Aquella piedra se representa en mi fantasía como el gigante desterrado de un siglo, á quien otro siglo da razon en una hora de verdad y de entusiasmo.

¡Quién habia de decir á Felipe Augusto y á Luis XI que las ruinas de aquel Santo Oficio habian de servir para la construccion del puente nuevo, el más popular, el más liberalizado de Paris! ¡Cuántos senos ocultos tiene la historia de la humanidad!

Nos volvimos á nuestro fiacre, y nos vimos de nuevo entrar en la calle de Rívoli, deshaciendo el camino andado. Al llegar al hotel de Ville, nos apeamos y corrimos la vista por la fachada de aquel importante edificio, colocado enfrente de la puerta principal.

El nuevo sitio en que nos encontramos guarda tambien su poesía tétrica, terrible; instructiva y moralizadora como el monumento de Felipe Augusto y de Luis XI, porque no hay poesía inútil, sobre todo cuando es terrible. El sitio en que nos encontramos fué la Bastilla de otra edad; menos lógica, en cambio más cruel.

Sobre el mismo suelo en que ahora tenemos los piés, fuéron arrastrados y descuartizados Ravaillac, _Cartouche _y Damiens; sus miembros palpitantes ensangrentaron este suelo que ahora pisan sus nietos con indiferencia. Aquí tambien rodaron las cabezas de dos mujeres, dos mujeres funestamente célebres, dos envenenadoras: la Boisin y la Brinvilliers.

Seguimos la calle de Rívoli, subimos por la Magdalena y nos hallamos en el bulevar de este nombre, divisando á poco los bulevares de las Capuchinas, Italianos, Montmartre, Poisonnière y una parte del de San Martin. Esta nueva vista no es tan simétrica y artificial como la de Rívoli; pero es más extensa, más graciosa y más alegre, de más efecto. Aquí hay más expansion, más capricho, más fantasía: es decir, hay más creacion individual.

El Rívoli es una galería del Estado.

Los bulevares son inmensas galerías del pueblo.

Millares y millares de variados tubos y reverberos iluminan las tiendas, los cafés, los hoteles, los casinos: otros tantos millares y millares de luces se reflejan en los espejos interiores, que tienen casi todos los establecimientos públicos, produciendo una especie de vision mágica; mientras que los faroles de los centenares de carruajes que van y vienen en un oleaje contínuo, convierten aquellos espaciosos bulevares en una atmósfera oscilante de luz.

Difícil será hallar en el mundo una ciudad más alumbrada que Paris. Hay muchos establecimientos que emplean centenares de luces, y tratándose de los cafés-conciertos, es tarea no muy fácil el contarlas. Pero de todo eso que se ve, de ese foco brillante que por todas partes aparece, que por todas partes se filtra, que más de una vez se descubre á lo léjos, debe rebajarse una mitad. La mitad es debida al juego teatral de los espejos interiores; debida á la mágia parisiense.