Para el soberano de España no haré nunca mejor que repetir la enumeración de un mi pasado capítulo de mi España contemporánea, sobre los ilustres Alfonsos españoles:

«El I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror de la morería, y en el corazón primitivo un diamante de nobleza; el II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales, hombre de lecturas y meditaciones, Alfonso el Casto; el III, el Magno, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror del mogrebita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más tarde el César Carlos V buscaría en un monasterio la tranquilidad espiritual; el V, el de los buenos fueros, legislador y espíritu de Consejo, también luchador feliz con los infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente a su lado la figura del mío Cid el rey de la conquista de Toledo, y que tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso el Emperador; el VIII, que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después, al propio tiempo que caballero de combate, amante de la Sabiduría el IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas, alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun se escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: «Ficieron los omes...», o inicie los balbuceos encantadores de sus toscas estrofas; el XI, que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; «y a quien verá muy cerca—agregaba—animado por la palabra maternal, por el inmediato eco de su vida; será su padre. Será para él el rey modelo y honrará la memoria de el Pacificador. A él le ha tocado un tiempo de decadencia de todo ideal, de despertamiento de odios, de exacerbamiento de pasiones y violencias sociales, de locuras colectivas que se traducen en furiosos ímpetus aislados; de ansia de goces, agonía de esperanzas y luchas terribles por la consecución del dinero. El Dinero, el Dios de la época. El bíblico Becerro del Sinaí, multiplicado en los toros auricoronados que se apacientan en el Far West y en las Pampas, y que se propagan por toda la redondez de la Tierra entre una creciente desbandada de águilas y cisnes». Acontecimientos posteriores han puesto a la vista del mundo, en muy hermosa luz, la figura de ese excelente príncipe, que ha podido dignamente encarnar la España moderna, conservando las dos virtudes tradicionales de su país: inteligencia y valor. Recordé al comenzar este artículo a M. Paoli, el veterano conductor de reyes. Concluiré con una frase suya referente a Don Alfonso XIII; C'est un charmeur. ¿Y cómo podría ser de otro modo puesto que es hijo de aquel rey querido del pueblo que se llamó Don Alfonso XII y de Doña María Cristina, que junta a la amabilidad personal más exquisita, la dignidad de las más rígidas aristocracias?


EL GENERAL D. RAFAEL REYES

La política suele velar con nubes engañosas las proporciones de las altas figuras. No sean esos vapores transitorios un obstáculo para el buscador y ensalzador de las bellas verdades.

He conocido a un ex presidente de Colombia, que ha demostrado, antes de ocupar el más elevado puesto de su patria, como en la tradicional tierra de los talentos literarios la acción es también demostrativa de la fuerza vital de tan glorioso país. Reino de sueños, pero asimismo, con sus héroes y trabajadores, república de energías. Hubiera habido paz desde luengos años, y ya vería allí el mundo otro emporio de labor y riqueza hispanoamericano.