La abuelita me recibió con los brazos abiertos. Inés se negó a abrazarme, me tendió la mano. Después no me atreví a invitarla a los juegos de antes. Me sentía tímido. ¡Y qué! ella debía sentir algo de lo que yo.
¡Yo amaba a mi prima!
Inés, los domingos iba con la abuela a misa, muy de mañana.
Mi dormitorio estaba vecino al de ella. Cuando cantaban los campanarios su sonora llamada matinal, ya estaba yo despierto.
Oía, oreja atenta, el ruido de las ropas. Por la puerta entreabierta veía salir la pareja que hablaba en voz alta. Cerca de mí pasaba el frufú de las polleras antiguas de mi abuela y del traje de Inés, coqueto, ajustado, para mí siempre revelador.
¡Oh, Eros!
* * *
—Inés...
—¿...?
Y estábamos solos, a la luz de una luna argentina, dulce, ¡una bella luna de aquellas del país de Nicaragua!