Y ya que hice mención de los poetas alemanes, he de añadir que encuentro grandes afinidades entre ellos y la poetisa gallega. Unos y otra son, ante todo, poetas de su país, cuyo ambiente, por decirlo así, respiran sus versos; la tristeza y la amargura son las notas dominantes, tanto en las canciones gallegas como en las lieder germánicas, y unas y otras son producciones subjetivas y líricas. ¿Qué más? Cualquiera que haya leído un poco los poetas alemanes y lea los versos de Rosalía, notará que en ambos palpita vivo y lozano un sentimiento generoso que domina á todos los demás: el amor á su patria. ¿Quién al leer aquellas sentidísimas estrofas que comienzan

¡Oh tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella,

no recuerda la Lied vom Rhein, de Matzerath, cuando dice:

Mein Heimatland, o du herrlicher Rhein!

Acaso en estas semejanzas, y más que nada en la forma especial que revisten los versos de este libro, encuentren algunos algo que censurar. Por mi parte confieso que, acostumbrado como estaba, y como están casi todos los españoles, á considerar los versos como música, me costó algún trabajo el aprender á estudiarlos como escultura. Encariñado el oído con la ingénita cadencia que nuestra lengua, armoniosa sobre todas (aunque alguien se escandalice al leerlo), imprime á la poesía, á duras penas se resigna á prescindir de cesuras y asonancias; conseguido esto, sin embargo, encuéntrase luego solaz y encanto en esos que antes parecían inarmónicos acordes.

Más bien que en esto, hallo yo pecado en el amargo desencanto, no sistemático, sin duda, sino espontáneo, que impera en todo el libro, desencanto y amargura que hace que la autora juzgue alguna vez con equivocado criterio las cosas y los hechos. Tiene, sin embargo, esta falta muy atendible explicación: cuando el espíritu y el cuerpo están atormentados por acerbísimos dolores, abundan las sombras en los ojos y en el alma, que es el pesar obscuro, prisma que todo lo ennegrece. Fuera de esto, son estas poesías de primer orden, y bastarían por sí solas para dar á su autora el merecidísimo renombre de que goza. Escritas con asombrosa facilidad, con una como frialdad aparente, con abandono, hasta con desdén, son todas ellas sentidas, profundas, hondas; y guardan, bajo la vestidura especial de su aderezo, dolores y desgarramientos tales, que quien las lea sin sentir enrojecidas las mejillas y ardientes los ojos, ha de ser insensible de veras.

En realidad, no se puede escoger entre ellas; pero á mí causáronme singular complacencia, entre otras varias, Las campanas y Los robles. Es la primera una rima inocente, candorosa, llena de perfume y de fe, y también de amor y meditación. La segunda es una inspiración robusta y sostenida, donde el mágico pincel de Rosalía, rico en hechizos y vertiendo flores, aparece esplendoroso y lozano, pintando un cuadro lleno de vida y movimiento, de toques vigorosos y prodigiosos efectos de luz. Una y otra son también las más dulces.

Una palabra aún antes de terminar.

Á pesar del indisputable mérito que este libro encierra, y que soy el primero á reconocer, he de confesar que si á escoger me dieran entre los versos de la autora, preferiría sin duda alguna los gallegos. En esta preferencia, no sólo tendría grandísima parte del natural cariño que profeso á mi tierra y á cuanto á ella pertenece, sino también la mayor dulzura y sentimiento, que son el distintivo de las rimas gallegas de nuestra poetisa. No quiero disminuir el valer de las presentes poesías, antes por el contrario, lo admiro y reconozco; pero enamórame, sobre todo, cuanto es, como por acá decimos, amorosiño y tierno.

En el amante nido donde vive, reciba el ruiseñor gallego mi saludo cariñoso, ¡y quiera el cielo que mi tosca pluma tenga todavía nueva ocasión de celebrar sus trinos y gorjeos!