Camina. Llega al regio palacio el jefe noble.
De las cuadradas puertas en el quicio de roble,
De Otzotskij, su tierna hija, ve el flamante huepil.
Súbito se oye un sordo rumor de voz profunda.
¿Es la onda del Motagua que la ciudad inunda?
No, cacique; ese ruido es del pueblo Pipil.

Como torrente humano que ruge y se desborda,
Como un clamor terrible que la ciudad asorda,
Hacia el palacio vienen los hijos de Ahuitzol.
Primero, revestidos de cien plumajes varios,
Los altos sacerdotes, los ricos dignatarios,
Que llevan con orgullo sus mantos tornasol.

Después vanos guerreros, los de brazos membrudos,
Los que metal y cuerno tienen en sus escudos,
Soldados de Sakulen, soldados de Nabaj;
Por último, zahareños, cobrizos y salvajes,
El cuerpo rudo y rojo de místicos tatuajes,
Ixiles de la sierra, con arcos y carcaj.

Como a la roca el río circundan el palacio.
Sus voces redobladas se elevan al espacio
Como voz de montaña y voz de tempestad:
Hay jóvenes robustos de fieros aires regios,
Ancianos centenarios que saben sortilegios,
Brujos que invocar osan al gran Tamagastad.

Y a la cabeza marcha con noble continente
Tekij, que es el poeta litúrgico y valiente,
Que en su pupila tiene la luz de la visión.
Lleva colgado al cuello un quetzalcoatl de oro;
Lleva en los pies velludos caites de piel de toro;
Y alza la frente, altivo como un joven león.

Del palacio en la puerta vese erguido el cacique.
Tekij alza sus brazos. Su gesto, como un dique,
Contiene el gran torrente de agitación y voz.
Cuaucmichin orgulloso, se apoya en su arco elástico.
Y teniendo en sus labios como un rictus sarcástico,
Pone en sus pardas cejas una curva feroz.

Curva de donde lanza cual flecha su mirada
Sobre las mil cabezas de la turba apiñada,
Curva como la curva del arco de Hurakán.
Y Tekij habla al príncipe que le escucha impasible:
Y lleva el aire tórrido la palabra terrible
Como el divino trueno de la ira de un Titán.

—«Cuaucmichin, la montaña te habla en mi lengua ahora.

¡La tierra está enojada, la raza pipil llora,
Y tu nahual maldice, serpiente-tacuazín!
Eres cobarde fiera que reina en el ganado.
¿Por qué de los pipiles la sangre has derramado
Como tigre del monte, Cuaucmichin, Cuaucmichin?

¡Cuaucmichin! El octavo rey de los mexicanos
Era grande. Si abría los dedos de sus manos,
Más de un millón de flechas obscurecía el sol.
Era de oro macizo su silla y su consejo.
Tenía en mucho al sabio; pedía juicio al viejo;
Su maza era pesada; llamábase Ahuitzol.