La dije todo lo que sentía, suplicante, balbuciente, echando las palabras, ya rápidas, ya contenidas, febril y temeroso. Sí, se lo dije todo; las agitaciones sordas y extrañas que en mí experimentaba cerca de ella, el amor, el ansia, los tristes insomnios del deseo, mis ideas fijas en ella allá en mis meditaciones del colegio; y repetía como una oración sagrada la gran palabra: amor. ¡Oh, ella debía recibir gozosa mi adoración! Creceríamos más. Seríamos marido y mujer...
Esperé.
La pálida claridad celeste nos iluminaba. El ambiente nos llevaba perfumes tibios que a mí se me imaginaban propicios para los fogosos amores. ¡Cabellos aúreos, ojos paradisíacos, labios encendidos y entreabiertos!
De repente, y con un mohín:
Y corrió como una gata alegre adonde se hallaba la buena abuela, rezando a las calladas sus rosarios y responsos.
Con risa descocada de educanda maliciosa, con aire de locuela:
—¡Eh, abuelita, ya me dijo...!
¡Ellas, pues, sabían que yo «debía decir...»!
Con su reir interrumpía el rezo de la anciana que se quedó pensativa acariciando las cuentas de su camándula. ¡Y yo que todo lo veía a la husma, de lejos, lloraba, sí, lloraba lágrimas amargas, las primeras de mis desengaños de hombres!