Aquí todo tiende á ser mágico; hasta la bota con que pisamos el lodo inmundo: la misma bota, el mismo zapato, la humildad aplicada al vestido del pié, lleva aquí detrás su cortejo, su galantería; au soulier galant. Por eso Paris, sin dejar de ser una ciudad importantísima, es una ciudad aparente; artísticamente mentirosa, artísticamente exagerada, exageradamente culta.
Llegamos al hotel cerca de las diez, y mi mujer y yo digimos: Paris es un mónstruo muy bello, sobre todo muy iluminado: su morada seria deliciosa sin coches: con coches, viene á ser un infierno vivo.
Suponiendo que la poblacion avecindada y la flotante suba á millon y medio de almas, que ciertamente no bajará, creo que á cada quince personas podria tocar un carruaje: creo que en Paris no hay menos de cien mil carruajes de todas matrículas y cataduras. Hablando solamente de los coches públicos, puedo asegurar que he llegado á ver hasta el número once mil y tantos.
¡Feliz yo si hubiera tantas perdices como las de mi plazuela de Herradores, tantos pucheros como mi olla de Madrid, tantas botellas como las de mi clásico manchego!
Voy á terminar este dia con una pregunta: ¿se vive aquí mejor que en otras partes?
Estos grandes centros no son otra cosa que hornos de fundicion social, donde se depuran las creaciones que hacen falta al mundo: no son centros de dicha; son talleres de necesidad. Estas ciudades hacen lo que la mujer cuando nos inspira fuertes pasiones: pasiones que sirven para purgar con fuego la escoria que llevamos en el corazon.
No envidieis esto, hombres sencillos, que pasais la vida girando en torno de vuestra aldea, como da vueltas la paloma alrededor de su nido: el espíritu humano es como el ambiente: siempre se nivela. Dios no ha puesto los goces supremos de la vida en los resplandores de un vidrio, ni en el espacio de una calle, ni en la hermosura de una plaza, de un paseo ó de un arco triunfal. El hombre tiene su monumento en donde tiene su inteligencia, sus creaciones, su familia; donde tiene la patria que le ha dado quien dió astros al cielo. ¿Qué cristal más brillante que el sol? ¿Qué mejor prisma que una estrella? ¿Qué fábrica más espaciosa que vuestros campos? ¿Qué arco triunfal más suntuoso y más magnífico que el firmamento?
En todas partes está el hombre: en todas partes respira Dios. ¿Qué Paris tan grande como Dios y el hombre?
No, no envidieis esto. Yo lo trocaria por vuestros bosques silenciosos, sino tuviese marcada mi tarea de pequeño obrero en estos grandes hornos de fundicion.
En resúmen, el hombre tiene aquí placeres de opinion y de fantasía que vosotros no conoceis; como teneis vosotros goces de calma y de naturaleza que no se conocen aquí. El hombre se aproxima incautamente al horno y se quema; como en la aldea se aproxima imprudentemente al arroyo y se ahoga.