Nos acercamos más. La enorme puerta principal, toda de bronce, es un trabajo de mérito notable; una obra maestra. Allí se ven, simbólica y admirablemente explicados los diez mandamientos de la ley escrita, por medio de figuras del antiguo Testamento. Aquella grande historia, escrita en bronce, me ha llenado de asombro, no tanto por su hábil ejecucion, como por su vasta y feliz inteligencia.

Entramos en el templo, y nos hallamos en un espacioso átrio ó vestíbulo, formado por una arcada de 25 á 30 metros de altura, sobre 14 ó 15 de latitud, en donde están las dos capillas del bautismo y del matrimonio. La primera tiene un grupo de mármol que representa el bautismo de Jesucristo; y la segunda, otro grupo que representa las bodas de la Vírgen con San José. Las pilas del agua bendita, obra del maestro Antonin Moyne, son una verdadera preciosidad á los ojos del arte.

Nos volvimos para dirigir una mirada hácia el fondo del templo, y nuestros ojos aturdidos se perdieron en una sola nave, alta, anchurosa, iluminada, inmensa, llena de valentía, de fuerza y majestad. No es una majestad ingénua, bíblica, inocente; no es esa majestad sencilla y candorosa que saca su encanto del espíritu; no es una majestad cristiana; es una majestad poderosa, esplendente, fantástica, agorera; una majestad que saca su encanto de la forma; una majestad del arte pagano; pero indudablemente estas formas tienen algo imponente, majestuoso y grande.

Aquellas bóvedas silenciosas, quietas y como amontonadas sobre sí mismas, aquella techumbre formidable que parece estar suspendida por el genio del hombre, no nos trae esperanzas del cielo, no nos trae palabras y consuelos de otra vida mejor, pero nos da una grande idea de la tierra. Aquí todo respira grandeza, atrevimiento, orgullo. Sí, orgullo, porque creaciones tan fastuosas como esta, nos inspiran el sentimiento de la emulacion, casi de la envidia. ¡Cuántos hombres no escalarían la tierra, si pudiesen, para hallar luego un trono en este palacio! Aquí pensamos en el sitio de Troya, en Aquiles y Ulises, en Hector y Eneas; aquí no pensamos en Providencia, ni los ángeles, ni en bienaventuranza. Por este camino vamos á Chipre, no á Jerusalen. ¡Con cuánto talento queria Napoleon convertir esta iglesia en templo de la Gloria!

Nos dirigimos al altar mayor, y este gran monumento me confirmó más en mi juicio. El grupo principal, la exaltacion de la Magdalena, esculpido con la esplendidez y la frescura que el genio audaz de Marochetti sabe dar á sus obras, representa á nuestro Señor, á la Santa, á los Apóstoles y á los Evangelistas, y alrededor de este grupo cristiano, en torno á este hogar religioso, rodeando esta familia bendita, vemos el arte griego, la poesía mitológica, que nos ofrece una infinidad de personajes, desde el bautismo del rey Clovis, hasta el Concordato de 1802. Constantino, Clovis, Santa Genoveva, Carlomagno, Godofredo, Juana de Arco, reyes, héroes, Napoleon, el cardenal Gonsalvi; razas distintas, gustos diversos, diversos caractéres, civilizaciones contrarias: todo está revuelto y mezclado aquí, como se mezclan en un nicho las cenizas de varios difuntos. Eso no es una exaltacion de la Santa; eso es una galería de historia: eso no es un cuadro religioso; es una pintura social: eso no es un altar del Cristianismo; es el trofeo de una nacion. Aquí reina la Francia, no el Redentor del mundo; reina el artista, no el sacerdote; reina el hombre, no reina Dios. No comprendo cómo la gente reza aquí. Yo no podria rezar. Frescos brillantes de Ziegler, suelos magníficos de mármol, cielos rasos preciosamente cincelados bajo la direccion de Derre; todo llama y provoca la materia; todo incita nuestros sentidos; todo es contra la poesía del templo, porque todo es contra la poesía del alma; sobre todo, contra la poesía austera y sublime de la Cruz. Si Santa Magdalena se levantara de la tumba, es bien seguro que se persignaria escandalizada de que la adorasen aquí; es bien seguro de que miraria en este templo, lo que un aleman miraba en la Basílica de San Pedro de Roma: UNA DELICIOSA TENTACIÓN.

Salimos de la Magdalena entre alegres y tristes, y á los veinte ó veinticinco pasos nos volvimos, como para dominar el conjunto de aquel alcázar esplendoroso. Su vista es agradable, armoniosa, poética, casi imponente. Mirado por fuera el edificio, tiene algo solemne, porque lo grande tiene tambien su solemnidad. Su plano forma un rectángulo de 70 á 80 metros de longitud, sobre 20 á 25 de latitud, mientras que alrededor, sobre un basamento de 50 ó más metros, corre un perístilo ó galería de cincuenta y dos columnas gigantescas entre las cuales se ven muchas estátuas, con el nombre del santo y el del escultor. Esto confirma más y más mi anterior idea. Si ese templo no es una exposicion de bellas artes, ¿á qué viene el nombre del artista? Si es un lugar de veneracion, ¿á quién tenemos que venerar sino al santo? El escultor pone tambien su nombre; es decir, pide su parte de devocion, de culto; reclama tambien su parte de limosna á la fe del creyente. El escultor quiere reinar al lado del héroe de la Iglesia. Esas estátuas representan dos santidades: el santo y el artífice.

El lector debe ser un tanto indulgente conmigo, porque escribo sin preparacion, y sin corregir una palabra de lo que trasmito al papel. Veo una cosa, y sin más antecedentes que verla, digo buenamente lo que se me ocurre, ó lo que siento. Esto tiene el inconveniente del descuido que debe notarse en la obra, pero tiene, en cambio, la ventaja de la ingenuidad más estricta y de la más perfecta exactitud.

De vuelta al hotel, nos encontramos en la puerta á la señora, que nos preguntó, con una sonrisa muy amable, si veniamos de visitar algun monumento. Sí, señora, la contesté. Venimos de la Magdalena.

¿Que vous semble-t-il? ¿Qué le parece á usted? preguntó la señora, avivando un tanto los ojos, y marcando mucho las palabras, con cierta expresion orgullosa.

—Me parece, señora, la contesté, que aquello es un lugar de triunfo y de alegría, no de sacrificio, de meditacion y de recogimiento. Es una Vénus, no una Magdalena; un festin, no una lágrima. Si ese monumento no fuese tan magnífico, seria menos palacio; pero seria más iglesia.