Cuando el autor de La Gloria de Don Ramiro publicó, para gloria suya, esa obra admirable que le dió fama rápida y triunfante en todo el mundo literario, yo me llené de entusiasmo, y escribí en España, donde a la sazón me encontraba, un artículo que expresaba mi sentir, ante ese esfuerzo que honra, no sólo a la República Argentina, sino a todo nuestro continente. Y decíale al Sr. Larreta, entre otros conceptos, que las únicas cosas que le faltaban para la victoria completa eran la hostilidad y el ataque consecuentes, y se diría indispensables, a toda realización superior. Ello vino a su tiempo, y sin más consecuencias que la de consagrar la solidez de la obra.

¿Qué más podría desear el autor de La Gloria de Don Ramiro? Encono de letras semejante habría que buscarlo, en los últimos tiempos, en los panfletos contra la obra y la personalidad de Hugo, y que él resumía en el dístico que comienza:

Voici le triple aspect de cet homme féroce...

Yo no conocía al Sr. Larreta, sino por haber conversado con él dos o tres veces, hará cerca de veinte años, en el antiguo Ateneo de Buenos Aires. Luego publicó una bella nouvelle de reconstrucción histórica en la Biblioteca, revista que dirigía la autoridad de M. Paul Groussac. Ya en ese tiempo se hablaba de que tenía el joven escritor una novela en preparación que le costaba largos estudios, y en la cual aparecería la personalidad de Santa Rosa de Lima. El plan se llevó a cabo más tarde. Ya sabemos que la mística flor peruana perfuma, en el final de la obra combatida y victoriosa, la muerte de Don Ramiro.

Es notorio que el autor argentino es un gran señor y un diplomático que ayuda al prestigio de su país. En París—le habré visitado, a sus amables instancias, unas tres o cuatro veces—, sin descuidar sus tareas oficiales, cultiva en sus vagares las letras y las artes. He recordado a su propósito al autor de Zanoni, a un Irving, a un Valera, a un Salvador Bermúdez de Castro. El Sr. Larreta, que es joven, que tiene la felicidad en su noble hogar, en su alto puesto, en su salud excelente, en su renombre universal, posee junto con su gran talento una crecida fortuna. Ello es imperdonable. El homo sapiens, que es el lupus hobbesiano, se eriza ante semejante anomalía, protesta y se indigna. Al hombre muy rico, o simplemente rico, se le pueden admitir, cuando más, como a Chatelain o MM. de Rotschild, obras mediocres. Lo demás es un abuso de la suerte o una parcialidad manifiesta de la Omnipotencia. Pero el Sr. Larreta, que no tiene la culpa de su excepción, debe sonreír y seguir adelante.

Escritores europeos como M. Remy de Gourmont, M. Maurice Barrés, M. Henri Roujon, M. Paul Adam, etc., han dicho las excelencias del único trabajo publicado en volumen por el señor Larreta. La versión francesa hecha por el primero de esos escritores, da una idea al lector extranjero de lo que puede ser fundamentalmente la novela en su idioma original. Pero las calidades de esa escritura flaubertiana, de que tanto se ha hablado, tan solamente las podemos apreciar los artistas y conocedores de nuestra lengua.

Intelectualmente, el autor de La Gloria de Don Ramiro está entre las pocas dominantes figuras de Hispano-América. Su libro es, en su género, con la honesta abuelita María del colombiano Isaacs, lo mejor que en asunto de novelas ha producido nuestra literatura neomundial. Hágase algo superior, y Larreta pasará a segundo término.

Entre tanto...