J. Barcia Caballero.
Santiago, febrero de 1885.
UNA PRECURSORA
La fama de Rosalía Castro se funda en dos libros: Cantares gallegos y Follas novas. En ellos, la dulce habla regional de suavísimas inflexiones, con sus giros llenos de encanto, con sus diminutivos mimosos, es intérprete de una poesía honda, llena de amor, que se traduce en nostalgias, ó de piedad, que, á las veces, llega á convertirse en odio. Los Cantares son el alma de Galicia, tierra verde, jugosa y húmeda, mozas de clara hermosura y de maravillosa perfección corporal, mozos rudos, con una rudeza ribeteada de malicias; vida penosa de trabajo, escasez constante, usura, emigración. Las Follas novas son el alma de Rosalía, depurada y sublimada entre todas las espinas de la aflicción, terreno fecundo que produce sin cesar flores de esperanza arrancadas de pronto por una mueca de escepticismo, por un grito de desesperación; alma lírica y sonora que vibra según la impresión del momento.
El lirismo, cualidad excelsa de los poetas grandes, de los que saben expresar directamente su alma, es cualidad predominante en Rosalía Castro. El elemento anecdótico no entra para nada en sus poesías, ó, por mejor decir, todas ellas son anécdotas espirituales.
Esta misma fuerza de profundo subjetivismo tiene otro libro suyo, menos conocido, y de él quiero hablar. Es el que encierra sus versos castellanos, uno de los más singulares de nuestra poesía. Se titula En las orillas del Sar, y se publicó en 1884. Del mismo año son algunos Pequeños poemas, de Campoamor; la Pesca, de Núñez de Arce, que ya había dado lo mejor de su ingenio; á la sazón Ferrari le pisaba los talones en Pedro Abelardo, también publicado entonces; Manuel del Palacio y José Velarde estaban en pleno florecimiento; Zorrilla rimaba deliciosamente composiciones de circunstancias. El libro de Rosalía era otra cosa. Cuando todos declamaban ó cantaban, ella se atrevía sencillamente á hablar. Cuando todos cincelaban el verso, ella dejaba á los suyos un no sé qué de flojo y espontáneo, que fué como embalsamarlos para que conservaran más tiempo la poesía. Cuando todos se ceñían al endecasílabo y al octosílabo, con los otros versos que desde siempre se les combinaban, y á lo más empleaban el alejandrino zorrillesco, rico de acentuación, rotundo y sacudido, ella adoptaba metros inusitados y combinaciones nuevas.
De suspirillos germánicos hubiera calificado Núñez de Arce la mayor parte de las composiciones castellanas de Rosalía, sin perjuicio de admirar sus similares gallegas; porque en éstas, al hacer literaria un habla popular, todo estaba permitido, al paso que en las otras había reglas sagradas que observar.
De absurda y desgraciada debió calificarse entonces la suplantación del heptasílabo por el octosílabo en combinación con el verso de once sílabas, contra lo que era uso:
Todo lo ves, y todos los mortales