Aun sin ello, cuanto la rodeaba venía á cada momento á hablarla de sus horas felices y de lo que interesaba á su corazón. Recordándola las dichas pasadas y las penas que la atormentaban, unía en su memoria los gloriosos hechos de sus antepasados y el abismo de dolor en que había caído. Y pues aquellas soledades y hombres que las hacían fértiles las veía como cosa propia—en la conmiseración que la inspiraban—, vertía toda su alma. En tan gran piedad envolvió á cuantos sufrían en su tierra las inclemencias del cielo y las del infortunio.
Su obra fué por ello una obra de piedad y de renovación. Aplaudida, amada, es en realidad una reivindicación de la tierra gallega. ¿Cómo extrañar que su nombre fuera citado á cada momento con verdadero cariño, cuando sus versos, impregnados de los sentimientos populares, fueron aceptados por la musa campesina y sellados por la gente iletrada con sello imborrable? Esta compenetración de su obra con el alma de su gente fué desde el primer momento tan visible, que un poeta de su tierra, de su barrio casi, pudo decir con verdad en la hermosa composición que le dedicó:[3]
Todo el genio de su raza palpitaba en sus endechas;
Eran bellas... ¡y á las almas se prendieron como flechas!
Eran santas... ¡y Galicia de rodillas las oyó!
[3] Alejandro Miguens Parrado, en la hermosa poesía en elogio de su paisana publicada en el Almanaque Gallego de Buenos Aires para el año de 1909.
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Á pesar de ello, estaba escrito que las demostraciones de estimación pública y las de los que más la distinguían no habían de llegar todas á su conocimiento, ni á su hora, ni á su corazón. El mismo día de su muerte se recibió en su casa La Rassegna Nazionale, notable revista de Florencia, que contenía un breve, pero notable juicio de sus poesías castellanas En las orillas del Sar, recientemente publicadas. «Vorremmo, decía, che qualche gentil donna italiana ce ne regalase una traduzione, per che solo una donna può degnamente intendere e interpretare cosi pura ed eletta poesia.» Y esto cuando en España el más benévolo de sus críticos, reflejando sinceramente la opinión de los que se tenían por entendidos, consignaba en un artículo que se había «encontrado en sus composiciones algo á que no se hallaba acostumbrado su oído y las han acusado de falta de armonía».
Se necesitó que pasasen más de veinte años para que al fin se le hiciese justicia y se la señalase como La Precursora en un estudio en que, abordando el tema de la modificación que sufrió en estos días casi la antigua métrica castellana, que ella había iniciado, y para que en el artículo en cuestión se añadiese que el volumen de sus versos castellanos «es uno de los más singulares de nuestra poesía», es decir, de la poesía española.
Sin duda no bastaban las contrariedades sufridas y hubo de soportarlas mayores para su corazón. Las páginas que le hemos consagrado en nuestro libro Los Precursores, no supo siquiera que se habían escrito. Pensaba sorprenderla con ellas, y sólo sirvieron para decir el día de su muerte lo que perdía Galicia al desaparecer para siempre aquella alma verdaderamente superior. Hubiera sido dichosa leyéndolas, y no se lo permitió su mala fortuna. Sería para ella un gran consuelo, y no lo tuvo. Así todo en su vida.