¿Qué se podía esperar de una mujer delicada de salud, sensible, que cada emoción la hería hondamente? Que siendo en ella tan sincera la producción literaria, reflejase con toda intensidad el estado de su alma. Así lo hizo. Poeta moderno, fruto del dolor de su tiempo, cuyas carnes herían con largas y penosas vibraciones las penas que la ahogaban y las que veía soportar, ni una sola de sus poesías dejó de ser la viva expresión de la emoción que la embargaba. ¿Cómo extrañar ni la gracia y verdad con que describe en sus versos en gallego las costumbres populares del país,[2] ni las emociones que á la hora propicia la conmovían, ni la misteriosa vaguedad de unos versos en que dejó impresa para siempre la poderosa huella de su genio? En esto consistió su triunfo. Los hijos de Galicia que, ya bajo los cielos siempre serenos de Cuba, ya en las llanuras de la Argentina, leían á su poeta—sí, á su poeta, pues si los hubo entre nosotros que fuese amado con amor inextinguible, fué Rosalía—, los llevaban en su memoria y en su corazón; con ellos llenaban los abismos de tristeza que les consumía lejos de la tierra natal. En ellos veían reproducidas con entera fidelidad las cosas de la patria por que suspiraban en su destierro. Tan íntima compenetración del poeta con su pueblo fué lo que le dió el nombre merecido de que gozó entre los suyos.

[2] Tanto entrañó en sus versos los sentimientos y las costumbres de su pueblo, que entre las diversas composiciones vulgares que recogí vinieron algunas de Rosalía aceptadas como propias por la multitud campesina. En el estudio de Milá y Fontanals acerca de la poesía popular gallega, la 129 y la 131 son de ella. Entre las que publicó más tarde el Sr. Pérez Ballesteros en su Cancionero, se hallan también otras como debidas á la musa del pueblo. Lo mismo pasa con algunas que aparecen en la monumental obra de Carolina Michaelis de Vasconcelhos, Cancioneiro da Ajuda, como fruto de la inspiración popular, en especial la que se transcribe como oída en Vigo, á la página 933 del tomo II, que puede leerse en los Cantares gallegos, aun cuando el vulgo modificó algunas estrofas.

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Los antiguos bardos unían al don de la poesía el de la música. Nadie dirá que Rosalía haya hecho otro tanto, mas yo afirmo que si hubiera querido, le sería fácil. Era un temperamento por entero musical. De haber tenido una educación á propósito, hubiera sido una tan gran compositora como fué gran poeta. Á semejante condición debió sin duda que, sin intención—y no como un motivo de simple técnica—, obedeciendo tan sólo á la cadencia, que era en ella una facultad dominante, hubiese sido la primera en España á romper con la métrica usual en su tiempo. Causó su innovación tanta sorpresa, que su libro En las orillas del Sar fué, por de pronto, mirado, desde este punto de vista, como un atrevimiento indisculpable, por unos; para los más, como un enigma. Todos se detuvieron para juzgarlo, concluyendo por confesar que las nuevas combinaciones de que hacía alarde, ni las admitía la costumbre, ni las comprendía su oído. Sin embargo de ello, las dudas fueron de un momento. Los que rechazaban la novedad y los que con ella asentían callaron, pero pronto vinieron otros que, rompiendo también con lo establecido, la siguieron en la innovación, y quedó ésta sancionada.

Aun cuando había en ello alguna gloria para quien había hecho tan importante conquista, ni se advirtió el triunfo, ni gozó de él la infortunada. Se necesitó que un joven escritor de nuestros días, dolido de la injusticia, se adelantase á quejarse del hecho, proclamándola como precursora de la reforma por ella iniciada sencilla, instintivamente, sin ánimo de constituir escuela, y sólo porque, como tan gran música, le estaba permitido romper con los viejos moldes, ensanchando los dominios de la métrica castellana. En pago, sin pararse en más, la crítica de entonces le echó en cara, como una gran falta, la de adoptar metros inusitados y combinaciones nuevas, en lo cual, ciertamente, no había pecado alguno.

Por su mal, en esto como en todo necesitó que la muerte la tomase para sí, empezando desde ese momento la forzosa reparación de los olvidos é indiferencias con que algunas almas mezquinas trataron de envolverla antes, después, á todas horas. Porque en cuanto á ver amada su obra de consuelo por sus paisanos ausentes, en especial por los pobres desterrados en América, de ese sí que gozó en toda su plenitud. Nada pudo hacerlo menos. Á ellos debió en vida el cariño y entusiasmo con que recibían sus obras; á ellos el único amparo que tuvo en sus días de amargura; á ellos, casi, el monumento en que descansa. Fué triunfo que ninguna mala voluntad pudo hacer menos—cuando trataron de sus versos en gallego—, ni aun la de aquellos que se apresuraron á amenguarlo, no hallando en los frutos de su inspiración más que asuntos secundarios de escaso empeño y mérito relativo, porque, según ellos, cuanto toca á la gente campesina era de por sí misma inferior, y el lenguaje en que se expresaba el poeta, inferior también. Mas viéndola después escribir sus versos en castellano, rompiendo victoriosamente los viejos moldes de la métrica castellana, entonces se aprovecharon de la sorpresa que causó la novedad, para herirla, haciendo menos la esencia que encerraban como en vaso sellado.

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Casi se negó á Lamartine el derecho á recordar á su madre y ensalzarla con el amor y cariño que una madre merece. ¿Qué no se diría de un marido que, hablando de su esposa, lo hiciese con el interés que la realidad de los hechos y la pasión pondría en sus labios? No me dejarían siquiera repetir las palabras de Daudet, refiriéndose á su bien amada compañera: «¡Y es tan buena, tan sencilla, tan poco literata!...» Y por cierto, que si á alguna otra escritora pudiera aplicarse tan breve como envidiable triunfo, á ninguna con mayor justicia que á Rosalía.

Confieso que sería para mí como cosa sagrada hablar con toda extensión de quien en este mundo fué tan buena, tan modesta, y conmigo en conformidad con la desgracia, que ni en sus mayores tribulaciones salió de sus labios una queja, ni le faltó jamás el valor para arrostrar las penas que le devoraban cuerpo y alma. Es más: si fuera preciso, no temería atraer sobre mí los juicios contrarios, con tal que no la hiriesen al mismo tiempo. Mas ella no merecía esta nueva prueba. Igual á aquellas puras almas de mujer que en la soledad del claustro y en el rigor de sus austeridades dejaron al mundo el perdurable ejemplo de su santidad, dejó ella entre los suyos el de su valor para soportar las amarguras, las injusticias que hicieron sangrar su corazón. ¿Cómo han de ir las que se llamarían indiscreciones del marido á renovar las mal cerradas llagas, cuando ya goza de la paz de la muerte?

Habrá, sin embargo, quien diga: «Cállese cuanto se refiere á la mujer de su casa; á nosotros nos basta saber cuanto importa á la escritora. Olvide cuanto á él toca, y háblenos de lo que desean saber los demás.» En realidad así debiera hacerse, si las presentes líneas fuesen algo más que un doloroso recuerdo. Después de los años que reposa en su sepulcro, y borrado todo rastro, no es extraño que para juzgar su obra se desee penetrar en lo oculto de su vida. Por fortuna, si son desconocidos, si para todos están olvidados los hechos y hasta la memoria de ellos, quien pretenda penetrar en lo íntimo de aquel vaso de elección, si se permite decirlo así, puede leer sus versos. En ellos se refleja su alma y el alma colectiva de su país. Transparentan las penas que la afligieron y las amarguras soportadas con aquel estoicismo que la hizo exclamar: «San Agustín dice que Dios no manda amar las tribulaciones, sino sufrirlas; y esto es muy lógico», añadía en una de sus cartas, escritas en momentos de prueba.