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Los meses que siguieron en aquel verano, tan lleno para mí de esperanzas que se desvanecían y de temores á cada paso renovados, fueron dolorosos para los suyos, que nos negábamos á creer lo que estaba dispuesto. También lo fué para la infortunada, pues se sentía morir. Aun cuando su postración decía á todos que pronto la perderíamos, nos parecía imposible que llegase ese instante. En ocasiones, hasta ella misma, cansada de sufrir, esperaba un milagro. Habiéndose visto tantas veces al pie del sepulcro, esperaba una vez más escapar al peligro; que el Cielo no podía herir tan cruelmente á los que quería con toda su alma y cuya separación veía tan cerca. Aun en esos momentos de angustia, aquella mujer heroica tenía valor para ocultar sus padecimientos, abriendo su alma á la esperanza, más por los suyos, que dejaba en el mayor desamparo, que por ella, pues harto conocía que le faltaban pocos días.

Antes de caer para no levantarse más; antes de aceptar resignada el doloroso calvario con que el Cielo quiso probarla, marchó á Carril con los suyos. Quería ver el mar antes de morir: el mar que había sido siempre, en la Naturaleza, su amor predilecto. Pero en aquellas orillas que le recordaban otras horas felices, se sintió ya tan rendida, que apenas podía dejar su aposento y sentarse á la tarde—antes que el sol se hundiese por completo en las aguas—sobre las piedras del malecón, aspirar los aires salobres y contemplar los ardientes cielos de estío que iluminaban el Poniente. Un mundo de recuerdos la llenaban, y las involuntarias tristezas, que como ráfagas doloridas pasaban ante sus ojos, se templaban para ella viendo á sus hijas reemplazarla en el mundo. Como se había casado joven, Dios le daba el consuelo de verlas crecidas y ser como un rayo de su misma juventud.

El día que abandonó el puerto, esperando el carruaje que debía conducirla á la estación, se impacientó porque tardaba en llegar. Ocurriósenos que lo mejor era, aunque breve el trayecto, que fuese por mar. Para ella constituyó tal contratiempo un descanso y una distracción inesperada, aunque llena de los vagos temores que acosan á los que tienen su fin ante la vista. Así y todo, el aire y los rumores de la playa animaron su semblante y nunca me pareció más imposible lo que esperábamos, cuando en pie, abierta la portezuela del vagón, iluminando el sol su rostro animado por la fatiga, en medio de sus hijas, joven todavía, sonriente siempre con los que la rodeaban, la despedían y no habían de verla más, esperaba el momento de ponerse el tren en marcha. Un dulce rayo de paz, un soplo de otros días felices que yo conocía tanto, me dió por el momento, no la esperanza, la seguridad de que no nos abandonaría tan pronto.

No así á las buenas almas que se despedían de ella y tenían una más segura certeza del temido desenlace. Y tanto fué así, que no la dejaron marchar sola, sino que quisieron acompañarla hasta su casa. En su compañía fueron hasta que la dejaron en su soledad, en medio del jardín cuidado por sus manos, y entregada al amor de los suyos. ¡Dios bendiga á quienes tanto hicieron sin tener en cuenta que acompañaban á una buena, á una santa amiga! No sabían siquiera cuán nobles, cuán gloriosas facultades se extinguirían al morir aquélla, en quien puede decirse que estuvieron representadas todas las grandes cualidades de la mujer gallega.

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Decir ahora cuán amargas fueron las horas de su agonía; hablar de lo que bajo aquel techo de angustias se sufrió por la que soportaba el dolor y por los que la amaban y veían soportarlo, es ya imposible. No se levanta el velo que cae sobre un sepulcro amado sin sentir que se remuevan en el corazón las inquietudes y las emociones que las contrariedades tienden en tales momentos sobre cuanto nos rodea...

Manuel Murguía.

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Aunque no alcancen gloria,