Tengo la costumbre de levantarme muy temprano, siguiendo el prudente consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto á las ocho dadas. Despues de lavarme y ponerme á cubierto del frio, porque hace frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rótulo que distingo en la esquina de enfrente: Jeannin, sucesor de Sellier. Yo creí naturalmente, á mi me pareció que era naturalmente; creí, repito, que se trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias ó artes, y tenia cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que yo me fraguaba. Jeannin es lo que nosotros llamamos un tabernero. Esta especie no dejó de causarme ciertamente extrañeza, y volví á conocer que tambien en esta ocasion no era bárbaro Paris, sino el extranjero que condena rutinariamente lo que no es conforme á su educacion y á sus hábitos.
En realidad ¿por qué una taberna no ha de ser capaz de crédito, crédito en que está cifrada la fortuna de una ó más familias? ¿Por qué un tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanzó fama, fama justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan á ser industria pública; luego que de la oficina en que se crean pasan á la oficina que se venden, ¿qué excelencia puede alegar el que vende instrumentos de matemáticas sobre el que vende azumbres de vino?
Nosotros llevariamos á bien que se escribiese en una enseña: Jeannin, óptico ó químico, sucesor de Sellier, y mirariamos con cierta intencion satírica el que se dijese: Jeannin, tabernero, sucesor de Sellier. Creo que el vicio no está en los franceses, sino en nosotros que confundimos el vender con el crear, la operacion del cambio con la operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que la venta es igual á la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata como un jarron de china.
Siga el buen Jeannin siendo sucesor de Sellier, el cielo le dé muchos sucesores afortunados, y ojalá que los taberneros de mi país hicieran consistir su orgullo en ser depositarios de una herencia de probidad y de decoro.
El lector no llevará á mal que yo me pare en estas menudencias, ya porque estas menudencias, son faces características en donde se refleja la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago por enseñar á quienes saben más que yo; sino por enseñarme y corregirme á mí mismo.
La señora del hotel me envia á un criado con el objeto de decirme que el gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto me hace ver que hay muchos Champeaux en Paris. Es una cosa que raya en prodigio el talento con que está dispuesta esta sociedad, para que el extranjero se vuelva á su casa sin un cuarto.
A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro de que el famoso restaurant Champeaux no es otra cosa que el primer hilo de toda una red.
Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje, gratificacion en la visita de sitios públicos y reservados, casa, comida, teatros, cafés cantantes, amen de las frecuentes eventualidades y galanterías de Paris, comienzo á sospechar que durante los tres primeros meses, me bastarán apenas ocho napoleones diarios. ¡Ay de mí!
Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera nos vemos en las calles de Paris en medio del dia, en plein jour, como aquí se dice.
No es posible atravesar algunos de los puntos céntricos, sin encontrarse con muchos repartidores de papeles.