Por esto pláceme mucho, en ocasión en que acaba de ser glorificado por su patria, ofrecer al prestigioso representante del alma de su país, a esa figura respetable y respetada, ajena en la actualidad a las pasiones del momento, un homenaje, la confirmación del reconocimiento de tan gran patricio, cuyos títulos cívicos y méritos intelectuales y morales testifican su personalidad política y bienhechora en la República Oriental del Uruguay.
CASTELAR
No hace mucho tiempo he hablado de mi entrevista con Castelar. Debía ser la última. Ya reposa en San Isidro, junto a los huesos de su hermana. Su caída ¡buen roble! conmovió al mundo. Cuando le vi, cuando le hablé por la postrera vez, ya estaba señalado por la Intrusa, pálido, enflaquecido, viejo, él que fué todo juventud y vida. Partió al imperio silencioso de lo no sabido, después de haber clarineado su verbo de poeta de las multitudes hacia los cuatro vientos del espíritu. Y España queda hoy sin su representativo emersoniano, sin el hombre noble que fué en su siglo lengua y gesto de su raza, como Italia sin Garibaldi, Inglaterra sin Gladstone, Alemania sin Bismarck y Francia sin Hugo. En su tierra ardiente y sonora fué el crisostómico parlante y el caballero de su ideal. Ahí queda la inmensa Mancha democrática por donde cabalgó en su pegaso-rocinante; ahí los molinos de viento, ahí las armas de su lírica grandilocuencia, que nadie moverá; ahí Dulcinea, sin más enamorado verdadero que el frío y analizador Pi y Margall. Español de España, español netísimo, con toda España en el corazón y en el cerebro, era la concreción del orbe cervantino; en el generoso combate de su ilusión no se ocultaba Don Quijote; como Sancho mismo, no dejaba de comparecer en su célebre buen apetito. Cuéntase que Taine en una ocasión, al verle en la redacción del Journal des Débats, preguntó desdeñoso: «¿Es ese el famoso canario español?» Cierto, un alma de pájaro de Floreal, como el ruiseñor Lamartine, pero a quien no faltaba la fuerza para la realización de obras enormes, así la libertad de los negros de las Antillas. Quedará en los siglos el recuerdo de esta singular figura en el décimonono la más alta de España entre las altas de la tierra; y aparecerá, a medida que el tiempo vuelque su urna, rodeado del resplandor que tan solamente ofrece a los preferidos suyos la divina Poesía. Fué uno de los más potentes órganos de la Humanidad. Por su boca habló el espíritu de su patria, y, siempre en obra de bien, si algunas veces no le prestó su apoyo la Verdad, jamás dejó de escudarle con sus alas mágicas la Belleza. Sus mismos errores caían vestidos de púrpura. Era el apolonida de la Democracia, el decorador de sus ambiguos y confusos laberintos. Hermosa llama latina, de esas llamas guías de pueblos que el Sol de Dios enciende en las naciones para que señalen los saludables rumbos, o para que a su rededor se junten los hombres y realicen hechos grandes. Aquella alma venía de Atenas, cuando fué a encarnarse un día en la fenicia Cádiz; venía de Atenas, después de haberse impregnado de Oriente; de este modo explico la pompa asiática de su discurso y el amor a las bellas líneas, la pasión pitagórica de los celestes números y el imperio de la música bajo el cual hacía galopar sus cuadrigas de ideas y sus tropas de palabras. En su huerto, junto a las flores andaluzas, se alzaba un esbelto y reverdecido plátano, rama un tiempo del que movieran las brisas de Academo, mientras fluía, como el agua de la fuente de mármol, la doctrina platónica.
La obra, que fatiga en su masa, es como un inmenso museo, que hay que admirar por fragmentos: ya un fresco vasto, ya una estatua del más blanco pentélico, ya un bajo relieve, en que las frases van como ordenadas teorías de graciosas jóvenes o danzantes efebos. Fué un gran cultivador del entusiasmo. Y si ya en los postreros años de su existencia tuvo alguna vez que padecer tristezas y decaimientos, para morir, viejo gladiador, supo esculpir su última actitud en el discurso que cierra la diluvial serie comenzada el 1854 en el Teatro de Oriente, discurso en que volvió a surgir su elocuencia empachada y sonora, para mostrar el camino que hay que seguir, según su entender, a los partidarios de la República. Su elocuencia cautivó a las generaciones que escucharon el decir de sus labios de oro. Se recuerdan sus discursos como hermosas manifestaciones de la Naturaleza, inusitados iris o boreales auroras: «Yo le oí tal año». «Yo en tal otro». En el tiempo de su aparición, el principio democrático era lo más avanzado, lo más atrayente para los espíritus libres, la fórmula del progreso. Él se consagró por tal manera, y con pasión tanta, que al saber su muerte, los españoles demócratas no han podido menos de exclamar: «¡La democracia ha muerto!» A aquel inconmovible individualista no pudieron ganarle los mirajes aurorales del movimiento social de estos últimos años; y discurso suyo hay en que combatiendo al socialismo, maravilla su esfuerzo de soñador, al resonar delante del muro de la verdad la suntuosa orquestación de sus líricos argumentos. Porque, ante todo, fué el orador, el hombre que convence encantando, o que, aunque no convence, canta y encanta. Parecía que, como en lo antiguo, un flautista maestro acompañase sus oraciones, tal era la melodiosa geometría, el hilo armónico, la sucesión de ondas verbales regidas por un compás, en la musicalidad de los giros; y él propio se escuchaba como deben hacerlo las aves de más fino canto y los poetas orgullosos de haber visto cuanto es crespa y dorada la crin del Dios de arco de plata. No olvidaré una noche, en una recepción dada por doña Emilia Pardo Bazán, a los delegados americanos a las fiestas colombinas, el año de 1892. Castelar había concurrido, y como en todas partes en donde Castelar estaba presente, un corrillo se formó alrededor suyo, en uno de los salones. Nadie hablaba, fuera de Castelar, porque es sabido que en su presencia el primer deber era la atención. El tema de sus palabras se relacionaba con la oratoria, y vino él a recordar a este propósito a los distintos oradores que había oído en su vida. Y como su excepcional memoria estaba siempre lista, ilustraba sus recuerdos con citas y fragmentos de discursos. Así nos pintaba a Gambetta, de tal guisa que le veíamos encarnado delante de nosotros, y luego decía una parte de un discurso de Gambetta, a Víctor Hugo, y luego decía un trozo de discurso de Víctor Hugo, y así de varios oradores extranjeros. Después llegó a los españoles, y comenzando con Ríos Rosas, recorrió buena parte de la lista de bravos oradores con que cuenta este país de varones verbosos, explicando sus maneras y facultades hasta llegar a él mismo, y entonces se nos transfiguró momentáneamente, se nos presentó con sus atavíos reales. Y a pedido de un amigo circunstante, trajo a su memoria una parte de su célebre discurso del 12 de abril de 1869, pronunciado en ocasión famosa, y que hizo pensar a su propio contrincante el cardenal Manterola si no tendría ante sus ojos un nuevo Saulo. Aun veo los ojos iluminados y la mano como guiando el período: «Grande es el Dios de Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios y sin embargo diciendo: «Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que hacen». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso: y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí a pediros que escribáis en vuestro código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres». Se recordarán sus discursos célebres, en lo futuro, como hoy las históricas arengas de Demóstenes; desde el primero en que se presentó como aeda y paladín de su amada Democracia, hasta el último en que ya para morir, apóstol consecuente, dejó su disposición testamentaria de política, fiel a su credo republicano; señalada la larga carrera por las innumerables brillantes estaciones, entre las que más resplandecen el discurso en favor de la libertad religiosa, que es el de la redención de los esclavos de Cuba, y al cual se refería cuando oí de su boca la frase admirable: «Yo he libertado a doscientos mil negros con un discurso»; el del sufragio universal, de ágil y elástica dialéctica; el de la entrada a la Real Academia de la Lengua, lección colosal de un lirismo cósmico; el de París, en la Sorbona, cuando los estudiantes le recibieron con el aplauso clásico, como a un nuevo Lulio.
Lejos la oratoria amartillada de los hombres del Norte, en la suya reventaba como una rosa de color perenne el sol Meridional; suya era la profusión y la riqueza latinas, y nunca se escuchó, en lo inmenso de los siglos, más rítmico y sonante torrente en cátedra o tribuna. Los franceses, tan parcos con lo extranjero, le admiraron y celebraron, en su francés claudicante, o en el español de bronce y plata que no comprendían al oirle. ¿Qué importa que dijese, como en una ocasión: La France, cette «belle sœur» de l'Espagne? Tras la sonrisa del oyente venía la tempestad de la ovación, pues el orador soberano triunfaba contra el mal políglota. Hugo le tenía en su alto valer, y sabida es la anécdota en que el César de los poetas le ofreció, al sentarse a su mesa, una silla imperial: «Os he señalado esta silla, en que se sienta siempre D. Pedro del Brasil.—¡Pues no me siento!»—respondió Castelar, fiel hasta en esto a su idealizada Aldonza Lorenzo. Nuestro compañero Ladevese cuenta las acogidas respetuosas y afectuosas, en casa de madame Adam, de Cernuschi, de la Rattazzi, las intimidades con políticos como Thiers y Gambetta y Julio Simón. Francia, como el mundo, veía en Castelar la encarnación de España; de la España caballeresca e idealista, hidalga y pintoresca. Oxford quiso escucharle, invitó a su «doctor» honorario para que fuese a dar conferencias, y él declinó la honra. A América pensó ir en varias ocasiones, pero, por desgracia, se cumplió lo que yo decía en 1892: «Castelar no irá nunca a América». Y en América quizás más que en parte alguna, su palabra resonaba como una campana de gloria. Los yanquis le avaluaban abiertamente: si la Libertad de Bartholdi tiene la antorcha, Castelar «tenía la palabra». Sus discursos niagarescos fueron más de una vez por el cable; los magazines no le quitaban la mira y los dólares venían sin regateo. En nuestra América de lengua Castellana, no habrá pueblo o villorrio donde no haya llegado su fama. Creo, sin equivocarme, que en la República Argentina hay una colonia o villa que lleva su nombre. Y él amaba a la América nuestra, agradecido. Es el momento de manifestar cómo fué para ese continente gran parte de su producción, ya en tiempos de destierro penoso, ya en el apogeo de su existencia, tan solamente interrumpido su trabajo cuando se excusara con la dirección de los diarios de que era corresponsal, por verse obligado a suspender la labor «a causa de tener que ocupar la presidencia de la República española»; y cómo tenía en el recuerdo de su gratitud a La Nación, de Buenos Aires, y al Monitor Republicano, de Méjico, entre todas las publicaciones que fueron honradas con su colaboración. Y América toda fué con él siempre simpática, a pesar de aquel resentimiento memorable, cuando el político lírico quisiera ser político práctico y pronunciara la trascendente frase: «Antes que republicano soy español». Pues fué siempre el levita fanático, inspirado ante el fatal resplandor del ídolo Patria; y a la suya salvara, como se observa justamente después de la reciente catástrofe, en ocasión en que ejerciendo la presidencia de la República, estuvo en un cabello que no se rompieran las relaciones entre España y los Estados Unidos por la cuestión del Virginius. Jovellar estaba en Cuba y se resistía a la entrega del apresado barco norteamericano, después de los fusilamientos de cubanos y yanquis que tripulaban la nave revolucionaria, y entonces fué la palabra de Castelar, jefe del Estado, haciendo entender al general «que en España nadie comprende que, ni en pensamiento, se resistan a cumplir un compromiso internacional del Gobierno, y no comprende que quiera ser Cuba más española que España. Una guerra con los Estados Unidos sería hoy una demencia verdadera, y aunque fuera popularísima la guerra, para esto están los Gobiernos, para impedir la locura de los pueblos. Recuerde V. E. lo que hizo Thiers cuando los franceses gritaban: ¡A Berlín!; demostrarles que la guerra sería un desastre. Y ahí se ha capturado un buque en alta mar, se ha fusilado españoles y extranjeros, sin esperar a conocer el espíritu del Gobierno central, que preveía grandes catástrofes, y ahora se quiere cometer la última demencia desobedeciendo al Gobierno nacional. Todos los argumentos de los Estados Unidos consisten en decir que España no manda en Cuba, y van ahora a confirmar ese argumento. No se puede discutir un acto del Gobierno. Hay que obedecerle. Inflúyase en la opinión; tomándose las debidas precauciones, entréguese el Virginius y la tripulación superviviente, de la manera que menos pueda herir el sentimiento público, pero entréguese sin dilación ni excusa. El mayor servicio que puede prestarse a la Patria, es obedecerla ciegamente. No mencione V. E. la dimisión mientras no estén cumplidas las órdenes del Gobierno. Cúmplalas con rigorismo militar. Y no se vuelva a hablar de Bayona: allí hubo reyes traidores que vendieron la Patria al extranjero; aquí hay patriotas que quieren salvarla de las locuras de ahí, avivadas por una incomprensible debilidad». Esto fué en 1873. Cuán distinto veinticinco años después el criterio de un Gobierno de hombres útiles que llevó al país a la derrota, al vencimiento y a la mutilación, del criterio de aquel «poeta» que libró a España de un peligro seguro y supo ser en sus obras y en sus sueños el primer patriota, el primer español de su tiempo, el más español de los españoles. Porque desde su Patmos, desde su Guernesey, desde su nube, desde su trípode, sabía ser certero en su vistazo aquilino. No era tan iluso cuando dió su flecha tantas veces en el blanco, cuando llegó bizarramente a la primera magistratura del Estado, y cuando ya en su vejez, al ver con desilusión que su república cuasi platónica no correspondía a su himno incesante, se retiró de la lucha, no sin antes declarar su invariable fe en el ideal por toda su existencia perseguido y su ningún contacto con la monarquía. Jamás habló a la Reina Regente. Cuando murió su hermana, a quien él amaba tanto, la Reina le envió su pésame. En San Sebastián un día se encontró frente a frente Su Genio con Su Majestad. Su Genio se quitó el sombrero y saludó. Hubo demócratas que murmuraron. ¿Quienes fueron esos hidalgos que por tan mal lado tomaban la democracia? Aquel caballero creía en la caballerosidad. Creía en la Patria. Creía en Dios.
En el liberal, en el hombre de «la fórmula del progreso» había un creyente. Jesucristo aparecía a sus ojos a través de sentimentales vitraux en que estaban representados su España portadora de la cruz y su infancia doméstica: la buena madre, quien a la continua es nombrada por él como origen de sus creencias religiosas. Cuando habla de asuntos de religión, su órgano se desborda en los más augustos magnificat, o en los más profundos misereres. Sus conferencias sobre la civilización en los cinco primeros siglos del Cristianismo, su Redención del esclavo, muchos de sus discursos, son la glorificación cristiana expresada por incesantes fervientes ondas de vocablos, de frases, saturados de un cálido misticismo, de un misticismo español. Casto como era, se pensó alguna ocasión en que, cuando cansado de las fatigas de la vida civil quisiera recogerse en el reposo de su espíritu, se ordenaría sacramentalmente. Y aun él mismo, al admirar un día cierta antigua casulla de la Catedral de Avila, dió a entender, con un decir, que no andaban muy en error los que tenían ese pensamiento. Un poeta de América publicó una vez un futuro sermón de Castelar en San Pedro de Roma, que al orador hizo amablemente sonreír. No hace mucho tiempo su entrevista con el Sumo Pontífice avivó la general curiosidad; y él propio confesó ser la conversación con el Papa de hondo interés, pero que no estaba autorizado para publicar nada de ella hasta después de la muerte de León XIII. Y él ha muerto antes, besando un crucifijo. El Papa blanco ha podido todavía autorizar que se hiciesen, a pesar de la liturgia, honras fúnebres a su interlocutor ilustre, en San Francisco el Grande, con todo y ser las honras el día de San Fernando.