FRAY CRESCENTE ERRAZURIS

Esta cabeza religiosa está llena de cordura, de ciencia, de erudición y de sutileza. Es una de las más fuertes de Chile. Si estáis ante él, sus miradas agudas penetrarán hasta lo mas hondo de vuestras intenciones. Si os enseña, tendréis que aprender mucho en saberes humanos y divinos. Si queréis ser su contrincante, tendréis que prepararos a la derrota. No solamente se ha ejercitado en disciplinas teológicas y de religión, conforme con su vocación y estado, sino que se ha nutrido de letras profanas, de acuerdo con San Buenaventura o San Gregorio Nacianceno, San Juan Damasceno u Orígenes. Podría, como Sedulio, ser llamado vir scholasticissimus.

Cuenta ya largos años de vida, y ha dado a su patria vigorosos productos de su entendimiento, y habiéndola servido en el siglo, continúa en el claustro dándole lustre y sana gloria.

Se dedicó a los estudios históricos, y ello me hace recordar el párrafo en que Cicerón habla de que: «uno de los principales deberes de los Pontífices máximos de la antigua Roma, era el escribir lo que se llamaba «grandes anales», y ponerlos de manifiesto en su casa, para que todo el mundo tuviese la libertad de tomar lo que quisiera de aquel tesoro de la república».

La Memoria sobre Seis años de la historia de Chile, dió al P. Errazuris fama de concienzudo narrador y escritor gallardo. El Sr. Huneeus Gana dice de esta obra, en su libro sobre la producción intelectual de Chile, que es «por su extensión, y también por su prolijidad, uno de los libros de mayor erudición histórica que conocemos, sobre sucesos parciales y épocas determinadas. Abraza la narración fidedigna y comprobada, escrupulosa y completa, de los días mas aciagos y sangrientos de toda la Era colonial (23 de diciembre de 1598 a 9 de abril de 1605), es decir, desde la muerte del lamentado gobernador D. Martín García Oñez de Loyola, hasta la segunda llegada del gobernador D. Alonso García Ramón». Y agrega con justificado entusiasmo el Sr. Huneeus: «Esta narración, que atraviesa el campo áspero y luctuoso de una de las epopeyas más sangrientas y heroicas de la Humanidad, que refiere minuciosamente las jornadas homéricas y casi increíbles de Curalaba y Cadeguala, y que narra con serenidad la espantable destrucción de Villarrica, y las sublimes heroicidades que allí desplegaron vencidos y vencedores; este libro, que resume, en fin, el período álgido y crítico de la guerra inmortal entre españoles y araucanos, y que parece más la obra de un valiente soldado escritor que la de un fraile literato, debe considerarse, en justicia, como la obra histórica de más empuje y de más vigorosa unidad que se ha escrito sobre período alguno de nuestra vida colonial». Tales palabras se justifican con el conocimiento de la labor fuerte, elegante y minuciosa de ese estudioso admirable, a quien la soledad y el retiro dará mayor concentración para sus actividades mentales. Ya sus Orígenes de la iglesia Chilena, que le dan el puesto de un Baronio hispanoamericano, afianzaron su autoridad y su prestigio. Fr. Crescente será más tarde un clásico, por su estilo lleno de pulcritud y elegancia, y porque todo en su obra es ordenado. El ha seguido bien la palabra de San Agustín: Illud a me accipiatis volo. Si quis temere de sine ordine disciplinarum inrerum cognitionem audet irruere, pro studioso illum curiosum pro docto credulum, pro cauto incredulum fieri.

En la Historia del pensamiento en Chile siempre surge alguna figura sacerdotal. Desde el ocurrente P. López, el P. Escudero, Fr. Manuel Oteira, cada cual con sus méritos y sus defectos de época y de temperamento, el historiador P. Ovalle, el jesuíta P. Diego de Rosales, Fr. Juan de Jesús María, el P. Suárez de Vidaurre, y los jesuítas Pastor, Olivares, Bel, Ceballos, Ferrufino, Caldera, Rivadeneira, Sobriño, el P. Miguel de Olivares, S. J. historiador, el famoso abate Molina, que escribió en italiano, el obispo Lizarraga, los frailes Oré, también obispos, como Fr. R. Jacinto Jorquera y Fr. G. de Villarroel, el P. P. de Torres, Fr. Alonso Briceño, y otros cuantos notables, como el P. Lacunza, Fr. Antonio Aguilar, el P. Parra y Fr. J. Ramírez, citados por Huneeus, hasta el gran Fr. Camilo Henriquez, Fr. Melchor Martínez, hasta los Eizaguirre, Valdivieso, Salas, Orrego, Casanova, Fernández Concha, Donoso, Jara el crisóstomo, Taforó y otros más, la Iglesia chilena ha tenido activa y aquilatada representación en la intelectualidad del país. Y entre todos resalta con aspecto singular y señalado Fr. Crescente Errazuris, con sus ancestrales cualidades vascas y sus particularidades del carácter nacional, que hacen de él «un hombre», incrustado en un ministro del catolicismo.

Y Chile, su patria le respeta y le admira.