Entrada de los obreros.

Despues de tomada esta nota, veo una enseña en el extremo del primer balcon que da á la calle de las Hijas de Santo Tomás, la cual decía:

Vestidos para mujeres y niños.

A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve tambien una gran placa dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene las armas francesas, ó un trofeo semejante. En la placa se divisa este rótulo en elegantes letras cinceladas: Comision imperial. 1855.

Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre, y tanto niño, y tanto traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector si podria formarse todo un pueblo de trajes, de niños, de hombres, de cristales y de palacios.

¿Cuánto habrá gastado esa casa en los anuncios? Digo lo que antes dije de la Ville de Paris: es seguro que ha consumido un capital de alguna cuantía.

Hemos comido en un famoso restaurant de la calle de Richelieu, porque es necesario ver estas celebridades (ver significa pagar), y nos volvimos á nuestro hotel á las once dadas de la noche.

Mañana correrémos los bulevares de Montmartre, de los italianos, de las Capuchinas, de la Magdalena; bajarémos por la calle Real, siguiendo despues la calle de Rívoli, hasta el Hotel de Ville, y dando un vistazo á las Tullerías, Plaza de la Concordia, campos Elíseos, y arco de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta á Paris menos de 39 ó 40 millones de reales.

Termino este día manifestando un incidente que tiene angustiada á mi mujer, y que, en verdad sea dicho, á mí no me tiene de buen humor. Desde que he llegado á Paris, no como; no porque no tenga ganas de comer, sino porque estas salsas me repugnan.

La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito, no soy perito en la materia; pero lo soy en punto á conocer mi paladar y mi estómago, y digo en pleno Paris, que echo muy de menos mis pichones de la plaza de Herradores, el guisado que me aliñaba mi mujer, y mi clásico vino de Valdepeñas.