Cuers de lions et cuers d’aignel.

Cuando la vi encerrada en las cuatro tablas que á todos nos esperan, exclamé: «¡Descansa al fin, pobre alma atormentada, tú que has sufrido tanto en este mundo!»

Y esta exclamación salió tan de lo íntimo, respondió tanto á la emoción del momento, que pudiera decir que fué instintiva. Era imposible otra cosa. Nadie como yo sabía que jamás ojos algunos derramaron en sus días de aflicción lágrimas más amargas que las suyas, ni otro corazón como el suyo soportó en la tierra más duros golpes. El Cielo se apiadó de la infortunada el día de su muerte.

Mas se dirá: ¿acaso no tuvo sus días de felicidad, sus rosadas auroras, la paz y olvido que diariamente pedía á Dios en sus oraciones? Sí, ciertamente. Sus hijos fueron para su corazón un supremo consuelo, aun cuando la llenaba de terror la idea de que pudiese llegar un tiempo en que tuviesen que sufrir como ella sufría. ¡Oh, esto no! Por lo demás, ingenua y confiada, puestas sus esperanzas en manos de Dios, y confiada en su infinita misericordia, nada la halagaba sino la paz de su casa. La misma gloria no la importaba. Los vanos ruidos del mundo se apagaban á sus puertas, no tan olvidadas como ella quería, ni tan ajenas al tumulto de la vida que no la trajesen temores y sobresaltos, pues nada la asustaba tanto como la posesión de una dicha inesperada. Le parecía que forzosamente debía traer consigo una nueva tormenta.

Soportando ciertas indiferencias que en el alma me dolían, y para ella no pasaban desapercibidas, pues tocaban en los límites de la injusticia, muchas veces le dije que nadie en este mundo haría justicia á su obra, sino yo. Ella me contestaba siempre: «Deja pasar todo; no somos más que sombra de sombras. Dentro de poco, ni mi nombre recordarán. Mas, esto, ¿qué importa á los que hemos traspasado nuestros límites?» Y era lo cierto, porque á pesar del entusiasmo con que se acogieron sus libros todos, una frialdad dolorosa la envolvía de tal modo, que entre el triunfo alcanzado y la justicia que pedía fuese como era debido, ponía un mundo de distancia. Porque al positivo valor literario de su primer volumen de versos en lengua gallega,[1] se unían otras condiciones, no diremos superiores, pero sí muy dignas de tenerse en cuenta para juzgar su libro y la obra de regeneración con él emprendida. Verdadera reveladora del alma de su país, apareció entonces para la generalidad como una más; para muy pocos, como la única. Y así, con una dolorosa facilidad, vinieron para el poeta las mansas injusticias, acompañadas de las limitaciones y pérfidos ejemplos de los que se les suponían iguales, cuando no superiores, con que una mala voluntad trató á su hora de herirla con gran lanzada.

[1] Juzgando Canalejas el libro de Rosalía, Cantares gallegos, en el artículo que publicó en 1864 en el diario La Democracia, lo señaló, no tan sólo como una dichosa aparición, sino que se alargó á juzgarlo como una renovación de la poesía en las fuentes siempre vivas de la inspiración popular.

Por fortuna, semejantes contradicciones no la importaban. Le eran indiferentes los triunfos, pues amaba la soledad y el olvido, y si algo podía consolar aquella alma verdaderamente inconsolable, era pensar que tal vez el Cielo le concediese un breve descanso, y aprovecharlo para producir algo que honrase su país y lo hiciese amar á los extraños; algo que dijese, con razón, que cuantos la tenían por la primera, debían tenerla.

Aquel inmortal amigo, por mi desgracia también recién enterrado, é inolvidable su memoria en mi corazón, Curros Enríquez, que con ella compartió más tarde el triunfo y el dolor de los hostigados por la suerte, amaba la obra de Rosalía Castro como la de un precursor y de una hermana. Honrando su alma de poeta, la anteponía á la suya, cuando en realidad eran dos seres gemelos que, heridos por una misma mano, habían soportado igual carga. Mas ella había precedido á todos. Había roto los hielos, recorrido victoriosamente la senda, y con armonioso acento habilitado, la primera, la lengua materna para la expresión de todos los sentimientos, lo mismo los populares que los que pertenecían al alma del inspirado. Y si á esto se añade que, á la vez, había dotado su obra de acentos tan apasionados y de una sinceridad tan grande, que aun se espera quien haya de vencerla en la vehemencia y verdad de los afectos, bien claro dijo que cuantos en su país había caído en suerte el don de expresar sus ideas y sentimientos en versos armoniosos, podrían llegar á ser sus iguales, nunca superiores, pues ella ha tocado en los cielos sin mancha.

Lo que á los demás correspondía; lo que á su tierra y desgracias legendarias que le afligen tocaba directamente, eso era lo que en primer lugar le importaba. Quedaban para los que la amábamos aquellas otras explosiones de amor y de intensa pena que la abrumaban, el saber á qué grandes dolores se refería en sus versos. Los tiene que son amargos gemidos, en cuyas entrañas se encerraba, si puede decirse así, el dolor de los dolores que la abrumaban. Porque si hubo ser sensible que al menor roce se sintiese herido; si hubo alguien que en los momentos de desagracia se irguiese altivo como héroe que antes de caer vencido intenta levantarse y luchar todavía, fué ella. En su sangre circulaba, en sus carnes palpitaba algo de indómito y superior que venía de su raza y que parecía decirle: «¡Muere, pero sé digna de soportar la muerte!» Y en esto pudo haber también quien la igualase, pero no quien le fuese superior. En las grandes familias se ven á cada momento ejemplos de esta índole. Quien hablase á Rosalía, vería que era la mujer más benévola y sencilla, porque en su trato toda era bondad, piedad casi, para los defectos ajenos. Mas cuando la herían, ya como á enemiga, ya como acosada por el infortunio, era tal su dignidad, que pronto hacía sentir al que había inferido la herida todo el peso de su enojo. Pero vanidad, pero ansia de brillar, pero empeño de llenar este ó el otro cenáculo, pero deseo de aparecer como una mujer superior, eso, jamás lo sintió. Todo lo contrario, nada le importaban los triunfos alcanzados; nada el renombre que sobre ella pudiera recaer. Hallábase contenta en la soledad de su casa, tranquila en sus medianías, satisfecha viendo crecer sus hijos y siendo con ellos dichosa.

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