Vino la cuenta, y ¡eso si! en una cuartilla de papel azul, formando aguas, sin contar el borde dorado, leí 27 francos. Eché mano al bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo he venido aquí con el fin de comer, no más que de comer; ¿qué necesidad tengo de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? ¿Qué necesidad tengo de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con una cubierta magnífica? ¿Por qué he de pagar un frac que no me pongo, y una corbata que no he tocado, y una pomada que no he olido? Pero el cubilete estaba delante, el prestidigitador detrás, yo en medio, y mis 27 francos debian ser escamoteados sin recurso.

Despues de pagar, saqué un cigarro como para reponerme del ataque sufrido; pero uno de los caballeros garçones acudió presuroso diciendo: il n'est pas permis de fumer ici. (No se permite fumar aquí.)

Salimos del restaurant Champeaux á las nueve y media.

Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale diez francos. Hazme el favor de no volver á entrar en ninguna fonda, ni restaurant, ni almacen, ni aún taberna que huela á cosa de Champeaux.

Yo medité un momento camino de casa, y dije á mi mujer:

—No es Paris el bárbaro: los bárbaros somos nosotros. Los bárbaros son los extranjeros que no conocen á Paris, y que siendo pobres se van á la mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van á ocupar la silla de los vanidosos: que teniendo su espíritu más alto que esa civilizacion enfermiza y servil, llaman á la puerta de los civilizados. Los bárbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de comer, pagamos tributo á los caballeros garçones y á los cubiletes de buen tono. Pero no, no eres bárbara tú que me sigues, como la sombra al cuerpo: el bárbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este mundo, porque la ley moral es la más infalible y providente de todas las leyes: no me digas nada; ya pagué. ¡Dichosa barbarie la que no cuesta más que 27 francos!

Llegamos á casa, mi mujer se acostó, yo escribí las aventuras anteriores, despues me fuí á la cama, y así terminó el dia primero.

=Dia segundo=.

Mi amargor de boca.—Jeannin, sucesor de Sellier.—Recado de la señora del hotel.—Paseo á pié.—Extravagancias de una cosa que en Paris se llama gusto civilizado.—Sueldo francés.—Calcetines.—Sortija.—Chaleco. —Pipa.—Sombrero de paja.—Programa.—Rótulos.—Cocina francesa. —Fin del dia.

Me desperté á las siete de la mañana, sentí un grande amargor de boca, y no pude menos de atribuirlo al restaurant Champeaux. En cambio el buen Champeaux se saborearia regaladamente con la memoria de mis pobres francos.