Oirla de tu labio,

Que pienso llegaría

Á matarme lo injusto del agravio.

—¡Á matarla! ¡La hermosa criatura

Que apenas cuenta quince primaveras!...

¡Nunca!... ¡Vive, mi santa, y no te mueras!

—Mi corazón, de asombro y dolor llenas.

—¡Ah!, siento más tus penas que mis penas.

—¿Por qué, pues, me hablas de morir?

—¡Dios mío!