En cierta provincia hubo un individuo que quiso dotar al pueblo de su residencia con una cañería. Creyó que para hacer aquel bien municipal le bastaría con su dinero y con su buena voluntad, y encargó los tubos y materiales necesarios para llevar a cabo la obra. Pero sucede que, junto al pueblo de que hablo hay una carretera, y precisamente bajo esa carretera debía pasar la cañería que conduciría el agua a la población. Comenzaron los trabajos, pero como había que remover el terreno de la carretera, la Autoridad manifestó al vecino generoso que tenía que pedir el permiso necesario para continuar la obra. Se dirigió al Ministro y en el Ministerio se tardaron largos días para, por último, ponerle «pase a la Junta consultiva»: la tal Junta consultiva envió a su vez, después de un tiempo enorme gastado, el expediente a otra Comisión, creo que de ingenieros oficiales. Allí la cosa tardó no sé cuántos meses, para pasar después a la Junta y al Ministerio, y ¡no sé a dónde más! Resumen: mientras los papeles iban de Herodes a Pilatos, los materiales de la cañería se arruinaron; el pueblo no tuvo agua, el vecino gastó su dinero y su paciencia; ¡pero triunfó el papel sellado!

Toqué el punto de la intelectualidad, del trabajo mental, de la producción literaria. No se manifestó Picón muy optimista. Desde luego, al hablar de la crítica expresó más o menos—con gran placer de mi parte—, ideas, opiniones y observaciones iguales o semejantes a las que os he comunicado ya. Pero, llamáronme bastante la atención revelaciones como ésta: que aquí no puede haber crítica imparcial, o con simples preocupaciones de arte, por razones de pura consideración personal y a veces hasta de caridad... Un autor publica un libro, cuando no es un escritor rico, para tener que echar algo al flaco puchero de su casa. Ese autor tiene familia, mujer, hijos; conoce a todo el mundo y todo el mundo le conoce, pues en el de las letras se vive en Madrid como en familia, y el crítico que «pega un palo», como dicen aquí, al libro de aquel autor, sabe que contribuirá al hambre de muchos inocentes. (Desde luego, yo tenía deseos de observarle a este propósito que en la campaña argentina se necesitan brazos y se hacen fortunas.)

Lo propio que con los autores acontece con los cómicos. Una infeliz tiple que sostiene con sus sacrificios artísticos a su familia, tiene de su parte el buen corazón de la crítica, que no querrá evitarla los garbanzos. Luego, críticos y autores se ven a cada paso y son más o menos amigos. «Si Clarín residiera en la Corte y no en Oviedo, le aseguro que no escribiría con la independencia relativa con que escribe.»

Y esto traía a mi recuerdo el aspecto de la mayor parte de los «luchadores por la vida» o struggleforlifers de la pluma que circulan por Madrid en situaciones lamentables. La perpetua preocupación del «sablista» en los artículos satíricos y caricaturas, las levitas melancólicas, los sombreros imposibles, la indumentaria toda amargamente reveladora en el gremio. ¡Ah! los felices que logran seis duros en un periódico por un artículo. ¡Ah! los que hablan de cosas fabulosas, entre envidiosos y asombrados: «¿Sabe usted cuánto le pagan a Valera por artículo? ¡treinta duros!» «¿Sabe usted cuánto gana Cávia al mes? ¡Una barbaridad!» ¿Y el joven que mira la suerte del autor de teatro que logra triunfar, lo cual constituye ciertamente una verdadera ganga, y se lanza a buscar su Eldorado de las tablas con una pieza que no le han de representar nunca? ¿Y el soñador infeliz que tiene que contentarse—¡y gracias!—con dejarse de literaturas y reportear largo y tendido por doce o quince duros mensuales?

Tal pensaba al despedirme del nuevo académico, al salir de su encantadora casita de rico, donde se da los lujos que le vienen en antojo y compra estampas raras y ediciones princeps.

Su obra es ya considerable, desde sus Apuntes para la historia de la caricatura, hasta su valioso volumen sobre Velázquez recién publicado, en la crítica de arte, y desde Lázaro hasta sus Novelitas. Pero para mí, y para todo el que tenga el gusto de lo humano y de lo pulcro, aparece como el más preciado fruto de su árbol literario esa Dulce y sabrosa, manzana de Garcilaso, novela de maestro, figuración llena de vida y hechizo. Libro es ese en que se nos presenta el deseo incontenido de lo lejano, de lo que no poseemos, de lo difícil, antes que el deseo de lo imposible, tan íntimo en los artistas. Dulce y sabrosa es la mujer amada, lograda y dejada; pero que luego en poder ajeno despierta una nueva ansia de posesión y arrastra hasta la locura por conseguirla. Todos hemos tenido nuestra Cristeta; todos en lo hondo de nuestro pecho somos un poco Todellas. Y esa fabulación sencilla y vestida de una realidad que admite una confrontación inmediata, deja al gustarlo una grata sensación de descanso. Jamás un final semejante ha establecido más bellamente la libertad del amor como cuando acaba «esta entre verídica e imaginada historia, con el raro ejemplo de una mujer que todo lo pospone al deseo de ser amada». En lo que respecta al estilo, Picón es castizo hasta la medula, pero con una cultura moderna como la suya, junta a los donaires y elegancias de sus viejos autores la manera de describir, por ejemplo, y de sentir ciertas cosas, que poseen los maestros contemporáneos de las literaturas extranjeras. Lo que constituye una característica suya, su especialidad, es el modo cómo penetra el arte y cómo agrega, con elementos plásticos, a la arquitectura de su obra, singulares bizarrías y gracias. Tanto más que, por haber leído seguramente mucho a los místicos españoles, hay en el alma de su discurso, casi a cada paso, un ímpetu espiritual, un deseo de vuelo, un querer y un aspirar a la altura, que en pocos escritores contemporáneos se pueden hallar en España. No es un incrédulo este liberal. Cree, ¡al contrario!, en la eterna Divinidad, esto es, en la eterna justicia, en la eterna bondad y en la eterna belleza. Por eso se deleita en la construcción de sus ensueños de regeneración social, quiere a los infelices de abajo, y canta los besos y celebra las «batallas de amor en campo de pluma» con las mujeres hermosas.