EL TORO

¡Pampa!
¡Libertad! ¡Aire y sol! Yo era el robusto
Señor de la planicie, donde el aire
Mi bramido llevó, cual son de un cuerno
Que soplara titán de anchos pulmones.
Con el pitón a flor de piel, yo erraba
Un tiempo en el gran mar de verdes hojas,
Cerca del cual corría el claro arroyo
Donde apagué la sed con belfo ardiente.
Luego, fuí bello rey de astas agudas:
A mi voz respondían las montañas,
Y mi estampa, magnífica y soberbia,
Hiciera arder de amor a Pasifae.
Más de una vez, el huracán indómito,
Que hunde los puños desgarrando el roble,
Bajo el cálido cielo del estío,
Sopló al paso su fuego en mis narices.
Después fueron las luchas. Era el puma,
Que me clavó sus garras en el flanco,
Y al que enterré los cuernos en el vientre.
Y tras el día caluroso, el suave
Aliento de la noche, el dulce sueño,
Sentir el alba, saludar la aurora
Que pone en mi testuz rosas y perlas:
Ver la cuadriga de Titón que avanza
Rasgando nubes con los cascos de oro,
Y alrededor de la carroza lírica
Desparecer las pálidas estrellas.
Hoy aguardo martirio, escarnio y muerte...

EL BUEY

¡Pobre declamador! Está a la entrada
De la vida una esfinge sonriente.
El azul es en veces negro. El astro
Se oculta, desparece, muere. El hombre
Es aquí el poderoso traicionero.
Para él, temor. Yo he sido en mi llanura
Soberbio como tú. Sobre la grama
Bramé orgulloso y respiré soberbio.
Hoy vivo mutilado, como, engordo,
La nuca inclino.

EL TORO

Y bien: para ti el fresco
Pasto, tranquila vida, agua en el cubo,
Esperada vejez... A mí la roja
Capa del diestro, reto y burla, el ronco
Griterío, la arena donde clavo
La pezuña, el torero que me engaña
Agil y airoso, y en mi carne entierra
El arpón de la alegre banderilla,
Encarnizado tábano de hierro;
La tempestad en mi pulmón de bruto,
El resoplido que levanta el polvo,
Mi sed de muerte en desbordado instinto,
Mis músculos de bronce que la sangre
Hinche en hirviente plétora de vida;
En mis ojos dos llamas iracundas,
La onda de rabia por mis nervios loca
Que echa su espuma en mis candentes fauces;
El clarín del bizarro torilero
Que anima la apretada muchedumbre;
El matador que enterrará hasta el pomo
En mi carne la espada; la cuadriga
De enguirnaldadas mulas que mi cuerpo
Arrastrará sangriento y palpitante;
Y el vítor y el aplauso a la estocada
Que en pleno corazón clava el acero.
¡Oh, nada más amargo! A mí, los labios
Del arma fría que me da la muerte;
Tras el escarnio, el crudo sacrificio,
El horrible estertor de la agonía...
En tanto que el azul sagrado, inmenso,
Continúa sereno, y en la altura,
El oro del gran sol rueda al poniente
En radiante apoteosis...

LA MUCHEDUMBRE

¡Otro toro!

EL BUEY