Yo trabajo por hacerla cristiana; pero ella está conforme con ser el enigma escondido en el palacio de Faraon; digo mal, en el palacio de dos Faraones: uno es España.

Probablemente ninguno de los dos serémos muy tiranos con ella.

Nos dirigimos á las Tullerías y al Louvre, atravesamos el inmenso patio de este inmenso alcázar, torcimos á derecha para tomar el Puente Nuevo; á poco estábamos en el muelle de Voltaire, y luego en la famosa calle de la Universidad. Por allí anduvimos á la ventura durante tres cuartos de hora, atravesando calles y callejuelas, como para ver si notábamos esa especie de gusto clásico que debe reinar en unos lugares donde manda la ciencia. Efectivamente, hay aquí algo de la vida revuelta del estudiante, y del silencio austero del aula. Yo creia percibir cierto aroma de pensamiento, cierto olor de libro; así se lo dije á mi mujer, la cual movió pomposamente la cabeza, en señal de una negacion monda y lironda, lisa y llana.

—Yo no huelo nada, dijo mi compañera; lo único que huelo es que mis piernas se cansan ya, y que debíamos aproximarnos á las Tullerías para tomar asiento en los sillones imperiales.

—¡Enhorabuena! contesté yo, pero me parece que deberias mostrarte más respetuosa con esta antigüedad científica, porque has de saber que te encuentras en lo que se llama el barrio latino, un barrio muy célebre, aunque no sea sino por los muchos grandes hombres que aquí se han formado, que de aquí han salido para ilustrar al mundo, y que pisaron estas mismas piedras que pisamos nosotros en este momento.

—Pues con perdon de esos grandes hombres, contestó mirándome mi mujer, y de las piedras que esos grandes hombres pisaron, te digo y te repito que estoy cansada, y que si no nos vamos á las Tullerías, me tendré que sentar en medio de esta acera…. Al decir esto, se paró como si quisiera dar más fuerza á su argumento, cuando oimos los agudos chillidos de un perro, que salia casi ardiendo de un portal de enfrente. Era un perro de lana; habia entrado sin duda en la cocina, alguna chispa habia saltado de los hornillos, la lana habia prendido fuego, y el pobre animal salia á la calle medio ardiendo y chillando de un modo horrible. El amo le seguia, llevando en la mano derecha un baston ó cosa semejante. El pobre animal retrocedia, avanzaba, ladraba, se mordia á sí mismo, chillaba, gruñia, y cuanto más se meneaba, más se encendia la lana. El amo le llamaba, y queria apagar el fuego, pasando el baston á raíz de la piel; pero el palo le lastimaba las quemaduras, y el perro aturdido hacia ademan de morder al amo, con una rabia y un atolondramiento indefinibles. El amo entonces extendia el palo, como para rechazar al animal, y el infeliz perro, al notar que su amo le amenazaba con el baston…. ¡Oh ejemplo que asombra! ¡Oh virtud que aturde! ¡Oh lealtad que debia dar vergüenza á los hombres! Aquel pobre perro que se quemaba vivo, que se mordia á sí propio, que tenia la rabia del frenesí, al notar que su amo le amenazaba con el palo, pegaba el vientre al suelo y lamia el extremo del baston. Este ejemplo de abnegacion sublime, de sublime heroicidad, nos enterneció de tal modo que nos aproximamos resueltamente; otros vecinos acudieron, y entre todos, en embrion, en tropel, apagamos el fuego con las manos y con los pañuelos del bolsillo. Yo estaba entre aquella gente, y hablaba á todos como si fueran individuos de mi familia. Despues que apagamos el fuego, dije al amo que debia untar las quemaduras con manteca sin sal, y no bien hube acabado de pronunciar estas palabras, cuando una jóven de catorce ó diez y seis años echó á escape, y trajo un papel con bastante porcion de manteca. La juventud es tan ardiente como generosa. El amo sujetaba al perro, y á despecho de sus alaridos y convulsiones, le untamos bien todas las quemaduras. Luego, temblando de dolor, entró en su casa detrás del amo. Una de las mujeres que asistieron al lance, dijo algunas palabras á mi compañera, que la contestó en buen castellano: no la entiendo á usted. Aquella mujer que no comprendió que mi mujer no la comprendia, se me quedó mirando, como si esperase que yo la explicara el asunto. Mi señora ha contestado á usted, la dije, que no entiende el francés. La mujer se quedó parada, y echaba unos grandes ojazos á mi compañera, al mismo tiempo que exclamaba con mucho asombro: ¡Madame ne comprend pas le français! ¡La señora no entiende el francés! Esto queria decir: ¿esa señora no sabe el francés y está en Francia? ¿Cómo lo va á pasar ignorando la lengua del país? ¿Pero, de dónde viene esa señora que no sabe el francés? Yo que comprendí perfectamente toda la intencion de aquella mirada, y que me sentí algo picado por la negra honrilla de mi compañera, la dije con un marcado aplomo: Madame ne comprend pas vôtre langue, ainsi que vous ne comprenez pas la langue de Madame. (Esta señora no comprende la lengua de usted, así como usted no comprende la lengua de esta señora.) Y luego añadí: Madame ne comprend pas la langue de votre pays; mais elle comprend une autre langue plus necessaire, plus universelle, plus savante: la langue de la charité. (Esta señora no entiende el lenguaje de este país; pero entiende otro lenguaje más necesario, más universal, más sabio: el lenguaje de la caridad.)

Esta salida convenció á la buena mujer: oui, monsieur; oui, monsieur (sí, señor; sí, señor), decia repetidamente, y se fué haciéndonos una reverencia. En efecto, la caridad es una religion que hace á todos los hombres hermanos.

Nos dirigimos al muelle de Voltaire, y á los pocos minutos entrábamos, cogidos del brazo, por el Puente Nuevo. Aquí presenciamos otra escena, de un interés muy superior. Los héroes de la nueva aventura son un campesino, su mujer y un muchacho como de veinte años, poco más ó menos. El matrimonio se dirigia hácia la parte del Luxemburgo, mientras que el jóven caminaba hacia las Tullerías; pero tanto el hombre como la mujer, la mujer particularmente, volvian la cara con frecuencia para mirar al jóven; el jóven la volvia tambien, y en el movimiento tardío y embarazoso de los tres, no era cosa difícil adivinar que aquellas buenas gentes se separaban con dolor. Por fin, la labriega vuelve el semblante, el muchacho lo vuelve al mismo tiempo, sus ojos se encuentran, entre ellos pasó lo que Dios sabe; corre la mujer hácia el jóven, el jóven corre hácia la mujer, se abrazan estrechísimamente y rompen á llorar; pero á llorar de un modo que era capaz de quebrantar las piedras. Nosotros, con el corazon desgarrado al oir aquellos sollozos, nos quedamos estáticos delante de aquel grupo interesantísimo. El labriego aturdido siguió á su mujer, y á los cuatro ó seis pasos de distancia, bajó la cabeza y dejó caer ambos brazos. Parecia un difunto que se tenia de pié. ¡Qué arte tan sábio es el amor! ¿Qué Rachel, qué actriz del mundo, hubiera corrido como corrió aquella mujer, hubiera dado aquel abrazo como aquella mujer lo dió, y hubiera arrancado á llorar como lloraba la infeliz campesina? ¿Ni qué Talma, ni que Latorre, hubiera bajado la cabeza, y dejado caer los brazos con la ruda y austera poesía con que lo hizo aquel pobre paleto? ¡Ah! Los padres son los grandes actores, los eminentes trágicos, cuando llega la hora solemne de verter lágrimas por sus hijos. Excuso decir á mis lectores que la labriega era la madre, y el labriego el padre del muchacho. A este tocó la suerte de soldado, habia ingresado en caja, se quedaba en Paris, y aquel abrazo, dulce y desgarrador al mismo tiempo, era la despedida. Mi compañera y yo no tuvimos ánimo de presenciar el desenlace, y seguimos nuestro camino, penosamente impresionados de aquella aventura.

—Mira, me dijo mi mujer; este muchacho irá ahora á la guerra; quizá un jefe indiscreto le manda asaltar un castillo, y tal vez muere en aquella empresa temeraria. Y pasará un dia y otro dia, y acaso la madre le guarda la silla en que solia sentarse, y no quiere que nadie ocupe el lugar de la mesa que él ocupaba. Y pasa un mes, y pasa un año; la madre esperará á su hijo, y el hijo no entrará por la puerta de la casa de sus padres, ni se sentará en la silla en que antes se sentaba, ni ocupará el lugar de la mesa que ocupó desde niño. Un hombre extraño le ha mandado morir, y ha muerto. Un hombre extraño ha robado aquel hijo á su madre; á esa madre que lo ha concebido, que lo ha criado, que lo amaba con todas las veras de su corazon, que se estaba mirando en él como en un espejo. La madre sabrá al cabo que su hijo murió en la guerra, y su alma gemirá para siempre en un abismo de perdicion y de amargura. ¡No, no! añadió mi mujer vivamente; los hombres son injustos, haciendo ciertas cosas sin consultar el voto de las madres. Ninguna guerra se debia emprender, sin oir antes el consejo de una gran asamblea de mujeres. Es bien seguro que de ese modo no habria tantas guerras. Yo dije sonriendo á mi mujer: ¿para qué más guerra que una gran asamblea de mujeres? Luego añadí: tal vez sucederá á ese muchacho lo que tú acabas de decir; pero ¿quién sabe si va á Sebastopol contra la Rusia, y es el primer soldado que clava la bandera en la torre de Malacoff, salvando á Europa en las alturas de Crimea?

—¿Es decir, arguyó mi mujer, que tú estás porque haya guerras en el mundo?