En la religiosidad de Castelar hay algo de profano como en la religiosidad de Murillo. Sus pinturas de las gracias divinas son como las pinturas de aquel pintor coloreadas de cierto sensualismo, que en este caso se agrava con la castidad sabida del imaginativo artífice de la palabra. Al pintar una virgen se nota en su verba cierta complacencia humana, y sus ángeles imaginados en la gloria o juzgados en los cuadros de los Museos, semejantes a esos ángeles voluptuosos que animara Goya en sus frescos de San Antonio de la Florida, nos parecen mujeres hechiceras, tan carnales como espirituales. La castidad de Castelar, bien sabida y explotada por los bufones de copla y lápiz en las enemistades de la política, fué uno de esos casos de absorción cerebral en que todas las facultades humanas se condensan en la obra del pensamiento; casos como el de Juan el del Apocalipsis, que Hugo ha rememorado en página que no perece. ¿Qué unión, qué matrimonio no habría podido efectuar este dueño de la fama? Célibe y casto vivió, célibe y casto murió. Y aquí es de recordar al paso al hombre privado. Supo pasar buenos años hermosamente, como debe vivir antes que nadie todo artista aristocrático. Se le tacharon alguna vez sus lujos y grandezas, sin saber que aquel hombre vivió siempre de su trabajo apenas ayudado por la fraternal simpatía de señalados amigos; y que si se regalaba con ciertos lujos, no cabía en ello vanidad ninguna, sino la comprensión de la estética de la existencia, la cual tiene obligación de procurar, quien como él poseía, como adorador y sacerdote de la belleza, el don incomparable del gusto. Los que fuimos favorecidos con la invitación a su mesa, sabemos lo que Luculo comía en casa de Castelar. Tenía en esto, como en otras cosas, una cualidad eclesiástica. Comía con el gusto de un monsignor y con el apetito de un abad. Tenía la amable costumbre que Quincey nos revela de Kant; siempre había invitados a su mesa, y, siguiendo la regla de lord Chesterfield, el número de los que se sentaban, él comprendido, no era nunca inferior al de las Gracias ni superior al de las Musas. Y el mejor condimento era su charla monopolizadora del tiempo, a la cual ayudaba su memoria única con el más copioso anecdotario que sea posible imaginar. Después en su salón, al conversar, según fueren los asuntos, se dejaba llevar de su fuga tribunicia, y sus palabras se convertían en párrafos de verdaderos discursos; y su vibración era contagiosa, y él se trasladaba en un salto invisible, fuera del momento. Cuéntase que un día aconteciole encontrarse en molestos apuros de dinero. Era en invierno y la chimenea estaba encendida, como su conversación, sobre un asunto político, delante de varios íntimos. Llega una carta de América, con una letra por mil duros. Grata sorpresa que interrumpe un instante su hablar. Pero continúa, con carta y letra en la mano; el discurso, a poco, se precipita, y con una frase rotunda y un gesto supremo, carta y letra hechos nerviosamente una pelota, ya están ardiendo en la chimenea. Otra vez hizo aguardar largas horas a un personaje político, cuya presencia en la antesala se le anunciaba repetidas veces, porque le tenía asidos lengua y pensamiento una disertación sobre Botticelli y los primitivos. Y de la casa en que aquel obrero tenía el obrador mental puesto para servicio de tantos diarios y revistas del globo, salía mucho bien, mucho favor personal, mucho consuelo a los pequeños, apoyo intelectual a quien lo necesitaba, consejo o aplauso, y la ayuda eficaz al pobre que le pedía, pues entre los humildes como entre los grandes, entre las palmas y lauros sobre los cuales sobresalía su calva cabeza pensadora, resplandecía la virtud moral de aquel hombre sencillo, de aquel corazón bueno.

Por eso su muerte ha causado un doloroso estremecimiento en España entera, paralelo al estremecimiento simpático del mundo. Había ido Castelar a buscar vigor a la orilla del Mediterráneo—el mar tantas veces cantado en sus hímnicas proas—; había ido después de su último esfuerzo en la arena política, cuando los republicanos le rodeaban como al hombre fuerte de las pasadas campañas, creyendo ver en él la salud de la patria hoy tan maltrecha y extenuada. Pero así estaba el tribuno, el que sufrió tanto con el gran desastre, y que sintiendo llegar su última hora, comunicó en una carta a una amiga extranjera: «Muero con la agonía de España». Una tarde, a la orilla del mar, ve a unos pescadores y se acerca a ellos. Los peces que se asfixiaban saltando sobre la tierra, fueron para él triste impresión: «¡Si iré a morir como estos peces, faltos de oxígeno!» Y así murió. Al día siguiente de la noticia, mientras el pueblo de Madrid comentaba ya la actitud de un ministro incorrecto y falto de seso, cerca de la Puerta del Sol tuve una sensación que jamás se borrará de mi memoria. Un ciego, de esos que aquí andan por las calles pidiendo limosna, improvisando coplas de actualidad al son de sus lamentables guitarras, cantaba en tono doloroso delante de un círculo de transeúntes que aumentaba a cada paso. Por curiosidad me detuve, al oir en el canto el nombre de Castelar. El pobre coplero del arroyo, en versos muy malos decía cosas sentidas y húmedas de llanto sincero; y aun no sé qué arte singular hacía coincidir su pena con el decir ingenuo, el acompañar de las cuerdas afónicas de aquel instrumento imposible. Cuando volví la vista, las mujeres lloraban; los obreros tenían las caras serias y tristes. Y la maligna política apareció, con el instinto popular que sabe soltar su avispa certera para que pique en donde se debe, con estrofas como ésta que recuerdo:

Don Emilio Castelar,

Que toda Europa conoce,

Quiso Dios que se muriera

Antes que abrieran las Cortes...

En la puerta del Sol, en los cafés, en las calles todas, el rumor se acentuaba contra el Gobierno y en especial contra el ministro de la Guerra, general Polavieja. Se acababa de publicar un decreto absurdo en que se leía: «Resultando: que D. Emilio Castelar ha muerto en honrada pobreza;—Artículo 1.º, los gastos que ocasionen su enterramiento y honras fúnebres, serán de cuenta del Estado». Así, frío como un compromiso, duro como una limosna. ¡Y esto en el país de las prosopopeyas y fórmulas, en la tierra de «Beso a usted la mano» y donde para nombrar a un ministro con sus títulos, se llena un medio pliego! El pueblo irritado no contenía sus censuras. ¡En aquellos momentos, las Cámaras italianas y portuguesas enviaban su pésame a ese mismo Gobierno mezquino; el Senado de la República Argentina se ponía de pie; el autocrático Gobierno ruso manifestaba su pesar; el Instituto de Francia lamentaba a su ilustre miembro; la Prensa de la tierra se enlutaba, el pensamiento universal estaba de duelo! Después se supo que Castelar no tendría honores militares; que se había prohibido a los artilleros reunirse para tributar homenajes al organizador del Cuerpo de Artillería, al antiguo presidente que tanto hizo por el ejército; después, que se autorizaba a los generales que quisiesen concurrir, para que lo hiciesen con traje de diario y con banda. La Prensa cumplió con su deber. Se habló claro; se dijeron verdades al rojo blanco. Entretanto, el cadáver de Castelar llega a Madrid en doloroso triunfo; y se deposita en el palacio del Congreso. Allí desfiló el pueblo, en homenaje último al gran pastor de multitudes; por allí pasó, entre tantas gentes, el ciego que yo oí cantar y de cuya visita al cadáver habló El Liberal. Pues le preguntaron al verle con su guitarra bajo el brazo, con sus ojos sin sol: «¿Para qué vienes, si no has de verle?» Y él contestó: «¡Por mí le verá mi lazarillo!» ¿Y el obrero humildísimo que llegó con su hijita de luto, la cual llevaba un pequeño ramo de flores, y pidió permiso para ponerlo sobre el féretro, entre tanta monumental corona?

Y llegó el entierro. Fluía en el ambiente de la tarde la dulzura de un cielo de acuarela. Madrid se desbordaba como un hirviente vaso. Suspendida la circulación por las calles que debía recorrer el fúnebre cortejo, la concurrencia se aglomeraba, los balcones se tupían. La calle de Alcalá, la Puerta del Sol, la calle Mayor estaban inundadas por el río humano. Desde temprano se esperó por largas horas. Por fin apareció a lo lejos el pelotón azul de la Guardia civil de a caballo. Se abre paso entre el espeso gentío, y comienza el desfile. Van, precediendo, las profusas coronas; se destaca la de El Liberal, enorme y negra, sobre un fondo de seda blanco; van los recogidos del hospicio y del asilo de San Bernardino; los grupos de varias asociaciones; los comerciantes, numerosos; la Academia de la Historia, el Ateneo, el Círculo de Bellas Artes; ahí distingo a Núñez de Arce, pálido y como nervioso; ahí va la barbilla canosa de Zapata, junto al músico Bretón; allí Echegaray, con su aire enfermizo y gastado. Ahí el todo Madrid de la celebridad: periodistas, artistas, sabios, académicos. Y el clero, de sobrepelliz, anunciado por la manga de la parroquia, embudo negro y oro. Y ahí va Castelar muerto, en su carroza severa. Todo el mundo se descubre, todo el mundo le da su último saludo. Sobre el féretro no se ve más que un aislado ramito de flores... ¡es el ramito de la niña del obrero! La guardia de honor sigue, de soldados de la Civil. De pronto se oye entre la muchedumbre: «¡Bravo! ¡bien!» Son los militares que vienen, a pesar de la mezquindad ministerial. ¡Bravo! ¡Bien! Es el penacho blanco de Martínez Campos, el último gran guerrero, que asiste de toda gala; es Weyler, que viene sin penacho, pero acorazado el pecho de condecoraciones y medallas, Weyler, de fama terrible, pero que hoy se conquista por un momento las simpatías, pequeño, acerado, ceñudo, apretada y reveladora la saliente mandíbula. ¡Bien! ¡Bravo! Son los penachos, son los entorchados, son los uniformes de otros tantos generales, de innumerables jefes y oficiales que honran a Castelar a pesar de todo; es la comisión del Cuerpo de artilleros, que lleva su ofrenda. ¡Bien! ¡Bravo! Es España la antigua que aplaude a las espadas que no han echado en olvido la hidalguía. ¡Viva España!

Y pasan más comisiones y los diplomáticos, llenos de oro, entre los cuales resaltan el Nuncio y el embajador de China, vestido de seda, con su botón de cristal y su pluma de pavón. Y luego la presidencia del Consejo de Ministros, y la Guardia civil que cierra la procesión, y detrás aún más gente, y más gente. Y el murmullo general se acentúa contra quienes no han sabido honrar la memoria del más grande de los españoles de su época, a quien sus mismos enemigos tienen una palma que ofrecer cuando va camino de la eternidad, a quien no ha habido una sola lengua española que no haya consagrado una palabra de admiración, como al hijo que mejor supo sobre la faz del universo, honrar a su madre patria. Y quienes han herido a esa amada patria con rencores inauditos ante el cadáver de aquel que supo combatirles frente a frente en su vida gloriosa y nobilísima, son los mismos que han contribuído a la desgracia nacional por degenerados o débiles, o ciegos instrumentos de errores y desidias; son los que han vuelto de la derrota con pasmosa frescura y a quienes una voz, harto elocuente en el Congreso, condenó a ser ahorcados con los fajines de sus uniformes... Militaribus curis et severitate morum... ¿No era Castelar tan gran admirador de Tácito?

Siendo la oratoria casi un arte teatral y basado de manera principal en dotes físicas que el tiempo va aminorando poco a poco, el Castelar de los últimos años no era sino el reflejo del de las pasadas victorias. Decía él mismo en un discurso no hace mucho tiempo: «Por esto los oradores se acaban, por la misma razón que se acaban, cuando no hay guerra, los héroes. Por esto nuestra imaginación se amortigua, nuestro entendimiento se atrofia, las en otros tiempos armoniosas cuerdas bucales marran, el estro lírico plega sus alas, el acento conmovedor concluye; pues, implacables, la sociedad y la naturaleza destrozan en sus inmensas y complicadas máquinas a todos aquellos seres que ya no les sirven para cosa ninguna, y que no han de cumplir fin alguno en el plan histórico de la Providencia». Pero desde los umbrales de la ciudad oscura podía él volverse y contemplar la obra que queda fuera de aquella que tenía la vida de un eco, basada de manera exclusiva en lo sonoro de su perorar, en lo arrebatador de sus actitudes o en la cascada de sus alientos; es una serie de edificios de maravillosas arquitecturas construídos en su república, sobre sólidos terrenos o sobre montones de arena movediza, o apoyados apenas en el aire en que flotaban los colores y las líneas de su fantasía; o paisajes, frescos cíclicos de las luchas de pueblos y Gobiernos, de ideas y de hombres en el continente europeo, en América, en Asia, en Africa; o cinceladas alhambras, kioscos de capricho, o preciosas loggias que improvisaba por deleite de arte; o la novela que le resulta vasto poema en prosa; o la historia que le resulta himno multiplicado, o la semblanza de personaje o boceto de idea que le resulta oda fascinante; o el gran poema en estrofas de prosa, a ondas o a bloques, métrica ciclópea; o la villa de mármol y de riquezas antiguas que labra con sus recuerdos de Italia; o el monumento de mármol también, a Byron, y cien estatuas, y mil bustos, y un millón de camafeos, todos al amor de un jardín singular en donde mueve el viento armoniosos laureles griegos y robustas encinas romanas. Y aquel idealista, aquel optimista, no ha partido contemplando sobre el mundo nubes de color de rosa que presagien un día de dicha y de tranquilidad, antes bien muy negros, muy amenazadores nubarrones, mientras se reúnen y deliberan los congregados de la paz en La Haya. Su último artículo que ha publicado el Temps hace ver a Francia poco favorable a un olvido de sus rencores con Alemania; a Alemania, más militarizada cada día, sin permitir el menor menoscabo en su preponderancia; a Inglaterra y a los Estados Unidos en un acuerdo tácito para imponer en el globo la hegemonía de los países de lengua inglesa. Y concluye: «El descontento del Gobierno italiano, producido recientemente a consecuencia de sus fracasos diplomáticos en la cuestión de China; las dificultades suscitadas entre Francia e Inglaterra por el Sudán y el Nilo; el aumento de la escuadra inglesa, que ha necesitado una suspensión de la amortización y un déficit de importancia; el cambio de América, que ha modificado su temperamento industrial y trabajador para marchar a la guerra y a la conquista; el reparto de la China, deseado por universales ambiciones; los progresos del ferrocarril ruso en la Mongolia; los conflictos del Transvaal entre la presidencia de Krúger y la dictadura del desequilibrado Napoleón del Cabo; las amenazas contra Portugal y sus colonias; los temores y los espantos, tan fundados como legítimos de nuestra desgraciada España; la rivalidad de Turquía y de Grecia, de Francia y de Prusia, de Rusia e Inglaterra; los motines en Austria; el movimiento interior que reclama y pide una Alemania más considerable y numerosa que la Alemania actual; los gérmenes de desacuerdo entre las primeras potencias por consecuencia de las extensiones territoriales de sus colonias. Todas estas cosas dicen que después de la Exposición de 1909 no tendremos ni una hora de paz, y elementos de guerra estarán diseminados y extendidos por todas partes». Y al finalizar bendice, a pesar de todo, el Congreso de la paz.