¡Y bien hondas é inacabables las sufrió la infortunada!

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Después de todo, la vida de una mujer, por muy ilustre que sea, es siempre bien sencilla. La de Rosalía, como la de cuantas se hallan en su caso, se limita á dos fechas: la de su nacimiento y la de su muerte; lo demás sólo importa á los suyos. Nació nuestra escritora en Santiago de Galicia el 21 de febrero de 1837, y falleció en Iria (Padrón) el 15 de julio de 1885. ¡Breve existencia en verdad! La muerte la hirió en la plenitud de la vida, cuando, libre al fin de los cuidados del para ella dulcísimo yugo de la crianza de sus hijos, podía prometerse un descanso. Boa tea fia quen seus fillos cria, dice el adagio gallego, y en verdad que nadie podía decirlo como ella, pues todo su amor, todo su cuidado, todos sus afanes, puso en la crianza de aquellos hijos de su corazón, quienes no le dejaban momento libre para otra cosa. ¡Santo ministerio, ocupación amorosísima!

En su indiferencia por los triunfos literarios, nada le importaba que éstos se apagasen. Confiaba, sin embargo, en que no habiendo dicho todavía todo de lo que se sentía capaz, aun podría aprovechar el descanso y quietud que debían llenar sus horas, cuando en la plenitud de sus facultades, dueña de sus «gloriosos empeños», le fuese posible producir y legar á la posteridad los logrados frutos de su genio. No lo quiso el Cielo. Al cerrar sus ojos para siempre, pudo muy bien exclamar, pues estaba por entero en conformidad con ellas, estas amargas palabras: «¡Oh desgraciada raza humana!: el reposo te es desconocido y solamente gozas de él cuando devoras el polvo del sepulcro. ¡Amargo, amargo es este reposo! ¡Duerme, difunto! ¡Llora tú, el que sobrevives!»

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En el eterno reposo, muchos de los suyos le habían precedido. En el cementerio en que tuvo momentáneo asilo descansaban mezclados con los que habían sido sus servidores. Nada los diferenciaba. Unidos, igualados por la muerte, el señor y el campesino dormían el mismo sueño en una misma tierra.

Desde las ventanas de su casa veía Rosalía el atrio y los olivos que lo sombreaban, y dirigía diariamente hacia aquellas soledades sus recuerdos y sus oraciones, bien ajena, por cierto, de que pronto hallaría allí su sepultura. Poco tiempo antes, como quien une en un santo amor la memoria y los afectos pasados, quiso que se cantase una misa por todos ellos en aquella iglesia solitaria—ella también ejemplo de lo pasajeras de las grandezas humanas—, y allá fué á oirla. Yo la vi marchar rodeada de todos sus hijos, por la vía inundada de sol, de paz y de la hermosura de que están llenos unos campos que amó como si le hubiesen tocado en herencia. Al salir del templo besó una sepultura y con ella cuantas en el atrio encerraban algo suyo, y entró después en su casa contenta porque había orado por los que tenían en su corazón y eran de su sangre, derecho á sus plegarias.

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No muy lejos de aquellos lugares, para ella sagrados, al pie del «altivo Miranda», se levanta la casa solariega de los de Castro, en donde arraigó la noble estirpe de la cual procedía. Puede afirmarse que allí nació Juan Rodríguez de Padrón, el primer poeta que tuvo Galicia en el siglo XVI, así como ella lo fué en el XIX. Todavía se conserva en el viejo palacio un arco ojivo que declara la antigüedad del solar y el poder que desde aquella morada se ejerció en otros tiempos. Como suyo le tuvo el glorioso autor de El siervo libre de amor, en cuyas páginas se halla la primera, exacta, más cariñosa y más importante de las descripciones de los campos que rodean la vieja Iria, á la manera que En las orillas del Sar se recuerdan y ensalzan en versos inimitables.

Y era que en su sangre llevaba el amor á aquellos lugares y gentes que los poblaban. Gracias á este sentimiento que dominaba todo su ser, instintivamente asimilaba cuanto había en lo exterior y le interesaba por modo excepcional. Así sorprendía y expresaba—con el poder de una victoriosa sugestión—los misterios del alma campesina. ¿Quiénes habían sido los que desde lo alto del viejo palacio de la Arreten habían dominado sobre aquellos campos? Lo ignoraba. Sabía que era cosa suya y los ponía á su lado. Ajena á todo género de vanidades, esto le bastaba.