.
—Detrás viene, dice ella …
¡Oh prodigio de la estrella!
Detrás marchaba un borrego.