—Sí. Los neos querrán imponer a su candidato y nosotros haremos lo posible por impedirlo.

—Pero usted atacaría a Menéndez y Pelayo—le pregunté, pensando en el más meritorio del grupo conservador.

—No se trata de Menéndez y Pelayo. Marcelino, que, con su alto pensar y su inmenso saber, no se ha sujetado al cenáculo intransigente, ni se ha prestado a ciertas combinaciones, es ahora poco simpático a una parte de los académicos de su partido. Así es que, al llegar el momento de elegir sucesor al conde de Cheste, como habría disidencia al tratarse de Menéndez y Pelayo, todos por unanimidad votarán a Pidal.

—Debe estar usted muy satisfecho de ir a ocupar el sillón de Castelar.

—Ciertamente, y en esto saldré también de los usos de la Academia: en que no haré el exordio acostumbrado sino que, como «Castelar» es el tema de mi discurso, entraré llanamente a hablar de Castelar y su obra, tal como yo pienso del asunto. Para eso estoy leyendo todo lo que sobre Castelar se ha escrito. Fuí muy amigo suyo. Ha sido el último de nuestros grandes estadistas. Hombres, así, soñadores o no, nos hacen falta...

Aquí la conversación entró en otro terreno. Dos diamantes de energía pasaron por los ojos penetrantes. Era el hombre amante de su pobre patria venida a menos; el conocedor de las desgracias actuales y de sus causas.

—Ha venido usted a vernos en momentos terribles para España. Ha caído nuestra amada y grande España muy abajo; y lo peor es la espantosa enfermedad nueva aquí, que ha atacado a esta tierra: la conformidad, la indiferencia con el desastre, el encogimiento de hombros ante la ruina. Crea usted: aquí no nos hacen falta inteligencias, no estamos necesitados de talentos que se encuentran a cada paso: lo que no tenemos son voluntades, la abulia es la adolencia actual nuestra.

La antigua alma española ha sufrido como una transformación. Antes se habría puesto el pecho al frente, se habría luchado por la reconstrucción del perdido poderío; se habrían multiplicado los esfuerzos. Hoy, apenas se oye el levantamiento de iniciativas individuales. Y el primero en impedirlas es el Gobierno. Por un lado apatía, por otro políticas dañosas y descuido de los verdaderos intereses del pueblo español; saque usted la consecuencia.

Y nuestro eterno enemigo: ¡el expediente! El papelerio cierra el paso a toda obra, desde la más elevada hasta la más modesta. ¿Cómo va a prosperar España si lo primero que hay que pasar, para la menor cosa que implique un adelanto, es una montaña de expedientes y ríos de tinta oficinesca? Voy a contar a usted un caso: