De la fe bienhechora que he perdido,

Y no consientas, no, que cruce errante

Huérfana y sin arrimo,

Acá abajo los yermos de la vida,

Más allá las llanadas del vacío.

Sigue tocando á muerto—y siempre mudo

É impasible el divino

Rostro del Redentor, deja que envuelto

En sombras quede el humillado espíritu.

Silencio siempre; únicamente el órgano