Aún despues de ver los campos Elíseos y la plaza de la Concordia, la hermosa galería de Rívoli no puede menos de ofrecer un espectáculo notable, algo penoso, si se quiere, porque nos agobia con la impresion que causa en nuestro ánimo toda obra grandiosa.

Así que salimos á la plaza de la Concordia, divisamos, entre el juego de muchas luces particulares, un surco contínuo de fuego, tirado á cordel; á medida que el coche avanzaba, veiamos escaparse, como apariciones fugitivas, la rica y espaciosa calle de Castiglioni, divisando como un relámpago la enorme columna de Vendome; la plaza y la fachada del palacio Real, iluminadas perfectamente, el anchuroso bulevar de Sebastopol, con sus dos hileras de faroles que se van juntando á medida que la mirada se prolonga, hasta que se pierden en un montecillo de luces trémulas, á una distancia que parece de ocho ó diez millas; el gigantesco torreon negro, con su jardin alrededor, como una azucena sembrada al pié de una roca deforme; el palacio de la Ciudad y su plaza, alumbrada por grandes faroles, la caserna de Napoleon, hasta llegar á la Bastilla, plaza extensa, menos brillante que la de Vendome ó la de las Victorias; pero no menos interesante como teatro histórico. Aquí la escena cambia de aspecto; de un círculo de luz y de bullicio, pasamos á un círculo de meditacion y de melancólica poesía. Hay luces que vienen á reflejarse en nuestros ojos: hay luces tambien que vienen á reflejarse en nuestra alma. En este sentido, la Bastilla está más alumbrada que los almacenes del Rívoli.

En medio de la plaza distinguimos una gran columna que remata en un globo, sobre el cual asienta sus piés una figura. De cuando en cuando, un reflejo salia de la columna y nos heria confusamente, pareciéndonos descubrir como letras doradas. Así era, en efecto, segun nos informaron varios transeuntes. Aquellas letras perpetúan el nombre de las personas que sufrieren el cautiverio de la Bastilla, de la alta prision de Estado, de aquella Inquisicion de la edad media, de aquel Gólgota religioso y político.

Mis lectores saben que todos los pueblos han tenido plaza de la Greve, su horca y su verdugo, su argolla de hierro: la castracion en casi toda el Asia primitiva; la concha del ostracismo en Grecia; el monte Taygeto en Esparta; el monte Calvario en Judea; la roca Tarpeya en la Italia antigua; el Santo Oficio en la Italia moderna; la Bastilla en Paris.

El azote del mandarin chino ha viajado mucho por la tierra; puso los piés en Francia, y se llamó Bastilla en el siglo XIII, así como antes se habria llamado de otra manera, porque es claro que las edades anteriores, todas las edades humanas tuvieron tambien su Bastilla. Pero otra edad humana vino, la Bastilla desapareció, cayó bajo los golpes de la piqueta revolucionaria, y sobre sus escombros se levantó grande y valerosa la columna de Julio. Al monumento del siglo XIII sucedió el monumento del siglo XVIII: el Capitolio se levantó sobre la roca ensangrentada del monte Tarpeya. La figura que remata ese monumento, es el genio de la Libertad.

Ahí, donde ahora se eleva esa columna como una plegaria se eleva al cielo, estuvieron las jaulas de hierro, construidas en forma de embudo, para que el prisionero no pudiera permanecer sino encorvado. ¡Cosa singular! Á un hombre le pesa emplear dos varas de bronce con el fin de que su cautivo pudiera respirar de pié derecho, cuando la Providencia habia creado para aquel cautivo toda esa inmensidad que flota entre la Bastilla y las estrellas.

Allí fuéron víctimas de la tenebrosa política de Luis XI, Guillermo de Llarancourt, obispo de Verdun, Jaime de Armagnac, duque de Nemours y el conde de Saint-Pol.

Allí fué tambien decapitado Cárlos de Contant, convencido de traicion hácia la Francia.

Allí fué del mismo modo condenado á muerte el conde de Lallytollendal, cuya inocencia se reconoció cuando era ya tarde. Allí, en ese Santo Oficio político de la edad media, gimieron sucesivamente Basompierre, el gran Condé, el famoso Fonquét, su amigo y secretario Palisson, el docto Sacy, el duque de Laurum, marido de la nieta de Enrique IV, el mariscal de Richelieu, el tristemente célebre marqués de Sade, el cardenal Rohan, el caballero Mazers de Latude, Bruno de la Condamine, y últimamente, un hombre que hizo mucho ruido en el mundo, la gloria y el escándalo, la fábula y la admiracion de su siglo; un hombre filósofo, teólogo, estadista, geógrafo, erudito, matemático, novelista, filólogo, poeta; un mónstruo de talento y de audacia; el hombre del talento más vario y más indefinible que ha puesto los piés sobre la tierra; ahí estuvo Voltaire. Escribió una sátira contra el regente, y lo encerraron en la Bastilla. Pero me olvidaba de que esa Bastilla cuenta en sus anales un personaje más famoso aún que el mismo Voltaire, para las tradiciones de aquel edificio. Este personaje es el hombre de la máscara de hierro, llamado y conocido así, acerca del cual no pudo la historia averiguar nada, mientras que la poesía popular se contentó con divertir al vulgo, inventando cuentos y consejas. El hombre de la máscara de hierro es un arcano añadido á los tantos misterios de que fué teatro aquel monumento misterioso.

¡Cuán majestuosa se alza ante mí esa piedra monumental, encarnacion ayer de las antiguas castas, encarnacion más tarde de la política y del arte modernos!