=Dia duodécimo=.

Bustos de azúcar y de chocolate.—Hombres que no debian comer.—Apuros.—Primer restaurant del pasaje de los Panoramas.—Segundo restaurant.—Vajilla de Luis Felipe.—Francia.—Inglaterra.—Pequeño restaurant de Lóndres.

Empiezo este dia por dos curiosidades que hemos visto ayer, y que nos causaron suma extrañeza. En los escaparates de una confitería en la calle de San Honorato descubrimos un Pio IX de azúcar, y en la esquina del gran hotel del Louvre, hácia la plaza del Palacio Real, un Napoleon de chocolate, montado á caballo.

Digo la verdad, sin embargo de no ser pontífice ni emperador, no me sabria bien que una escultura tan original confiase el secreto de mi fama al chocolate y al azúcar. No faltará lector que crea que me doy á inventar ciertas especies, con el objeto de zaherir la sociedad francesa, halagando así nuestro espíritu nacional. Á esa duda, que yo me imagino, contesto que si alguno, francés ó español, me prueba que adultero el menor detalle, la minuciosidad que menos signifique, consiento desde luego que se me tenga por una persona deshonrada. Afirmo, bajo mi palabra de honor, que hemos visto aquellos bustos originales en los lugares indicados; el de azúcar, en una de las confiterías de la calle de San Honorato, y el de chocolate, en la esquina del gran hotel del Louvre.

Pero estaban admirablemente ejecutados, se dirá. Sí, por cierto, contesto yo; admirablemente ejecutados; pero lo hábil de la ejecucion no quita al hecho su natural é inevitable extravagancia, porque es una cosa extravagante que el chocolate y el azúcar, objetos puramente privados, artículos puramente domésticos, se vean convertidos en sustancia artística. Es extravagante, es y no puede menos de ser ridículo, que la escultura, el arte divino de Miguel Angel, se nos muestre en un escaparate de confites. Pero, lo tendré que decir mil veces: cuando llega la hora de ganar dinero á trueque de un efecto cómico, los franceses no respetan á emperadores, ni á pontífices, ni á Miguel Angel, ni á nadie del mundo. Creo que si la idea de la eternidad pudiera prestarse á un relumbron, el hombre francés la expondria sin escrúpulo en un escaparate. Estaria bien sitiada, con algun adorno gracioso, herida por algun reflejo brillante, rodeada de algun golpe mágico, eso sí, pero la idea sagrada de la eternidad estaria expuesta al público curioso en los escaparates de un mercader. Tal vez este retrato es algo atrevido; pero bien sabe Dios que es UN RETRATO AL NATURAL.

Vuelvo á la reseña de este dia.

La Providencia hubiera hecho al mundo un bien muy grande, no habiendo dado necesidades materiales á los hombres que se consagran á la vida intelectual, especialmente tratándose de aquellos que son peregrinos en el presente; peregrinos que, con el báculo de la verdad en la mano y una esperanza valerosa en el corazon, cogen hoy espinas que mañana se convierten en flores, y sirven de corona á las generaciones venideras. Estos hombres, estos mártires de la historia, estos santos de la conciencia, estos sacrificios sagrados de donde saca el mundo su fuerza mejor, debian tener bastante con su culto, como el alambique que contiene un fluido eléctrico, tiene bastante con aquel fluido. Estos hombres debian estar dotados de una existencia elemental como la tierra, como el agua, como el aire: debian ser luces á quienes bastara su natural calórico: debian vivir y conservarse por su propia virtud, de la misma manera que la esperanza vive y se conserva por virtud intrínseca y divina del deseo: debian vivir y conservarse en su espíritu, en su esencia, en esa misteriosa infusion de la mente hacedora, como el perfume de una flor vive y se conserva en los poros sutiles de sus tallos.

A más de un escritor debia bastar su oficio, como basta su claustro al monje. ¿Qué son algunos escritores, sino monjes de otro convento, frailes de otra religion? ¡Ay! no está en esto lo penoso de la órden, sino en que son monjes sin claustro.

En efecto, difícilmente se concebirá una situacion más terrible que la del hombre que dedica su vida entera al esclarecimiento y propagacion de una verdad; de una verdad extraña todavía á la civilizacion particular del siglo ó del pueblo en que vive. Todo lo ha puesto en manos de su idea: vigilias, patrimonio, salud, amor, destino…. ¿Para qué? Para oir en una hora, en un momento, la voz de una mujer, de una hermana, de una madre: mira que no tenemos que comer; mira que no podemos pagar al casero; mira que es necesario abandonar esos papeles indigestos, y buscar recursos, tal vez pedir, quizá sufrir la afrenta de quien vale menos, porque sirve menos, porque está mucho más distante de los altos fines que la vida humana tiene que cumplir en el mundo.

¿Qué se hace? Dejar los papeles (el vulgo de las mujeres los llama papeluchos) y buscar dinero; pedirlo; sentir en el rostro el calor tremendo de la vergüenza.