AMÉRICA. Un coso. La tarde. El sol brilla radiosamente en un cielo despejado. En el anfiteatro hay un inmenso número de espectadores. En la arena, después de la muerte de varios toros, la cuadrilla se prepara para retirarse triunfante. El primer beluario, cerca de una huella sangrienta, está gallardo, vestido de azul y oro, muleta y espada bajo el brazo. Los banderilleros visten de amarillo y plata. En las chaquetas de los picadores espejean las lentejuelas al resplandor de la tarde. En el toril han quedado: un toro, hermoso y bravo, y un buey de servicio. Son de clarín.
LA MUCHEDUMBRE
¡Otro toro! ¡Otro toro!
EL BUEY
¿Has escuchado?
Prepara empuje, cuernos y pellejo:
Ha llegado tu tumo. Ira salvaje,
Banderillas y picas que te acosan,
Aplausos al verdugo; al fin, la muerte.
Y arriba, la impasible y solitaria
Contemplación del vasto firmamento.
Yo, ridículo y ruin, soy el paciente
Esclavo. Soy el humillado eunuco.
Mi testuz sabe resistir, y llevo
Sobre los pedregales la carreta
Cuyas ruedas rechinan, y en cuya alta
Carga de pasto crujidor, a veces
Cantan versos los fuertes campesinos.
Mis ojos pensativos, al poeta,
Dan sospecha de vidas misteriosas
En que reina el enigma. Me complace
Meditar. Soy filósofo. Si sufro
El golpe y la punzada reflexiono
Que me concede Dios este derecho:
Espantarme las moscas con el rabo.
Y sé que existe el matadero...