EUGENIO GARZON
Caballeros, he aquí un caballero. Caballero probado en los combates de su tierra uruguaya, caballero de la pluma, caballero de los salones; y con todo eso: quel charmant Garzón!
Su padre fué un bravo, aquel general Garzón de las guerras patrióticas, que en la historia del Uruguay es figura épica, y que ha pintado tan bellamente la palabra del crisóstomo Zorrilla de San Martín. El Sr. D. Eugenio Garzón nació para hermosas empresas, que ha llevado a término con su carácter reflexivo y firme, y su talento de diplomático prodigioso. Este último adjetivo no es mío, es de ese famoso director de diario—¡saludad!—que se llama M. Gaston Calmette... «Notre collaborateur mérite tous nos remerciements et tous vos applaudissements. Son œuvre patriotique est splendide, presque feerique: il a rapproche deux continents! Il a uni les republiques sud-americaines à la republique française, avec une même capitale: Paris. Dont vous avez fait votre ville d'adoption, en même temps que vous faisiez du Figaro votre journal de predilection... Je vous dedande de feter ce diplomate prodigieux...»
Diplomático prodigioso. Él ha contado su aventura figaresca en frases de sabroso humor, en que vemos cómo su paciencia tesonera logra el triunfo. ¡Y qué triunfo! El ilustre ministro de la República Argentina, Sr. Rodríguez Larreta, ha dicho de la obra de Eugenio Garzón en el Figaro, por cierto en un francés amable que intentaré traducir... «es una obra de arte y una obra maestra de tacto, de noble sagacidad y de previsión. No os extrañéis si ella produce en ciertos espíritus la ilusión engañadora de la facilidad, como tantas otras obras maestras».
Una vez lograda la toma de la fortaleza de Villemessant, de Magnard, de Calmatte, he allí a quien yo llamara en otra ocasión el gaucho-dandy, en la prosecución de su proficua labor. Y ella es en su apariencia, sencilla, y en sus resultados, formidable. Son unos pequeños telegramas, llenos de cifras; unos pequeños telegramas que dicen al mundo de los negocios y de las grandes empresas económicas, el estado de progreso, de vitalidad, de las repúblicas hispanoamericanas, especialmente de aquellas que han logrado grandeza y prestigio por el desarrollo de su trabajo y de su riqueza. Y esos telegramitas se ven en los mercados de Europa con un admirable termómetro financiero. De cuando en cuando, un personaje de nuestros países llega a París, y Eugenio Garzón conversa con él, y expone en el Figaro miras y proyectos patrióticos. Y hay en el expositor una serena ecuanimidad, prudencia, mesura, tacto, claridad y habilidad. Luego Eugenio Garzón es un solicitado elemento en la vida social de las colonias hispanoamericanas. Sabidos son su don de gentes, su dandismo discreto, sus facultades singulares de causeur y la multiplicidad de sus vinculaciones amistosas, pues quien le trata una vez queda sujeto al charme de ese gentil filósofo de «monocle» que nos favorece con el bienhechor contagio de su optimismo.
¿Y el escritor? Probado ha sido en el Río de la Plata en los entreveros de la polémica política, en las bregas del diarismo. Mas siempre ha cultivado con esmero su jardín literario, y un libro ruidoso, sobre el archiduque enigmático Jean Orth, le dió no hace mucho tiempo renombre europeo, o, mejor dicho, universal. Tiene por publicar La entraña del boulevard, libro parisiense escrito por un psicólogo y un estilista que no ha perdido la savia criolla, a pesar de sus asimilaciones de París. Mundial publica un capítulo de esa obra, y allí se podrán apreciar las condiciones de nervio y brillo que caracterizan las prosas producidas por esa «cabeza». Su figura es de aquellas que llaman la atención al presentarse, y nada podría yo decir mejor de lo que contiene este párrafo del Sr. Larreta: «Su persona evoca para mí todo lo que en la vieja España servía para distinguir desde lejos la sangre noble y el honor. Creo ver a veces en sus espaldas el negro manto de velludo, con la cruz de Santiago o de Calatrava bordada sobre el lado izquierdo en seda roja. Cuando anda, pienso en el rumor de las espuelas de oro de los antiguos caballeros de Castilla; y si lleva ahora «monocle» es, sin duda, porque ese trozo de cristal hace levantar la cabeza con el mismo gesto altivo e imponente que suscitaba en el rostro la pluma caprichosa que rodeaba el sombrero y caía hacia atrás». Ello vale por la figura de un soneto de Heredia; y Eugenio Garzón es merecedor de tal homenaje.
Célibe—¡Garzón para su garçonniere!—es admirador de las damas hermosas, gusta de las obras de arte, de las grandes empresas, de los altos ideales, de la elegancia, de la cordura, de la distinción. Es sobrio y abstemio. Y realiza este prodigio: tener sus mejores amigos entre políticos, banqueros y poetas.