En la única, en la eterna, en la que todo entra, en la infinita, ha penetrado el prodigioso príncipe de la elocuencia castellana, el estupendo artista de la idea escrita, el predicador de la libertad. El «canario» de Taine ha volado como un águila. ¿En qué roca celeste se detendrá, para que su alma diamantina y pura, en la libertad de la muerte tome un rumbo nuevo, bajo el viento de Dios? España le levantará un monumento de mármol y de bronce; su nombre irá resonante por el tiempo como un orbe de oro. Un tiempo quizá llegue en que su espíritu se regocije, desde la sombra de su misterio, al ver florecido en una inesperada primavera su ideal. Figuraos una ciudad, Walhalla o Jerusalén de las almas soberanas que giraron por la tierra, actualmente cumpliendo con su misión semidivina, ciudad de héroes, de artistas, de santos, de sabios y de poetas, los genios de la fuerza, los genios de la belleza, los genios del carácter y del corazón, los genios de la voluntad. En un aire de luz cruzarán las ondas de los pensamientos como en una electricidad suprema. La personalidad que subsiste no obstará a una comunidad de gloria ambiente. Pues bien, yo me imagino a nuestro bueno y grande Castelar en el coro magno de esos inmortales sintiendo en un instante del futuro como una voz que le da al oirla un nuevo esplendor, una inesperada voz de la tierra que llega a conmoverle a lo infinito. Será cuando España haya vuelto a alzar la cabeza como en días antiguos, poseída del orgullo de su fuerza nueva, de las palpitaciones de su nueva sangre. Junto a los boscajes de ensueño de esa sublime ciudad, Jerusalén o Walhalla, los pensadores y los soñadores siguen en progresiva ascensión, construyendo las fábricas de sus cálculos, los palacios de sus fantasías. Me imagino en esa hora del Señor, que el lírico tribuno sonríe al escuchar en lo eterno, del lado de la tierra, del lado de las columnas de Hércules, algo semejante a una salutación y a un trueno: un rugido.
Platón.—¿Qué es eso?
Castelar.—¡Es mi león!
30 mayo 1899.