Lo que sí sabe y sabrá siempre, es infundir en sus versos, que se visten de sencillez y de claridad como las horas de cristal que anuncian la paz de los amables días, un misterio delicado y comunicativo que nos pone en contacto con el mundo armonioso que crea su voluntad intensa.

A veces, se creería en un desmayo de energía o en un desvío de forma. No hay nada de eso. Los conocedores saben lo que hay que saber, para llegar a conmover lo hondo de nuestro sensorio con los procedimientos menos complicados, más simples y transparentes. Todo ello está, por cierto, lejos de la pirotecnia verbal, y de los descoyuntamientos de pianista que suelen tomarse como distintivos de una fuerza poética incontestable, y que se achaca al influjo de un modernismo—llamémosle así—que no hizo bien sino a quienes se lo merecían.

Una particularidad que he advertido en Amado Nervo, desde sus obras de comienzo, es un vago soplo bíblico que suele hacerse percibir en estrofas, que se dirían acompañadas de música sacra.

No olvidaré nunca la Semana Santa que pasara en París, allá por el tiempo de la Exposición, en constante compañía del pintor Henri de Groux, de otro pintor mejicano, de un joven gallardo aficionado al teatro, también mejicano, y de Amado Nervo. Una noche, este soñador se nos desapareció, y hartos de buscarle en los lugares que solíamos frecuentar, se me ocurrió indicar que probablemente le encontraríamos en una de las iglesias en donde, por las sagradas celebraciones, se cantaba canto llano y se sonaban órganos sabios. Le buscamos, pues, en varias de ellas, y por fin le encontramos, lleno de fervor místico-artístico, en Notre-Dame, adonde había llegado después de recorrer Saint-Severin, la capilla de la Sorbonne, Val de Grâce, Saint-Sulpice, hasta que fué a recalar en la Catedral que, según un hugólatra, es la H del nom de Hugo.

Había que oir, en aquel tiempo, a Amado Nervo, a quien yo llamara fraile, o monje del arte. Su unción, su saber de cosas religiosas, su aire mismo, daban idea de un admirable oblato, de un seguidor de Huysmans, a quien desde luego el mejicano ponía sobre su cabeza. ¡Todo pasa, en verdad, y la juventud más pronto que todo! De aquellos años quedaron para el poeta los versos, imperecederos, y un amor, perecedero, cual la triste carne que Dios nos dió como armadura, frágil armadura, ante lo inevitable. El poeta ha clamado trenos y elegías. ¡Mas es suya el alba de oro!


ENRIQUE RODRIGUEZ LARRETA