Aun rojiza brillaba en su sepulcro
La llama inextinguible del deseo.
* * *
¡Ea!, ¡aprisa subamos de la vida
La cada vez más empinada cuesta!
Empújame dolor, y hálleme luego
En su cima fantástica y desierta.
—
No, ni amante, ni amigo,
Allí podrá seguirme;