O los manjares no se conocen, á fuerza de aderezarlos y embellecerlos, porque hasta en los potes de la cocina quiere establecer su reinado la poesía francesa, el impertinente é inexorable palaustre, ó el diablo no puede con ellos á fuerza de estar duros, permítame Paris esta ruda expresion española.

El vino extranjero es carísimo, el vino común del país es malísimo para mi gusto, y vuelvo á decir que doy razón, mucha razon á las perdices, á los pucheros y al vino de mi tierra.

En materia de comer y de beber, sépalo el magnífico Paris, soy castizo español. Le felicito por sus glorias; pero soy español, bien que en otras muchas cosas …no soy francés. Y mi mujer dice: ni yo francesa. ¡Dios me libre!

Así finalizó el día segundo.

=Dia tercero=.

Progresos de mi mujer.—Melancolía.—Nuevos rótulos.—Anuncio de la Union agrícola.—Costumbre de las señoras de Paris.—Sangre fria de los hombres.—Achaques de raza.—La soga.—Una mujer en la calle de Richelieu.—La mujer francesa.—Medallas.—Prodigio del genio francés.—Más rótulos.—Baston de Richelieu.—Plaza de la Concordia.—Arco de la Estrella.—Campos Elíseos.—Vuelta al Hotel.

Mi mujer va haciendo admirables progresos en el idioma francés. Á las mujeres las dice monsieur y á los hombres madame: al quilógramo, medida de áridos, lo llama litro, medida de líquidos: el bulevar, es el restaurant y el restaurant es el bulevar, y así en otras cosas. Está muy afligida, porque dice que le sucederá lo que al otro: olvidó el español y no aprendió el francés.

Salimos á las nueve de la mañana. Mi mujer y yo nos vemos asaltados por esa melancolía indefinible, que no puede menos de experimentarse cuando se llega á una ciudad tan populosa. El individuo parece absorberse en el grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado de la conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en la industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no se pierde por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el individuo se siente pequeño ante lo mismo que él ha creado: el artífice se anonada ante su propia obra. En este caso sucede al hombre lo que al grano de arena en medio de un desierto muy dilatado. Un grano de arena y otro grano de arena forman el desierto; pero el grano se ve perdido entre los horizontes de aquella inmensa soledad.

El individuo experimenta que otra fuerza mayor le reasume, una fuerza extraña, indiferente, que no le hace amar, que no le educa el corazon, que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe el cariño, sino el número, este número no es la vida; porque el individuo se siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una tristeza que no se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena alegría, ni los espectáculos más pomposos, para que deje de estar triste. Nunca debe ser más terrible el morir que cuando se oye cantar, y por una razon idéntica, sucede que la música no distrae, sino que daña, á las personas que padecen aflicciones profundas.

El extranjero está pesaroso, este pesar es una arruga de su alma, por decirlo así, que apenas se divisa en su semblante; pero el pesar existe, tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla debidamente, es indispensable poner el pié en tierra extranjera. No, no vale el genio sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en la insondable matemática de la vida. El talento sin la experiencia, sin sentimiento práctico, sin la estética particular de los lugares y de los hombres, es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco: es lo que nuestra vista sin la chispa eléctrica de la luz. Para evaporarse, no basta que un licor sea espirituoso: es indispensable que salga de la cavidad de su redoma es indispensable que la atmósfera inflame sus poros bajo el contacto de la luz del cielo.