—¡Suene armoniosa mi piqueta de poeta!
Y descubra oro y ópalos y rica piedra fina,
Templo, o estatua rota!
Y el misterioso jeroglífico adivina
La Musa.

De la temporal bruma surge la vida extraña
De pueblos abolidos; la leyenda confusa
Se ilumina; revela secretos la montaña
En que se alza la ruina.

Los centenarios árboles saben de procesiones,
De luchas y de ritos inmemoriales. Canta
Un zenzontle. ¿Qué canta? ¿Un canto nunca oído?
El pájaro en un ídolo ha fabricado el nido.
(Ese canto escucharon las mujeres toltecas
Y deleitó al soberbio príncipe Moctezuma).
Mientras el puma hace crujir las hojas secas
El quetzal muestra al iris la gloria de su pluma
Y los dioses animan de la fuente el acento.
Al caer de la tarde un poniente sangriento
Tiende su palio bárbaro; y de una rara lira
Lleva la lengua musical el vago viento.

Y Netzahualcoyotl, el poeta, suspira.
Cuaucmichin, el cacique sacerdotal y noble,
Viene de caza. Síguele fila apretada y doble
De sus flecheros ágiles. Su aire es bravo y triunfal.
Sobre su frente lleva bruñido cerco de oro;
Y vese, al sol que se alza del florestal sonoro,
Que en la diadema tiembla la pluma de un quetzal.

Es la mañana mágica del encendido trópico,
Como una gran serpiente camina el río hidrópico
En cuyas aguas glaucas las hojas secas van.
El lienzo cristalino sopló sutil arruga,
El combo caparacho que arrastra la tortuga,
O la crestada cola de hierro del caimán.

Junto al verdoso charco, sobre las piedras toscas,
Rubí, cristal, zafiro, las susurrantes moscas
Del vaho de la tierra pasan cribando el tul;
E intacta con su veste de terciopelo rico;
Abanicando el lodo con su doble abanico
Está como extasiada la mariposa azul.

Las selvas foscas vibran con el calor del día;
Al viento el pavo negro su grito agudo fía,
Y el grillo aturde el verde, tupido carrizal;
Un pájaro del bosque remeda un son de cuerno;
Prolonga la cigarra su chincharchar eterno
Y el grito de su pito repite el pito-real.

Los altos aguacates invade ágil la ardilla,
Su cola es un plumero, su ojo pequeño brilla,
Sus dientes llueven fruto del árbol productor;
Y con su vuelo rápido que espanta el avispero,
Pasa el bribón y obscuro sanate-clarinero
Llamando al compañero con áspero clamor.

Su vasto aliento lanzan los bosques primitivos,
Vuelan al menor ruido los quetzales esquivos,
Sobre la aristoloquia revuela el colibrí;
Y junto a la parásita lujosa está la iguana,
Como hija misteriosa de la montaña indiana
Que anima el teutl oculto del sacro teocalí.

El gran cacique deja los bosques de esmeralda;
Camina a su palacio el carcaj a la espalda,
Carjaj dorado y fino que brilla al rubio sol.
Tras él van los flecheros; y en hombros de los siervos,
Ensangrentando el suelo, los montaraces ciervos
Que hirió la caña elástica del firme huiscoyol.