Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para muchas personas: conozco que quien va á comer pagando su dinero, no debe ver nada que le repugne; esto es muy justo; pero del aseo á una etiqueta impropia; de la decencia al coquetismo; de un servicio decoroso á un servicio refinado y tonto; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prácticas, cuando una conquista civilizadora hubiera rescatado al mozo del cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de la matrícula social se hubiera borrado la palabra degradante garçon; pero la palabra garçon está escrita aquí, tiene aquí su esfera propia, constante, determinada: la palabra garçon lleva en sí el pensamiento de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta donde puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.

La opinion de Paris me da el derecho de golpear sobre esta mesa, gritando: ¡mozo! é impone al mozo el imprescindible deber de acudir, diciendo: ¡señor! El frac negro, la corbata blanca y la cabeza perfumada en el mozo, no son el signo de una conquista reparadora en la vía del derecho, no suponen una humanidad que se enaltece enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre, glorificando el pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la historia, redimida á precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en la cruz á precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una paciencia más sublime todavía; no es la historia cristiana que entrega al mundo el dia magnífico de la moral, no: no es el santo eso que veis ahí; es un trozo de mala madera que se viste de santo, para que sobre el ribete de su peana caiga la ofrenda del necio creyente.

Una ventaja tiene esta hipocresía maliciosa de Paris: el rico deja en todas partes una porcion de lo que le sobra.

Ya sabe el lector las dos razones que tenia para querer salirme del restaurant Champeaux. Una razon era de hacienda, porque sabia que aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de escamotear, y que mi humildísimo y trabajadísimo bolsillo iba á ser el escamoteado. Otra razon más poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me repugna, me repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por caballeros, á quienes me es lícito injuriar con el apóstrofe de garçones.

La presencia de dos personas que traen aún encima el polvo del camino, en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de producir en los asistentes cierta sensacion impregnada á la vez de lástima y de burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que valen dos francos: con dos francos se compran unos guantes color de caña.

Nos avinimos, pues, á purgar el delito de ser inconvenientes, y perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la cultura parisiense.

Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo, y los caballeros garçones que nos circuian estrechamente, formando en el espejo un grupo de cinco personas, una mesa y varios cubiertos, fallaron de propia autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos preguntaron qué queriamos comer.

—Perdonen ustedes señores, no me atreví á llamarlos garçones; no somos italianos: somos gentes que querémos comer, y que agradecerémos á ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.

—Usted perdone, respondió uno de ellos; (pardon, monsieur) y trajo la lista.

Pedimos poco…. ¿Cómo pedir mucho, quien pide con miedo? ¿Cómo no tener miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas blancas, y untos aromáticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye estremeciéndose como el reo á quien se va á leer la sentencia? Pedimos poco, pero al fin pedimos….