¡Qué hermoso es para mí mirar el humo que parece brotar de las chimeneas, como una voz que viene á decirme: acércate, entra aquí: aquí hay una casa, un calor, una lumbre: aquí hay dos amores que se han unido y procreado; que comen, que duermen, que viven y que mueren juntos: aquí está el misterio de la vida; aquí está el misterio de aquella mujer por quien tú has llorado, cuya memoria evocas y veneras: la mujer á quien debes el bien divino de tener una madre!
¡Ay! ¡Cuán de menos echo la vida de familia! ¡Cuán de menos echo la vida del campo! Aquí no hay campo; hay quintas graciosas y elegantes, ricos caseríos, palacios agrestes: un Paris dentro y otro Paris fuera. No hay campo; no hay esa atmósfera callada, esas brisas sonoras y lentas, ese genio de Italia y de España que nos inspira el olvido del mundo, para hacernos mejores y más felices hablándonos de parte de la naturaleza, trayendo á nuestras esperanzas un saludo de ese espíritu universal que adoramos en nuestra conciencia y en nuestro corazon. No, no encuentro aquí una porcion de yerbas silvestres, donde dejar por un momento el fardo de mis inquietudes y de mis penas, y respirar al menos una hora al aire libre, al aire del campo.
¡Qué bellas me parecen las cercanías de Tíboli! ¡Qué bellas me parecen, tambien las laderas rojas de mi Andalucía; que ven impasibles estrellarse á sus piés las olas espumosas del Océano Atlántico!
Pero ante todo debemos ser justos. ¿Podré decir que no hay en Francia gratos lugares y paisajes pintorescos? No; eso seria ó maledicencia ó sandez.
Recuerdo que hace algunos años fuí de Montpeller á Marsella, y la Provenza me encantó con sus pequeñas casas, escondidas misteriosamente entre cipreses y palmeras. Recuerdo que las verdes orillas del Ródano me encantaron tambien, y casi me hicieron adivinar la nocion de un país árabe.
Allí están el hogar, la casa, el rescoldo, la cuna y el sepulcro de los que viven y mueren en un mismo palmo de tierra.
Al penetrar con el pensamiento en alguna de aquellas casitas, ocultas casi todas entre palmeras y cipreses; como un nido está oculto entre las hojas de los árboles: al pasar con la imaginacion el umbral de aquella morada bendita, nos parece ver á un hombre sencillo y risueño, que trabaja cerca de la lumbre; á su lado, tranquila y satisfecha, hila su mujer; más allá, una jóven fresca y hermosa mece la cuna en donde duerme un niño, hermano suyo. El padre representa el trabajo, la madre el cuidado, la diligencia y la caridad; la jóven el amor, y el niño, la inocencia. ¡Oh vida venturosa! ¡Oh secretos divinos de la sencillez y de la virtud! ¡Infeliz del hombre que ha sido ingrato á tus hechizos! ¡Infeliz del hombre que deja las delicias del paterno hogar, desoyendo el llanto sagrado de una madre! ¡Ay de mí, lector! ¡Infeliz del que escribe temblando estas groseras líneas! Fuí rebelde y soberbio con mi santa madre, desoí su ruego, la dejé llorando, la dejé por el mundo, por mis ilusiones, por mi vanidad, por mi sandez. Este remordimiento late dia y noche en mi corazon, é irá conmigo á la sepultura.
Pero voy á decir dos palabras acerca de las impresiones que sentí en las orillas pintorescas del Ródano, porque es indecible el consuelo que mi alma experimenta al hablar del campo. El campo es el santuario de la naturaleza, el templo de Dios.
En la Provenza experimentamos lo que sentimos en las playas de Génova, en las cercanías de Roma, en los campos de Nápoles, en las selvas de Andalucía. La mujer parece más hermosa; alrededor de la mujer hay un ambiente indefinible que la diviniza. Al ver una choza sobre un montecillo de arena, entre retamas verdes; al ver una casita oculta en un bosque de madre selva, el viajero no puede menos de exclamar: ¿quién sabe si ahí respira la mujer ideal que yo he soñado, esa sombra del alma tras la cual he corrido, esa misteriosa armonía que todos los hombres hemos escuchado en nuestro corazon?
Y entonces nos sentimos animados de una existencia particular; no es la vida que nosotros tenemos, es una vida que nos da la naturaleza, una vida que nos da Dios. Mil memorias inexplicables nos agitan en aquel momento; aquellas memorias nos hacen gemir, nos hacen llorar, y no obstante, nosotros las queremos, las buscamos, ansiamos tenerlas cerca de nosotros, son nuestras, íntimamente nuestras. ¡Ay! son el sepulcro de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros hermanos; son los sudarios de nuestra alma.