Otras obras vendrán, llenas de amor humano y de fe en la suprema idea, que enriquecerán mayormente el acervo intelectual de su patria mejicana, o mejor dicho de nuestra América, otras novelas, otras obras para el teatro; y otros posteriores volúmenes de ese Diario, tan lleno de ideas, tan interesantemente anecdótico y que fué dedicado desde su primer tomo a un mi joven amigo que ya sabe más que leer... el hijo amado, Miguel Félix Gamboa y Sagaceta.


AMADO NERVO

En varias ocasiones he escrito sobre la singular personalidad de Amado Nervo, y siempre con igual simpatía y con el mismo intelleto d'amore. ¡Ha sido tan gentil compañero de sueños, en nuestro París amado, hace ya tanto tiempo! ¡Y es tan sutil poeta, tan comprensivo artista y tan dulce filósofo! Con decir que a pesar de los medios a que necesariamente conduce la diplomacia, su espíritu y su corazón de sensitivo no han sido contaminados por las promiscuidades de la carrera...

Yo no leeré nunca sin cierta emoción el libro titulado El éxodo y las flores del camino, en el cual, entre versos deliciosos y prosas llenas del encanto de la juventud y del prestigio de un buen arte, recuerda, en conceptos ya de humor, ya de melancolía, nuestras horas parisienses, nuestra amistad con curiosos ejemplares de humanidad, y la persecución de los favores de Nuestra Señora y Reina la Belleza.

La evolución de Nervo, desde Místicas y Perlas Negras hasta sus últimas producciones de piadosa, o irónica—¡muy suavemente!—filosofía, y sus poemas cortos y sentimentales en que un gran dolor, de los íntimos y profundos, le ha hecho producir rítmicos y trémulos sollozos y llantos, es de un gran interés en el conocimiento de su personalidad intelectual. Una faz nueva se le ha reconocido: sus aficiones a los estudios astronómicos, disciplina que se aviene convenientemente con los vuelos líricos y las excursiones, en que el pegásico ímpetu es el conductor.

Su antigua fe había tomado en los últimos tiempos un vago tinte dubitativo; mas el buen maestro Dolor le ha hecho de nuevo recordar la senda azul. Y luego, siendo favorecido por la Lira, tendrá siempre tiempo de ver reflorecer la primavera, con ojos, si conocedores de los lacerantes duelos, siempre brillantes al resurgir de las auroras y al inmortal llamamiento de las esperanzas. El poeta está intacto. No es Amado Nervo el que la duquesa conoce, el que la marquesa invita a almorzar, el que tiene ya honrosamente marchitos los oros de su casaca diplomática. El sabe bien que en los salones, y sobre todo delante de sus colegas—como no sean de la familia apolínea—no está bien confesar intimidades con las Piérides, ni proclamar afección al viejo y sagrado laurel, a menos de ser poeta como tal excelentísimo señor ministro, que lo mismo confecciona un soneto circunstancial que pone asombro en los más intrépidos jugadores de bridge. ¿Sabrá el bridge ya Amado Nervo?...