Quelenes, zapotecas, tendales, katchikeles,
Los mames que se adornan con ópalos y pieles,
Los jefes aguerridos del bélico kiché,
Temían los embates del fuerte mexicano
Que tuvo, como tienen los dioses, en la mano
La flecha que en el trueno relampaguear se ve.
Él quiso ser pacífico y engrandecer un día
Su reino. Eso era justo. Y en Guatemala había
Tierra fecunda y virgen, montañas que poblar.
Mandó Ahuitzol cinco hombres a conquistar la tierra,
Sin lanzas, sin escudos y sin carcaj de guerra,
Sin fuerzas poderosas ni pompa militar.
Eran cinco pipiles; eran los Padres nuestros;
Eran cultivadores, agricultores, diestros
En prácticas pacíficas; sembraban el añil,
Cocían argamasas, vendían pieles y aves;
Así fundaron, rústicos, espléndidos y suaves,
Los pristinos cimientos del pueblo del pipil.
Pipil, es decir, niño. Eso es ingenuo y franco.
Vino un anciano entre ellos con el cabello blanco,
Y a ese miraban todos como una majestad.
Vino un mancebo hermoso que abría al monte brechas,
Que lanzaba a las águilas sus voladoras flechas
Y que cantaba alegre bajo la tempestad.
El Rey murió; la muerte es reina de los reyes.
Nuestros padres formaron nuestras sagradas leyes;
Hablaron con los dioses en lengua de verdad.
Y un día, en la floresta, Votan dijo a un anciano
Que él no bebía sangre del sacrificio humano,
Que sangre es chicha roja para Tamagastad.
Por eso los pipiles jamás se la ofrecimos,
Del plátano fragante cortamos los racimos
Para ofrecérselos al dios sagrado y fiel.
La sangre de las bestias el cuchillo derrame;
Más sangre de pipiles, ¡oh, Cuaucmichin infame!;
Ayer has ofrecido en holocausto cruel.»
—«¡Yo soy el sacerdote cacique y combatiente!»
Tal ha rugido el jefe. Tekij grita a la gente:
—«Puesto que el tigre muestra las garras, sea, pues.»
Y, como la tormenta, los clamores humanos,
Sobre cabezas ásperas, sobre crispadas manos,
Se calman un instante para tornar después.
—«¡Flecheros, al combate!», clama el fuerte cacique,
Y cual si no existiese quien el ataque indique,
Se quedan los flecheros inmóviles, sin voz.
—«¡Flecheros, muerte al tigre!» responde un indio fiero.
Tekij alza los brazos y quédase el flechero
Deteniendo el empuje de la flecha veloz.
Y Tekij:—«¡Es indigno de la flecha o la lanza!
¡La tierra se estremece para clamar venganza!
¡A las piedras, pipiles!»