Sus calidades de pensador y de estudioso y sus disposiciones catedráticas, se advierte en obras como La restauración nacionalista, la introducción a la Bibliografía de Sarmiento, y el excelente libro sobre el abolengo de los argentinos titulado: Blasón de plata. Asimismo, en sus Cartas de Europa, hábil, documentada y nutrida labor de periodismo, pero en donde, como en todo lo de Rojas, encontraréis de pronto el poder lírico, el tender a la trascendencia, y una armoniosa y aun elocuente riqueza verbal. Y a esto no dejéis de agregar la emoción, pues él también es un sentimental, un sensible y un sensitivo.

En estas líneas, concentradas y sintéticas, no quiero ni puedo hablaros de sus procedimientos, de sus parentescos mentales, de su técnica. Ello conviene a otra clase de estudio. El poeta se inició con La Victoria del hombre, obra poemal que no se avenía con mis gustos, pero en la cual hallé, como me acontece con cualquier obra de cualquier escuela o de cualquier autor, la parte de belleza que podía satisfacerme y que podía admirar. Luego he leído Los lises del blasón, libro de un excelente artífice, exquisito y frío, trabajado y pulido, y en el cual se siente el dominio de la forma, erudición poética, y voluntaria o involuntaria fuerza de asimilación. ¿Mas en quién, aun entre los mas grandes, no encontrar un antecedente o semejanza en el prodigioso universo de la Lira?

Este libro de poesías me ha hecho pasar gratos momentos; no seré yo quien se detenga a señalar lo que por completo no satisfaga. Sólo afirmaré que si peca, es por exceso en el deseo de perfección, o por dilectantismo en los descuidos. Marmóreo, amador de lo clásico, moderno, sapiente o «funambulesco», quien ha escrito esos versos es un apolonida, un prestigioso tocador del instrumento divino. Yo me precio de comprender su espíritu y de admirar su feliz consagración. Mucho debo también a sus gallardos entusiasmos y a su afecto. Gongora, Banville, Montesquieu, celebrarían más de una de sus ejecuciones. ¿Y quién no alabará a quien en su retiro compuso esos poemas, varios como las cosas y los días, en loa del Amor, de la Amistad, de la Belleza, de la Patria, que fueron tregua y ornamento en medio de la vida amarga y bella? Vendrán frutos de mayor jugo y más completa sazón; vendrán productos más temperados y de vastas proyecciones; pero el frescor de las horas primaverales permanecerá en las cosechas primigenias.

Hay un soneto final en el volumen en que me ocupo, que hace ver un Ricardo Rojas supersticioso, como cumple a un verdadero interrogador de los misterios del mundo. Tratan esos catorce versos de la malhadada profecía de una gitana, que al probar en el poeta su saber quiromántico, interpretó el fatídico signo de una muerte temprana:

Deme esa triste dicha de perecer mañana

La Lívida que acecha mi paso en el camino,

Cuando aún mi carne llore por el arte divino

Y arda mi alma en la lumbre de su pasión humana.

Corte el hilo invisible de mi vida su diente,

Antes que se marchite la rosa de mi frente;