—No, hija mia, respondí yo; yo no estoy porque haya en el mundo guerras injustas, egoistas, tiránicas; pero estoy por las guerras que se hacen en nombre de la civilizacion, del derecho y de la moral. Y ¿la sangre que se derrama y humedece la tierra? dirás tú. Y ¿el rayo que cae de las nubes y nos devora? digo yo. Ese rayo que nos devora, es indispensable para purgar el aire de los malos miasmas que lo infestan; sin ese rayo destructor, el ambiente nos mataria. Pues bien, la sangre que se vierte en una guerra justa, es indispensable del mismo modo, para que los hombres comprendan lo que están obligados á hacer, para que se guarde la justicia. Aquella sangre es como el agua de salud con que se riega el árbol de la libertad de los pueblos; es el Jordan de ese bautismo; bautismo costoso, pero santo, como es santa la lágrima que aquella buena madre vierte al despedirse de su hijo, por más que aquella lágrima la queme los ojos y la desgarre el corazon. Cuando llega la hora en que el hombre debe sufrir, no hay otro recurso que disponer el alma para el sufrimiento, y cuanto más sufrimos, cuantos más dolores experimentamos, más sagrado es nuestro dolor. Sí, amiga mía, la sangre que se vierte en ciertas batallas, es como el rayo que viene á purgar el ambiente de otro horizonte, el aire de otra atmósfera: es un dolor que debemos sufrir, cuando llega la hora de los dolores; es una lágrima que otra madre derrama por sus hijos. La madre que lloraba en el puente Nuevo, se llama mujer. La madre que llora en los campos de ciertas batallas, se llama moral, se llama historia, se llama destino, se llama Providencia. Y á esto sin duda se refiere San Pablo cuando dice: la letra con sangre entra; y cuenta, hija mia, que San Pablo es al mismo tiempo un grande hombre, un gran santo, un gran apóstol, y la inteligencia más práctica y organizadora que ha conocido el mundo.

Conversando así como buenos amigos, llegamos á la esquina de la calle del Acaso (Rue du hasard), y vemos un letrero que dice: restaurant de Santa Teresa. Teresa se llamaba mi madre, y la veneracion y el respeto que debo á ese nombre, me decidieron repentinamente. Tiré del brazo á mi compañera, que comprendió luego mi intencion y aprobó mi idea con alegría, porque siente hácia mi buena madre el mismo respeto que yo.

Comimos una sopa, dos platos de carne, uno de pescado, otro de verdura y unas fresas. El criado que debia servir nuestra mesa no estaba allí, y nos sirvió una hija de la casa, con amable y graciosa galantería. Es una jóven blanca, muy blanca, rubia, esbelta, flexible, de mirada apacible é ingénua. Seguramente no es francesa del Norte, debe ser de Tolon: es decir, de un punto que raye con Italia. Es un tipo perfectamente italiano. Tiene la candidez de la juventud, la gracia de una juventud bella, y la seduccion de una actriz. Pegada al mostrador hay una silla, y sentado en la silla hay un hombre, tipo perfectamente parisiense. Con perdon del francés y de mi compañera, digo y declaro que ella me gusta más que él. El buen parisiense no la quita ojo, y la buena francesa del Mediodía le manda tambien de cuando en cuando alguna miradilla furtiva, picaresca, como robada. Esto quiere decir que esos dos tipos diferentes, representan un tipo comun, íntimo, idéntico; un tipo que conviene á todas las fisonomías, á todas las naciones, á todos los siglos, á todas las razas: el tipo de amantes. ¡Dios los haga buenos casados! Luego que concluimos de comer, llamamos á nuestra linda servidora, pagamos, nos levantamos y nos despedimos, empeñando palabra formal de que iriamos á comer con mucha frecuencia. En esto sale una señora de grande cara, de tez muy morena y vellosa, de pecho enorme, de vientre más enorme aún, pequeña, aplastada, casi roma, de tal manera, que más que mujer parecia una bola, una urca, una abutarda. Se adelantó hácia nosotros, y el vientre caminaba dos ó tres palmos delante de ella. Yo me acordé del célebre soneto de Quevedo que principia:

Erase un hombre á una nariz pegado,

porque, en efecto, la situacion era muy semejante; aquí se trata de

Una mujer pegada á una barriga.

El parisiense se levantó, la mujer rechoncha y la niña nos despidieron hasta la puerta, coreando un saludo de doscientas ó trescientas gracias, unas detrás de otras. Las gracias son el género más barato de Paris. Vale menos que el aire, que el agua y que la luz. ¡Qué baratura de género!

—Pero, señor, me decia mi mujer al salir: ¿puedes tú comprender que esa muchacha tan flexible y graciosa, pueda ser hija de ese fenómeno? ¡Milagros del amor!

Llegamos á casa cerca de oscurecer, y hemos pasado una buena parte de la velada recordando tres cosas: la señora del restaurant, el abrazo del puente Nuevo, y el perro que ardia; aquel animal que se quemaba y lamia el baston de su amo. No lamia la mano del dueño; no lamia sus piés; sino un palo que le lastimaba y que le heria; pero que era el palo con que le castigaba el que le daba de comer. Víctor Hugo ha dicho:

La virtud que en el mundo está en destierro,
Hombre no pudo hacerse … y se hizo perro.