Creo que la parte mas sana de la civilizacion francesa, el progreso más notable que aquí encuentro, consiste en el personalismo que se ha otorgado á la mujer, aunque esto suceda á costa de la mujer misma, la cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque perder belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa, como el arcano de la familia, es mucho más bella que la expuesta al público detrás de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el precio de lo que compra y vende. La mujer árabe no es tan hermosa por su hermosura como por su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es una fantasía, una especie de agüero ó hechizo que no seria nada, si no despertase en nuestra alma el sentimiento de lo maravilloso, como nada seria el encantamiento sin el encanto. La mujer se convierte en una maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese prestigio inexplicable que circuye á una estátua; nos llama á sí con la atraccion eléctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito: es una melancolía delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el elemento maravilloso, ese algo fantástico á que suele darse tan poco sentido, es un poema armonioso é infinito que la naturaleza ha grabado en nuestro corazon.
La fantasía es el complemento del hombre, como el éter es el complemento del espacio. La fantasía llena al hombre, como el éter llena la creacion entera. No os riais, vosotros que no creeis en la imaginacion, para tributarla homenaje á cada momento, cuando menos os lo parece, como aspirais la atmósfera cuando menos os apercibís. ¡No os riais de ese éter divino, destinado á no dejar vacío ningun hueco en el ánfora de la vida; no os riais!
Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo verdad, verdad confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha venido al mundo para realizar fines sociales, en armonía con la moral y con el derecho: juzgo que ahí está la expresion más profunda de su existencia; no quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en Oriente una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una idealidad que la hace misteriosa para hacerla gemir; un Corán que la torna en perfume para que ese perfume dé incienso á un ídolo; no, no quiero esa poesía que es poesía, como es artístico el sarcasmo que se logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga á luz, porque la luz fué tambien creada para ella. Quiero que el misterio la niegue la hermosura asiática, para que reciba la hermosura humana de manos de su propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la Providencia.
Quiero que la mujer sea el guardian doméstico, pero sin dejar de ser entidad religiosa, moral, política, industrial, si conviene, porque la casa está dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carácter santo, este santo sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer. Quiero que sea mujer; pero que no deje de ser sujeto humano. Todo reina en la verdad de la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.
Aquí se está en camino de lograrlo, y esta civilizacion que por ella aboga, es sin disputa lo que más me reconcilia con un pueblo que tiene otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya sociedad no puede sernos completamente grata. No sé si es historia; pero entre un español y un francés, hay algo que riñe.
Almorzamos en la calle Vivienne á las doce dadas, y dirigimos nuestras visitas á diferentes travesías de los bulevares.
Apenas se encuentra establecimiento comercial de alguna importancia, en donde no aparezca, en puerta ó balcon, algun privilegio manifestado en pequeña ó grande medalla imperial. Hay carros que van empavesados de emperadores en bronce. Si á todos los metales donde está el busto de Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para formar todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.
Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor que esto deja en la conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de esta poblacion colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver inevitablemente entre la Francia histórica y la Francia presente, entre la memoria y el hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece extraño, sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros escritos, muchas y memorables jornadas políticas, muchas y gigantescas revelaciones sociales: como la existencia de todos los pueblos se reasume en dos grandes soluciones: lo que se escribe y lo que se obra, lo que se recuerda y lo que se siente; encuentro desnivel entre el Paris de tanta medalla y el Paris de tanto recuerdo; entre la solucion de la historia y la solucion de la presente sociedad. La memoria y el sentimiento pugnan y se repelen, á lo menos en mi juicio y en mi conciencia.
En Lóndres veré más medallas, muchas más medallas, y no lo extrañaré ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de indulgencias papales, y hé aquí la superioridad de la Inglaterra sobre la Francia: la superioridad lógica, consecuente, de buen sentido: la historia y la máquina que se mueven al par; todo el pueblo inglés dirigido á un fin, más ó menos plausible, pero que no sale jamás de las condiciones que se ha impuesto: cruel quizá, inmoral acaso; pero lógico.
La indulgencia pontificia en Lóndres es la indulgencia imperial en
Paris. Aquí hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del
Estrecho no las habrá.